Me aterra encarar a mi ser vulnerable, sentirlo frente a frente, tocarlo con cada una de mis huellas digitales, como si en vez de algo cotidiano se tratara de una vaga acechanza marciana.
En algún momento me fui con la finta: fuerte, controlada, de metal y nunca de barro. Casi todos los días, penetre o no en mi agujero negro, me receto un intolerante “NoTeQuiebresACachosNiTeDesmoronesComoEstatuadeSal”.
¿Aceptar que los polos fuerte-débil se acompañan desde siempre, que enarbolan un equilibrio simbiótico?
La sufro, siento que me suavizo hasta convertirme en un hilacho que derrama su fuerza gota a gota, fuerza que resbala y escurre gelatina en una atarjea.
Estoy aprendiendo que el hueso se rompe, que la carne se lacera y que yo sigo siendo yo, la habitante de un complejo salud-enfermedad que me mantiene en vilo, a veces pidiendo a gritos un tanque de oxígeno y a veces acolchonada entre nubes blancas.
Tocarme vulnerable me hace llanto al mismo tiempo que me libera de un peso absurdo que amorata mi cuerpo y lo cansa. Tanta dosis de #superwoman me deja exhausta, con ganas de dormirme, de no pensar, de no ser.
Pero estoy aprendiendo, estoy logrando quedarme ahí, estática, en un sillón que me viaja al centro de mis locuras, de mis miedos, de mi ser infantil; me pone dentro de una caja de cartón que tintea un burdo trazo negro: FRÁGIL.
Hasta la siguiente.


