Me encantan mi terraza y la combinación del verde con el rojo; el cielo es gris; las torres azules de la iglesia me transportan a la plaza principal de un pueblo; veo flores de buganvilia tiradas en el piso: son fucsia.
Aún hay sol, pero no tarda en oscurecer. ¡Eso es!, se me hace de noche, bien negro, cuando se le escabulle la conciencia a alguien que quiero y que bebe rojo, blanco, amarillo, verde, transparente o del color que sea.
He constatado cómo bullen máscaras de violencia, letargo, estupidez, sadismo, necedad, llanto, agresión. Me tocó convivir con él desde niña. Me hizo rogar —por escrito, con palabras, a gritos, entre cortinas de lágrimas e incluso frente al amargo sabor de la derrota.
Detesto los efectos del alcohol; a veces hasta siento odio, pero cuando se convierte en #SalidaEvasiónHuidaTapadera hay poco o nada que hacer: depende de quién empine el codo.
Confieso: no entiendo la diferencia entre tomar dos copas o una botella, entre disfrutar del alcohol o quedar hecho un imbécil, entre pasar un buen rato u olvidarlo todo.

A mí me desquiciaría ignorar lo que hice, cómo lo dije, cuánto lastimé o a quién perdí.
Hasta diciembre.