—Piiip piiip, ¡paaaaaaf!
Así lo describió Riohnach, la mujer del percance.
—Híjole, yo ya me había estacionado —comentó Mahala— y vi que venía Rioh. ¡De pronto oí un guamazo, el cuate de la moto salió volando!

Santísima Madre, así pintaba el festejo.
—¿Qué pasó —grité.
—Es Rioh —dijo Kama.
Imaginé lo peor y bajé las escaleras cual vaca de lidia. El frente de su coche se había desintegrado y un motociclista dolorido se recargaba en un árbol. Como suele pasar en la ciudad de México, los repartidores manejan como alma en pena y desafían la segunda ley de Newton, que involucra aceleración, masa y fuerza.
Sirvió de poco que Rioh indicara que daría la vuelta, el temerario conductor quiso ganarle al auto y pasar por delante. Nanay.
—Tendría que ir al Ministerio Público en calidad de detenida.
Dioses del Olimpo, Rioh con los ojos desorbitados, la boca espumante y el fulano poniéndose el hielo que cariñosamente le ofreció Polly. Adentro de la casa se acumulaban arreglos cumpleañeros, suculentas botanas y la mar de bebidas alcohólicas.
—Pero mire dónde me pegó, yo no tuve la culpa, ¿cómo que al MP?
No me imaginaba a Rioh en una celda, máxime que ha pasado por la vida con cara de #yonorompounplato
—Es cierto, pero hay un herido. Déjeme ver qué puedo negociar.
Ay, qué desasosiego, y este bochinche ya no se puede cancelar.
Suddenly…
—Mire, señora Baca, la aseguradora pedirá la ambulancia para el siniestrado (horrenda palabra) y a usted le darán la mitad del deducible.
¿Será que partiremos pastel?
Visto sin sobresalto, qué fortuna que el conductor de la motocicleta estuviera coleando de vivo y que se evitara la intervención de nuestros eficientes y níveos Ministerios Públicos, infestados de burócratas que bostezan sin tapaboca, mascan (y truenan) chicle, duermen el sueño de los “justos” (o crudos) y brindan un servicio en modo de adagio.
La crisis fue superada al amparo de cinco botellas de vino y algunos fogonazos. Rioh la hizo de DJ, olvidó la afrenta y el frentazo, Mahala regresó airosamente de su blackout alcohólico, Polly soltó sus más sonoras carcajadas e hizo gala de la mofa, Pablo rió y lloró con recuerdos envueltos en canciones y las Perritas volvieron a su jilgueresca adolescencia.
Hasta la próxima.
