Etapas…

Niño: alguien hace algo que marca y acorrala y sobrecoge. Los pasos pesan en el andar cauteloso hacia la cima que conduce a la sima; rasguñan la comparación, la inconsciencia, el atávico estrabismo, y unas piernas dormidas ante el pequeño chacoteo, las piñatas y los dulces. Una vagoneta sostiene el peso, peso que se monta sobre los hombros con el paso del tiempo.

Adolescente: aquí y allá, ir y venir; escapar de las salidas falsas: alcohol, drogas, suicidio. Los primeros flirteos, rancios cuando se tiene conciencia de competir, de ser el huevo y no la garza, dentro de una maraña que acaba en puertas atascadas con pestillos. ¡Moverse, quitarse, aventarse, deslizarse, jugarse… lo único que salva!

Joven: alguna vez se está enamorado o se cree estarlo. De repente brinca un puñal que chorrea sangre y despierta el resentimiento; enoja la falta de agallas que aplasta el sueño y mata los algodones de azúcar que se habían derretido en todito el cuerpo. Después mejor pensarlo, más vale solo que víctima de la capacidad humana para hacer mierda.

Adulto: se sigue porque se está, porque no queda más remedio, porque la risa maquilla las lágrimas y la carcajada insufla valor, porque queda algo, porque la vida es así, porque hay el miedo que es la eterna compañía con aguijón que nos impele a cambiar de lugar para conquistar una de tantas cimas.

algodón

Hasta pronto.