Hace tiempo, durante una cálida sobremesa, reviví una situación que se parece a “nuestro” México: violento, decapitado, sangriento, arbitrario y abusivo.
Sucedió hace cerca de siete años. De esas tardes en las que se toma café con el estupendo pretexto de charlar, convivir, mirar por la ventana.
Fue en Polanco, en la avenida más irreal de este país, donde cualquier persona tendría la certeza de que pertenecemos al primer mundo: Masaryk.
Salí de THE COFFEE BAR, cerca de La Parrilla Suiza y de Las Tortugas de siempre… Había llovido. Iba por mi coche, estacionado a un par de calles, para que mi madre no tuviera que caminar —que le hiciera falta era otra historia.
Estaba a punto de llegar a la esquina para doblar a la derecha cuando me interceptó una mujer policía. Parada frente a mí, con cara de pocos amigos, ordenó que me identificara. Mi respuesta fue instantánea y contundente: no.
Imagínense que se me hubiera ocurrido proferir mi monosílabo en alguna nación como Australia, Suiza, Estados Unidos, Francia… Pero aquí, cuando uno no sabe si la uniformada está coludida con el hampa, es el hampa misma o una ladrona disfrazada de policía, ¡ni pensarlo!
El chiste es que, lejos de ser la Autoridad, con mayúscula, resultó la peor aparición de una tarde de domingo, un ave de mal agüero.
¿Qué había hecho para que sin decir agua va me exigiera identificarme? ¿Por haber ido a tomar un café? ¿Quién rayos se creía la tipa que tenía delante para pedírmelo?
Además, si los ciudadanos sintiéramos el más mínimo respeto por los cuerpos policíacos, con gusto habría sacado la credencial del IFE o la licencia de manejo.
¿Respeto, cuando no hay más que desconfianza e incertidumbre, cuando todos los días oímos y somos testigos de que la policía es un “estuche de monerías”? ¿Cuántas veces se petrifica ante un asalto, un secuestro o un tiroteo?
Miré a un lado y a otro, campo libre a mi derecha. Estúpidamente envalentonada por el mismo miedo se me ocurrió correr.
No pasó mucho tiempo antes de que me pescaran, con harta fuerza y violencia: la policía mencionada, una oficial machorra que me trataba a punta de groserías y un pole varoncito.
Se acentuaron mis terrores. “Me van a matar, me van a violar, a mutilar, ¿quién fregados sabrá que me dejaron tirada en algún lugar de esta Ciudad de los Palacios?, ¿cuánto tiempo pasará hasta que mis papás se enteren?, me van a hallar cuando no sea más que un cadáver maloliente e irreconocible”
Así que me di a la tarea de evitar que me subieran a la patrulla, a pesar del esfuerzo de tres uniformados y del lenguaje sutil y reconfortante del marimacho.
Conservo una imagen previa a que me subieran al auto: tengo mis piernitas, tembeleques, sobre los arquitos de herrería verde que hay sobre Masaryk. ¿Siguen ahí? Forcejeo, lucho, lloro, pienso vertiginosamente, dejo de controlar esfínteres, ¡sufro!
Tres contra una era montón. Estoy dentro de la patrulla, cabeza agachada, con la mujer hombruna a mi lado gritándome que permaneciera así. Por supuesto, seguimos con el trato descortés y rudo. Recorrimos una distancia corta, así que asumí que seguíamos en Polanco.
—¡Carajo!, ¡pero si lo único que hice fue tomarme un café con mi mamá!
La vieja que va conmigo atrás me permite levantar la cabeza.
—¡Quién eres, adónde trabajas, a qué te dedicas…!
Soy fulana de tal. Ahora sí, me identifico, nublada la vista por los lagrimones que escurrían por mejillas y cuello: trabajo en tal y mi único maldito pecado consistió en tomarme un café con mi progenitora. ¡Acompáñenme, vamos para que constaten que estoy diciendo la verdad!
Parece que verme echa un mar de lágrimas ablandó a la policía más tosca —suele pasar. Menos palabrotas y hasta diría que un poco de compasión. No sé cuánto tiempo discutimos dentro del auto, pero de repente se bajaron los tres, él y ellas, a encontrarse con un tipo.
El susodicho —por cierto, ni un solo recuerdo de su cara— se acercó a la patrulla, metió un poco la cabeza por la ventana delantera izquierda, se me quedó mirando fijamente y prorrumpió dos palabras: no es.
Mi salvación… La policía machorra, que para ese momento ya era “mi cuaderna”, me abrió la puerta con galanura y me pidió una disculpa. ¡Dioses!, ¡qué descaro! Sin embargo, estaba tan estúpidamente feliz que nada más peroré que tuvieran más cuidado, que no podían cometer equivocaciones de ese tamaño.
Bajé del coche, obnubilada y temblorosa —coloquialmente se diría en la pendeja—, y pedí mis coordenadas. “¿On ta Masaryk, pa’ dónde jalo?”. Respondió a mi pregunta con amabilidad. Toqué base en el café, llorosa y fantasmal.
No seré el presunto culpable, Toño, a quien se había condenado injustamente a 20 años de cárcel, pero los 45 minutos que duró la micro-condena fueron insoportables, espeluznantes, indignos.
Fobia a los pitufipoles. Aunque fuera cierto, ¡no me trago el cuento de que en México la “autoridad” está pronta a protegernos! Supongo que todo el asunto es una maléfica cadenita. ¿De verdad van a velar por la seguridad de los ciudadanos si les hierve un añejo resentimiento, si perciben un sueldo pinchurriento? Además, pónganles el “uni” y se crecerán, se convertirán en perros rabiosos listos para babear, para morder a quienes se crucen en su camino.
Dicen que los seres humanos necesitamos creer. ¡Hace 20 años —asesinato de Colosio— que no creo en nada que se relacione con la política de este país! Y eso que en ese entonces no aparecían descabezados con las patas amarradas a los fierros de los puentes. ¡A mí me sorprendía enterarme de una que otra noticia que transparentaba la saña para asesinar al prójimo! Ahora, tristemente, es cosa de todos los días, de las ciudades más grandes y los pueblos más remotos.
Habrá quien me diga que por qué no me largo a vivir a Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Países Bajos…
Les contestaré que aquí nací y que por lo pronto no me dan la gana ni la lana.