En el limbo

Nuestro entrevistado es hombre culto e instruido, de los que quedan pocos. Nos hizo un tiempito para hablar sobre el periódico Reforma.

—¿Qué opina sobre la publicación?
—Mire, opino que más bien debería llamarse «El Diario de Chacaltianguis».
—¿Chacal qué?
—Chacaltianguis es un municipio del estado de Veracruz. Veo que no lo sabía. ¿Tengo que explicarle que la palabra tianguis es un mexicanismo? Fíjese que viene del azteca tianquiztli, mercado. En fin, le decía que el Reforma tiene cero en información de altura.
—¿Cómo define información de altura?
—Pues llámele de calidad, ahí tiene usted El País, el New York Times, The Guardian, Le Monde.
—¿Por qué cree usted que al Reforma podría bautizársele como “Diario de Chacaltianguis?
—Por corriente, porque se hincha de dinero publicando anuncios que ocupan más de la mitad del espacio y porque hereda de Excélsior el monopolio ubérrimo de la publicación de esquelas de muertos.

El Tianguis del Chacal, carroñero...
El Tianguis del Chacal, carroñero…

—Aunque las esquelas le sirven para enterarse de los muertitos y dar pésames, ¿no?
—Bueno, qué espera, a estas alturas todos los días me topo con algún conocido. Mire usté, expresar mi aflicción me congracia con el género humano.
—¿Nos pueda dar ejemplos de notas que nunca publicaría, de las que se utilizan para llenar espacios?
—“Defraudan a la viuda de Güera”.
—Perdone mi ignorancia, ¿quién o qué rayos es Güera? ¿Una leona albina?
—Ve lo que le digo, ¿quién les pone cabeza a las noticias? La Güera era el mismísimo Rodríguez Alcaine, ex líder de la Confederación de Trabajadores de México (CTM).

Mucho mejor que la viuda...
¡Qué ejemplar!

—¿Alguna otra?
—“La que será Virgen María en Iztapalapa corre cinco kilómetros diarios, hace rutinas de CrossFit y una dieta rica en proteínas».
—Épale, estoy segura de que la Virgen original tenía mejor condición física. Nada de programas de fuerza ni bebedizos proteínicos, a ella le bastaba con caminar de Nazaret a Judea y con acompañar a Jesús de un lugar a otro durante su ministerio.

Tingo
—Dígame, le escucho.
—“En Masaryk se reanudarán actividades económicas después de 15 meses de obras de remodelación”.
—¿¡Quince meses!?, ¿tembló, un tsunami de cemento, algún volcán enardecido a la redonda?

volcan-en-erupcion-con-lava
—Compare, en Chapultepec hicieron un levantadero para sustituir banquetas en buen estado por nuevas (gasto estúpido), ¡nomás que fue en un santiamén!
—A saber, harta nubosidá en la obra de Masaryk. ¿Se imagina lo fastidioso que resultó para vecinos y comercios?
—Horrendo, pero nuestros brillantes políticos ya desembolsaron en otra obra superflua.
—Como las socorridas ciclopistas del señor López, como le dice Jesús Martín Mendoza. Nuestros impuestos, don MJdDP. Si tuviera que elegir otro periódico de circulación nacional, cuál sería?
—No los conozco. He comprado La Jornada y me parece que sí se aboca a informar, Milenio es pasable los fines de semana, La Razón, regular, El Día era oficialista y bueno, lo mismo que Novedades y Unomásuno.
—¿Qué rescata de Reforma?
—El cartón de Calderón y varios articulistas, como Sergio Sarmiento y Gabriel Zaid.

—Gracias por su tiempo.

—No tiene nada que agradecer. Dígame, ¿sabe lo que significa Chichilama?

—Mmmm…

—¿Ah, no? Se refiere a una perra vieja que existe en el limbo, sitio donde van a parar los niños que mueren sin bautizo; el que mama de ella se va al infierno.

—Buena tarde, don MJdDP.

¿Qué me habrá querido decir?

Limbo

See ya’.

Drogas por encimita

Nunca me dio por probar drogas, vaya, ¡ni siquiera se me han antojado! Además, no vaya a ser que me quede en un bajón de ánimo del que no salga.

