Una delicia

Voy a equis restaurante cuando sé que vale la pena. La experiencia tiene que envolver mis sentidos. Si el servicio es aceptable —ni muy muy ni tan tan—, si los sabores cortejan mis papilas gustativas, si un platillo vale lo que pago, ¡adelante con los faroles! Eso sí, nada de minucias ni probaditas al estilo nouvelle cuisine, aunque la presentación sea de otro mundo.

nouvelle cuisine
Minucia

No tengo las tablas de Marco Beteta, quien lleva años y feliz estómago cocinando este negocio, ni pretendo dármelas de foodie —leo que el término, hoy de moda, fue acuñado en 1984 por Paul Levy, Ann Barr y Mat Sloan para referirse a “una clase particular de aficionados a la comida y a la bebida”. Lo dieron a conocer en su libro The Official Foodie Handbook. (Eso de «particular» me suena a clasificación botánica o animal, ¿no?)

Simplemente opino con conocimiento de tragona y con la sabiduría de un ser mortal que ama comer. Además, no me guío por modas, más bien por antojos, recomendaciones de boca en boca, encuentros fortuitos, invitaciones, y a veces por opiniones gastronómicas que me encuentro en revistas como Chilango o Dónde ir, y en periódicos como Reforma, sección Buena mesa, vía la escurridiza Cony Delantal.

Los lugares más nice no son para mí, basta con que mi paladar y mi olfato sabuesero en busca de un buen plato se den por bien servidos. Pongo como ejemplo El Cardenal, restaurante que fundaron Oliva Garizurieta y Jesús Briz en 1969. Ahí festejamos el cumpleaños de mi papá el 31 de mayo pasado.

universidad
El primer Cardenal se alojó en el edificio de la Real y Pontificia Universidad de México 

Fuimos al de Avenida de la Paz, hasta ahora la sucursal más nueva. Confíen en que lo que pidan está rico. El festejado le entró a una sopa de fideos con frijol y al cerdo con verdolagas; los disfrutó, pero estoy segura de que en lo más profundo de su corazón envidió mis carnitas al estilo Jalisco, platillo que pedí con escasos tres pedazos de maciza y el resto de puros cueritos. ¡Qué delicia! No se imaginan cuánto ni cómo los saboreé: tengo la consigna de volver pronto para zamparme otros.

Llegado el postre, mi progenitor le hincó el diente a unos plátanos con helado de vainilla, y yo a un panqué de elote calentito, acompañado de un plato de nata para chuparse los dedos.

El Cardenal es uno de esos restaurantes garantía. Me encanta comer en lugares en los que sé que no hay dos o tres especialidades, sino una carta repleta de sabores que invitan a regresar.

A ver qué ceno…

 

Menudo itacate

Un zafarrancho en el alma.

Lágrimas escurridizas en los ojos; pesadez en el cuello.

Una rosa amarilla en la mano izquierda; en la derecha un cuchillo.

Piedras amargas en el estómago.

En la mente un géiser atolondrado.

Frustración en el esqueleto; en los huesos carne con sabor a cardenal.

En los años culpa y recriminación.

Oxígeno con sabor a logro… revoloteando en el eterno cuarto de atrás.

géiser

Nunca digas de esta agua no beberé

«Otro mundo en hora y media: conduzca con precaución». En ese lugar la gente cuida de su aspecto y hasta diría que se esmera por verse elegante.

Pasé la Navidad de 2012 en San Francisco y, como hubiera dicho mi madre, me sentí “chinche” vestida con ropa inadecuada para afrontar el frío, la lluvia y el viento; en pocas palabras, mi estancia en esa hermosa ciudad se caracterizó por la facha (tal vez exagero un poco).

Golden gate

Foto de la autora

Además, llevaba harto peso en mi costal: la muerte de mi madre, su cumpleaños el 20 de diciembre y el distanciamiento con mi hermana. Suficiente para exacerbar mi tendencia a la obsesión.

Fue un viaje lindo. La pasé bien y comí rico, pero me persiguió la idea fija del enfriamiento y la consecuente gripe. Supongo que tanta aprehensión provocó que el día de mi regreso azotara cerca de las escaleras para bajar al metro. Por supuesto, las llamadas ANTs (automatic negative thoughts) se apoderaron de mi buen juicio: juré que la consecuencia del guayabazo me llevaría a la plancha de un quirófano.

OCD

El rollo anterior nada más fue un pretexto para hablar de la diferencia entre San Pancho y Gilroy, la ciudad donde vive mi sis hace 16 años.

Nunca imaginé tamaño atrevimiento, máxime que en alguno de mis retazos lo critiqué con sorna y ñaca ñaca (recuerdo que así hacían las brujitas de las historietas de La pequeña Lulú. Acabo de leer que el personaje fue creado por Marjorie Henderson Buell, Marge, en 1935): caminé, cabeza gacha, en el conjunto comercial, armada con mis flip flops; mi hermana y yo “flopeando” al ritmo de la naquez.

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Idénticas a las del mencionado retazo 

Me sentía la mujer más desaliñada de la Capital Mundial del Ajo, hasta que me di cuenta de que el bicho raro era yo. En general, las personas con quienes me topé chancleaban muy orondas con sus «zapatillas ‘veraniegas'»: calzado de plástico, hule o algún otro material, en ocasiones con horrendas y cursis piedritas.

Cada quien su vida, me cae, pero el colmo de la fodonguez fue ver empiyamados con cara de “qué a todo dar es mi cotidianidad en Gilroy”. ¡Y cómo no, si se levantan de la cama con pelos de almohadazo y se trepan al coche!

piyama
Peor que el almohadazo…

No me precio de andar a la moda y confieso que me encanta vestir cómoda, ¡pero hay límites!

¿Acaso estoy démodé? ¿Me inmiscuyo en la vida de mi prójimo? Quizá… Prometo pensarlo sin hormigas asesinas (ANTs).

Lo que es un hecho es que jamás saldré a la calle en piyama —salvo que se trate de una urgencia—, y que nada más presumiré mis flip flops cuando haga calor y cuando esté en un lugar en el que “flopear”, estar gordo, fachoso y lleno de tatuajes es lo in.

Hasta… junio.