Tregua

Antes

—El túnel.
—¿De Sábato?, ¿el del pintor que mató a una fulana Iribarne?
—No, el del carpo.
—¿Cuál?
—Está en la muñeca.
—Ah.

Tunel Carpiano

Después

—¿Y puedo teclear?
—No.
—Ah.

Tic, tic, tic…
—¡Chin!
Paf, paf, paf…
—¡Me lleva!
Clac, clac, clac…
—Carajo.

Por más que quiera usar la mano izquierda para continuar con mis retazos, no está adiestrada, escribe a -1 por hora, comete 5 errores por segundo y le duele el cardenal fruto de la canalización.

Además, he aquí a una persona poco paciente (eufemismo).

¿Será?
¿Será?

Voy a hacer el esfuerzo —sirve que estimulo otros vericuetos de mi cerebro—, aunque seré breve.

En mi próxima cita sabré si puedo empezar a deshacer el teclado. Lo anterior sucede porque nunca entré a mis clases de mecanografía de la Prepa, me volé todas so pretexto de jugar voli.

Mi hermana roza las teclas, es tan sutil y hábil como mi abuela Pepa, en cambio yo golpeo las letras como si picara ojos a diestra y siniestra.

C’est la vie (de vida, no de ver…)