Debe ser terrible depender de alguna sustancia tóxica, llámese como se llame: coca, cristal, heroína, mariguana, metanfetamina —la «buena» de Walter White, protagonista de Breaking Bad— piedras de no sé qué, honguitos alucinógenos y un largo etcétera.

walter white

Las menciono, aunque acepto mi ignorancia y mi profundo desinterés en las susodichas, incluidos nicotina y alcohol. Eso sí, yo tengo mi cúmulo de droguillas prescritas con el fin de aplacar los desequilibrios de mi química cerebral, así que también soy dependiente.

hongo_alucinogeno

Plática de parque, revela que estoy en la luna:

luna

—Huele a mariguana.
—¿Cómo sabes?
—Pues es que percibo tal y tal y es un olor como dulzón y huele a hierba y a planta y aquí están fumando.
—Sí, me llega un olorcillo, pero no sabía que era de mota.
—Chale, estás en la nube (bajé de la luna y caí en la nube).
—Prefiero.

Hace años también preferí desaparecer de una fiesta organizada por mi amigo J antes que convertirme en fumadora pasiva de pot, no fuera a ser que los vericuetos del humo se escabulleran por doquier y llegaran a mi cerebro. Una exageración, ¿verdad?

Hace tiempo leí algunas notas sobre la desomorfina, comúnmente conocida como Krokodil (cocodrilo entre los cuates). Me espeluznó, es más potente que la morfina, carcome la piel, provoca daños en tejidos y músculos y una muerte considerablemente rápida. ¿Fastidiarse la vida por una sustancia que actúa rápido, pero cuyo efecto dura poco? ¡Qué miedo! El meollo, creo, es que una dosis cuesta entre tres y cinco veces menos que una de heroína.

http://es.wikipedia.org/wiki/Desomorfina

En una sobremesa de desayuno me platicó A que un día estaba en el Metro de la ciudad de México alrededor de las 22 horas y que la abordó un chavito de unos 14 o 15 años para preguntarle la hora. Acto seguido le ofreció venderle mariguana. ¡Qué cantidad de cosas me son ajenas!

El chiste es que expreso mi más genuina solidaridad con quienes son adictos a alguna sustancia, con las personas que experimentan síndromes de abstinencia, con quienes incluso sacrifican su dignidad y su vida por sentirse menos ansiosos, decepcionados, solos, dentro de un túnel sin salida, al borde de cierta “locura” que desean aminorar aunque sólo sea durante un par de horas.

Hasta pronto.

Ooooooom

—Fíjate que te vendría bien meditar.
Whaaat? Siempre he pensado que no daría una y que no estoy hecha para poner mi mente en blanco.
—Es que no se trata de ponerla en blanco, sino de aprender a respirar para que nuestros pensamientos no la invadan.
—Ja ja ja, ¿crees que pueda?, ¡con la ansiedad y la histeria que me cargo!
—Precisamente por eso saqué el tema.

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Lo intenté.

En primera, había que meterse en un cuarto atestado, donde no cabíamos más meditadores, cobijas, banquitos ni cojines (¡auxilio, mi espacio!). En segunda, tenía que quitarme los zapatos y caminar con mis patitas desnudas sobre el mismo piso que toooodos (¡qué horror!). En tercera, ¿cómo meditar sólo con un rollo previo acerca de la meditación y aventarnos al ruedo durante 30 minutos (¡todo el tiempo del mundo!) a puro jalar y expulsar aire?

—Inhalen…, exhalen…, inhalen…, exhalen…

Lo que yo intentaba con verdadero ahínco era hallar la postura que me fuera menos incómoda para la proeza, máxime si tomaba en cuenta mis varias cirugías de extremidades superiores e inferiores.

Sapo
Sapo

Mente y practicante dialogábamos en medio del trance y del más genuino intento por respirar: “Auch, qué dolor de rodilla, yo no puedo cruzar las piernas como toda esta gente que se ve tan apacible”. (El maestro indicó que tratáramos de no distraernos y que sólo hiciéramos ajustes posturales). “Ay, me está molestando muchísimo el tobillo” (nuevo ajuste). «Uf, mi espalda se hace trizas» (ajuste). “Regresa, vuelve a la respiración, cuenta, ¡regresa, vuelve, cuenta!”.

Logré conectarme unos minutos con mi más allá, aunque quedé totalmente maltrecha; no me sirvieron la silla, el Zafu (Sapo), ni las tres o cuatro cobijas que me agencié. ¿Flor de loto?, ¿para quedar como el Jorobado de Notre Dame? ¡Nel!

MISIÓN IMPOSIBLE
MISIÓN IMPOSIBLE

¿Caí en la escuela correcta?, ¿tuve al mejor budista converso como instructor? No sé y tampoco quise averiguarlo porque me rendí después de dos sesiones, cosa que no significa que haya abandonado mis intentos, por lo menos el de respirar como gente decente y no como perro a punto de atacar.

—¿Y… has oído hablar del ho’oponopono?
—Ay Dios, ¡ni idea!
—Dame la mano. Lo siento mucho. Te pido perdón. Te amo. Gracias.
—Gulp.

Capilla-sixtina

Leí que el ho’oponopono es un arte hawaiano que se basa en la reconciliación y el perdón para resolver problemas. Busqué en You Tube y me salieron al paso múltiples meditaciones guiadas. Elegí a Silvia Montesinos, la voz suave y pausada que me hizo tilín.

Primero la escuché en la noche, empiyamada y casi lista para dormir, pero invariablemente me cuajaba. Hoy puse el audio entre las 6:30 y 7:00 de la mañana.

Confirmo que es más fácil concentrarme en la respiración cuando estoy acostada, sobre todo porque mis articulaciones agradecen la posición horizontal.

Me gustó el sentido de la meditación: corregir y restaurar. De paso pude conectar con mi respiración, cubrir mi ombligo, ver a la niña interna, abrazarla, subir la escalera, abrirme al conflicto y cobijar mi pecho.

Lo siento mucho.

Te pido perdón.

Te amo.

Gracias.

Frases cortas que resuenan, ¿no?

Mis porqués

Caray, qué trabajo me ha costado entender (¿habrá quien me diga que mejor ni lo intente?) las abismales diferencias entre los seres humanos.

¿Cómo atreverse a desembolsar 16,000 dólares (más de 240,000 pesos) para volar en primera clase de la Gran Manzana a Abu Dhabi cuando hay personas que nunca aspirarán a subirse a un avión?

¿Por qué yates de súper lujo y aviones privados al tiempo que hay migrantes que recorren kilómetros y kilómetros hacinados arriesgando su pellejo para buscar un mejor futuro?

¿Por qué pagar 40,000 pesos por una botella de vino cuando apenas alcanza para frijoles, atole y tortillas?

¿Por qué los niños rollizos, estúpidamente envueltos en ropa de moda y los pequeños de otras latitudes que con trabajos se llevan un mendrugo de pan a la boca?

¿Por qué algunos ahorran un año entero para subirse a un autobús y ver por primera vez el mar y otros se escapan a su segunda o tercera casa para esquiar en nieve?

Echen ojo a la avenida Masaryk de la ciudad de México, ¡me parece aberrante que se haya gastado un lanal en hermosear una calle que de por sí atestiguaba enormes diferencias: los de adentro, a quienes les sirven y comen sentados, los de afuera (los de abajo) venden chicles, papas, chocolates y paletas!

¡Ah!, porque en este país desigual les da por soñar que se está a la altura de los Campos Elíseos en París, de la Quinta en Nueva York, de la Gran Vía en Madríd o de la Andrassy en Hungría…

¡Tenemos el Paseo de la Reforma, pero hacían falta ostentación y marcas a las que sólo acceden quienes pueden darse el lujo de comprar nombres, fama, ilusiones y en última instancia letritas de diseñadores y modistos como Carolina Herrera, Louis Vuitton, Salvatore Ferragamo, Hermès, Gucci, Christian Dior, Emporio Armani y Versace.

Espuma, la nada, pompas de jabón, lo ridículo, niebla, lo efímero, irreal. Insane!!! ¿Mascotas «fashionistas»? ¿Qué rayos es esa vacilada? ¿Redes sociales y seguidores de los animales de los famosos? ¿Un perro que se convierte en editor de la revista Love?, ¿una perra terrier más famosa que la 100% natural Donatella Versace?, ¿la gata de Lagerfeld con dos niñeras y más de 46 mil seguidores en Twitter?

100-natural

Dioses del Olimpo, ¡qué gran barrabasada publicó el periódico Reforma! ¿Respeto a quienes se solazan en la frivolidad cotidiana? Confieso humildemente que no.

¿Cuándo me caerá el veinte de que la justicia es teoría y de que ésta es la práctica con la que convivimos cada vez que amanecemos?

Basta, hasta la próxima.

¿Verde o rojo?

Mi madre fue una mujer muy guapa. En general, quienes la conocieron secundan mi opinión. Es más, mi hermana y yo nos soplamos cuantiosas coplas tristealegres sobre caballeros que se rendían a sus pies.

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¡A saber lo que doña Josefina les habría parecido a asiáticos, Redskins, negros, Inuits o australopitecos…

A ella no le hubiera latido...
No le hubiera latido este galán

Yo la describiría con calificativos como sexy, fina, elegante, sensual, bella y voluptuosa, todo en la misma envoltura, que además en sus buenos tiempos se conjugaba con simpatía, soltura y amabilidad.

Podía ser alucinante cuando quería «partir plaza», llegar al último para ser the one and only e instalarse en la coquetiza cuando no venía al caso.

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No le fallaba, su entrada en un lugar implicaba silencios, distracciones y cabecitas que iban y venían como en una final Federer vs. Nadal. Excelsa, majestuosa, boca parada (¡cero botox ni colágeno!), perfectamente ataviada para la ocasión, se sentía tan iridiscente como un pavo real en época de celo.

Particularmente la recuerdo con un vestido gris, con sus camiseros y con un blusón beige que se le hizo enorme y no le quedó más remedio que resbalarlo a lo largo de su cuerpo y enfundarse unas botas. Recuerdo una foto en la que lo luce, se veía espectacular con un color que aunado al tono cafecito de su piel hacía que mi pobre abuela Pepa pareciera muerto fresco.

Ja ja ja, a las Perritas nos daba un patatús cuando a sus más de cincuenta años se enfundaba en trajes de baño llenos de agujeros que se mandaba hacer en «Amazonas» (¡ahí nomás!). En esos ayeres le pedíamos, casi le rogábamos, que omitiera decir que era nuestra progenitora, y no precisamente porque se viera mal, sino por el atrevido bañador de una señora de mediana edad que lucía sus curvas sin empacho (¡sensacional!).

Ante lo que acabo de describir, pocos de ustedes (¿o varios?) se imaginarían que en lo más profundo de su ser mi mamá era una mujer insegura y llena de dudas, necesitaba de la mirada y la lisonja de otros para sentir —ni siquiera saber— que era bella.

Triste, ¿no? Pero ojo, ¡la razón de ser de este retazo es precisamente tristealegre, porque aunque el alma se transparente, yo misma me reí cuando elegí e ideé el tema de hoy.

Mamá se pone un traje verde esmeralda. Papá no sabe lo que le espera.

—¿Te gusta, P?

—Sí, ¡se te ve maravilloso!

Mamá se cambia, ahora luce un vestido rojo quemado.

—¿Y éste?

—Me gusta más el verde.

—Entonces el vestido rojo no te gusta.

—No dije eso, sólo que prefiero el traje esmeralda.

—No te gusto con el rojo…

—¡No, no, no, tú me diste a escoger y elegí el verde!

—No te gusto.

—M, ¡te ves bien con lo que te pongas!

El acabose. Fin del mundo y de la historia.

Hasta el ratón.

mouse

El último jalón

Sé poquísimo sobre el santoral. Mi madre, ya lo he escrito y espero que no hasta el cansancio, murió en un soleado y casi primaveral 19 de marzo. Recuerdo que hubo personas que me comentaron que ese día se celebraba a San José. Curiosamente, el segundo nombre de mi dolorosa era Josefina, quien hacia el final de su vida entablaba conmigo diálogos como éste:

Riiiiiiiiiing
Riiiiiiiiiing

—¿Bueno? (¿De dónde habremos adoptado la costumbre de contestar así el teléfono? ¿Bueno qué? Buenos los santos, los manjares que nos alegran la vida, una película, la Tesorito…)
—Hola, mi amor, prende la tele y pon el canal “x”, están pasando la vida de San Gregorio Barbarigo (¡Ah, caray!, ¿san what?)
—Ay, madre, ya sabes que a mí me da exactamente lo mismo.
—¡Pero está buenísima!
—Má, vela tú, además estoy haciendo otras cosas.
—Bueno, amor, pero si le quieres prender, mi canal es “x” (ya se lo había apropiado, era su canal)

Gracias a que mi papá es el bibliotecario de su propia casa y a que me prestó La casa de los santos, de Carlos Pujol —literato, universitario, crítico, traductor y novelista español—, sacudíme la ignorancia y enteréme de que San José es patrón de la buena muerte. ¿Acaso puso su granito de arena en la muy tranquila y digna que se llevó a la autora de mis días?

Había llegado el momento, su doctora estaba en vísperas de sedarla, de ayudarla y ayudarnos a que la despedida fuera menos abrupta.

—¿Qué sigue?

—Doña Mónica (su primer nombre) se va a dormir, estará como en el vientre materno, sentirá sus caricias y escuchará a cuantos quieran hablarle, pero ya no abrirá los ojos.

La elección de Mónica Josefina fue diametralmente opuesta a la de quienes deciden (o les toca) pasarlo en hospitales: tubos, monitores, entradas y salidas de médicos y enfermeras, olores inconfundibles de cuartos, pasillos y sustancias.

monitor

Cierto que el trago amargo es indeleble, pasa por la garganta y resuena en el corazón, aunque con ella sobre su cama y en su casa paladeé cierto dulzor que permaneció en mi lengua. Sólo me arrepiento de no haberle pedido a H que me regalara cinco minutos más, aunque todo estaba dicho, más con los ojos que con palabras.

Antes del golpe de morfina le sonrió a su doctora, después esperó a que llegaran mi hermana, la protagonista de sus últimos minutos, mi padre (ante su voz fuerte y sonora intentó jalar sus párpados), y el sacerdote, en ese orden.

En cuanto a las demás personas que estuvieron presentes, de todas inspiró algo: convivencia y primeros flirteos, veinte años de cuidados con sus broncas, uno de exquisitos platillos que ella misma se encargaba de pedir y dirigir, varios de visitas de un par de testigos de las escaramuzas madre-hija, y un instante, lo que dura una noche, del trato más humano y digno que una persona le ofrece a otra sin conocerla.

Jalaba el aire entre pausas cada vez más prolongadas, de repente se quedó en una eterna y calma interrupción.

San José, una buena muerte y jacarandas en flor.

Hasta la próxima.

Sólo una embarradita

Las famosas series. He visto pocas, sobre todo si tomo en cuenta que las producen como pan caliente.

Six Feet Under, una muerte peculiar para cada inicio de capítulo. La partida no avisa, señores, quizá da señales cuando se trata de una larga y tortuosa agonía. ¡Logré terminarla!

La reina del sur. También me la eché todita. Recomendación y préstamo de mi padre y su pareja.

Epitafios, con la gran Cecilia Roth, actriz argentina de cuya actuación disfruté por primera vez en Todo sobre mi madre, dirigida por Pedro Almodóvar. Picadísima y con cierto recelo, me gustan la adrenalina y el suspenso, aunque puedo asustarme.

Destellos de Bates Motel, serie basada en la cinta Psicosis (Psycho) de Alfred Hitchcock. Relación entre madre e hijo p’a poner los pelos de punta. Le seguiré la pista.

Breaking Bad, ¡clavadísima! Aproveché la renuncia a mi psychochamba de nueve años para dedicarle tiempo. Maestrín de escuela mediocre a quien acabé por odiar. Buenísima.

No sé si terminé la primera temporada de The Dome, pero también me piqué y quiero saber qué rayos va a pasar con el pueblo gringo «elegido» para quedar aislado del resto del mundo.

Ahora empiezo a adentrarme en el sutil ambiente carcelario de las presas de Orange is the New Black. Hay de tooodo, como en botica.

Last but not least, Isabel, recomendación de un par de queridas amigas que me tiene interesada en los desmadres y desmanes de la España del siglo XV (apenas voy en el sexto episodio).

Hasta aquí el tecleo con mi mano izquierda. Si lleva errores, les ruego corregirlos virtualmente 😉

Tregua

Antes

—El túnel.
—¿De Sábato?, ¿el del pintor que mató a una fulana Iribarne?
—No, el del carpo.
—¿Cuál?
—Está en la muñeca.
—Ah.

Tunel Carpiano

Después

—¿Y puedo teclear?
—No.
—Ah.

Tic, tic, tic…
—¡Chin!
Paf, paf, paf…
—¡Me lleva!
Clac, clac, clac…
—Carajo.

Por más que quiera usar la mano izquierda para continuar con mis retazos, no está adiestrada, escribe a -1 por hora, comete 5 errores por segundo y le duele el cardenal fruto de la canalización.

Además, he aquí a una persona poco paciente (eufemismo).

¿Será?
¿Será?

Voy a hacer el esfuerzo —sirve que estimulo otros vericuetos de mi cerebro—, aunque seré breve.

En mi próxima cita sabré si puedo empezar a deshacer el teclado. Lo anterior sucede porque nunca entré a mis clases de mecanografía de la Prepa, me volé todas so pretexto de jugar voli.

Mi hermana roza las teclas, es tan sutil y hábil como mi abuela Pepa, en cambio yo golpeo las letras como si picara ojos a diestra y siniestra.

C’est la vie (de vida, no de ver…)

Momentos de vida (copia de un título de Virginia Woolf)

Ayer comí lo de siempre en el Centro Libanés: jocoque seco, garbanza, hojas de parra y keppe crudo con awarma (carnero picado en mantequilla). ¡Una delicia! Las consecuencias implican inflarme como globo y desabrochar el botón de mis jeans consentidos.

Mi amiga erudita soltó una frase que me hizo mella: “Suelo prender la televisión para ver qué historias me cuentan”. Después de un rato de amena y profunda plática nos levantamos —maltrechas las dos por estar tanto tiempo aplanadas— y fuimos por el coche. La boté en una parada del Metrobús sobre avenida Insurgentes y la emprendí hacia mi guarida.

Subí los consabidos cuatro pisos, cerré la puerta para aislarme de la actividad citadina, me despojé inmediatamente de los vaqueros y empecé a darle al incisivo rollito mental.

—¿Prendo la tele, leo, oigo música, me tiro sobre la cama, escribo mi retazo, o de plano sigo dentro del apabullante torbellino cerebral que me interna en las cisuras de Rolando y Silvio?

Rolando
Me di permiso de prender la T.V. Primero caí en una entrevista sobre Pinochet y Castro hecha al juez Garzón, cosa que propició que mi coco siguiera en la espiral, después me topé con una gringada, The Pacifier (Una niñera a prueba de balas), que vi hasta el final y que me entretuvo. Luego hice zapping hasta aterrizar en Thelma and Louise (1991), dirigida por Ridley Scott, y de la que tuve noticia gracias a una mención en When Night is Falling, de la canadiense Patricia Rozema.

Me atraparon el tema, la actuación y juventud de Susan Sarandon (Louise), la belleza y sensualidad de Geena Davis (Thelma) y mucho menos el joven Brad Pitt. As always, me inquietaba la hora  —era tarde—. ¡¿Caray, tarde para qué?! Total, me clavé durísimo y llegué al cierre.

No pretendo analizar la transformación de un par de mujeres que habitan una vida plana, de hartazgo y frustración, y que deciden irse de vacaciones, tal vez para eludir su cotidianidad. Su viaje dista de ser cotidiano, se convierte en huida,  pero también en la chispa que les permite salirse del tedio, afianzarse, vengarse, experimentar, crecer y sentirse capaces de tomar decisiones.

Disfruté de la música —The Ballad of Lucy Jordan, interpretada por Marianne Faithfull, ex de Mick Jagger—, de los paisajes alrededor de Oklahoma, de la estela de tierra que levantaba el Ford Thunderbird verde, de las nubes blancas estampadas en un cielo azul, pero sobre todo de la evolución de dos personajes femeninos que prefieren suicidarse antes que perder su libertad.

El final lo eligen ellas, Thelma y Louise, con plena conciencia. El poder de decidir las alió con una sonrisa y una muestra de amor:

—Let’s not get caught.
—What you talkin’ about?
—Let’s keep goin’.
—What do you mean?
—Go!
—Yo sure?
—Yeah…

Hacia el precipicio, a pesar del miedo, protegidas por el contacto visual, un apretón de manos, risa nerviosa y conscientes de su finitud.

De fondo B.B. King, Better Not Look Down

Thelma and Louise_2

Thelma and Louise

Hasta next.