Mentirijillas

Que salvo en algunas excepciones, soy una microbloguera que cayó en revelar asuntos personales de lo que vivo, pienso, siento, sufro y disfruto.

Y disfruto comer en casa de mi papá, porque además de que la comida siempre es rica, evito cocinar para mí sola: no tiene ningún chiste.

Además de ver a la «Mosquita», que está próxima a cumplir siete meses, me divierto con las ocurrencias del Pai. Ayer, tres dignas de destacar; dos tienen que ver con la soltura:

La primera involucra su nuevo teléfono inalámbrico; pulsa las teclas y pide hablar con un señor de apellido Carmen. Se enfrenta a la burocracia, pero consigue que se lo comuniquen. ¡Zas!, suelta un educado: «Vinieron a arreglar mi calentador y me dieron garantía de un año. Ya tengo sus datos, así que me comunico con usted en un año». ¿Será?

La segunda me hizo reír mucho. Fue una respuesta, también vía telefónica, que profirió cual gran maestre de la mentira: «Tengo que confirmar si voy a ser padrino en un bautizo». ¡Ja!, ¡con lo que le gustan los bautizos!

Y la tercera, aunque lo niegue rotundamente, tuvo que ver con que ya quería empezar a hacer sus cosas —léase escribir, leer, hablar por teléfono, ver el fut—, así que cuando le dije que ya me iba se paró como resorte para acompañarme a la puerta. Ambos bajamos, me despedí de la «Mosquita» y de las chicas, y escuché un atentísimo: «Te espero afuera». Eso sí, que no se me olvide que al hacérselo notar me dijo, como el caballero que es, que yo podía quedarme el tiempo que quisiera.

¡Lo conozco taaaan bien!

Adeus setembro!

Navegando

Estoy viendo una serie española: El Barco. Empecé a echarle ojo por recomendación, y resulta que estoy picadísima; o sea, que me tiene «de los cojones» (sentido figurado).

el-barco

Jalada de los pelos a más no poder, porque cada capítulo se convierte en una peripecia increíble, incluso que nadie nos diga dónde quedó la única niña, ¡que además es la hija del capitán! Pero me entretengo al mismo tiempo que río y lloro, lo segundo más que lo primero.

Les decía a algunas personas que es el primer programa actual (todos se suben al barco con celular en mano) en el que se privilegian el enamoramiento y el amor, no el sexo, ¡y eso que además de camarotes para dar y repartir, varios personajes están muuuy potables!

Eso del enamoramiento… Padre, ¿no? Se me remueven recuerdos y harto, hartísimo anhelo.

Bai de güey:

¿Sabían que ya se pueden usar los términos «wasap» y «wasapear» en español? ¿Y que no hay necesidad de usar comillas ni cursivas?

Así las cosas.

Todo pasa… y no queda

Uuuuuuuuu, hace años me hubiera arengado, forzado y, por qué no, lastimado.

Mi diagnóstico: carente de fuerza, voluntad, ánimo, juventud, vigor; en pocas palabras: not even a shitty egg!

Pero miren, después de la arrastrada que me pusieron el lunes pasado en el gimnasio —recordé viejos tiempos y disfruté el dolor del trabajo muscular—, ya soy capaz de conocer y aceptar mis limitaciones. En mi caso, «Di no a las drogas» (@jezucrihto) se traduce en: no más vuelos por los aires para rescatar pelotas (¡me encantaba!), no más patinaje bajo la lluvia (una delicia), no más levantamiento de pesas con Blancanieves y los siete enanos (libre interpretación).

drogas

Hoy mi cuerpo me manda señales de alerta y las acato, las acepto sin dramas ni recriminaciones. Hace tiempo habría sido lo más parecido a que se rompiera el hilo de Ariadna: “Dios, ¿por qué me abandona mi cuerpo?”; como si el Minotauro me resoplara en el cuello, como si Little Boy o Fat Man dejaran caer su inimaginable poderío atómico en el centro de mi vientre.

minotauro

Ese mismo lunes, me dije:

—Mira, hija (o güey, como quieran), ya no estás para estos trotes. ¿Otro quirofanazo? Nel, reinita: sé clemente con tu cuerpo.

Hoy me siento orgullosa de poder tomar esas decisiones sin ponerme los zapatos de la mujer víctima, de la mujer que ha ido quedándose atrás. Con esa misma madurez emocional (uuuuuóraleeee), y dado que mi genética me negó el 20/20, decidí no manejar de noche por parajes desconocidos.

Espero sortear mis encontronazos «limítrofes» de manera similar. En el ínter, después de casi tres años de vivir con una nueva córnea, he vuelto a sentir el abrazo del agua y el placer de jalar aire.

 

9/11

Vamos a sumar, como en la escuela, nomás que con la ayuda de la calculadora del «omnipresente» celular (crap).

Mi hermana Inés murió hace 31 años, mi madre hace cuatro y medio, mi abuela materna, Pepa, ya cumplió 20, y mi abuelo paterno, Manuel, a quien ni en sueños hubiera conocido, acumula la friolera de ¡68 años! ¡Pa’ su mecha! En lo que toca a estos periodos: 123 años y medio.

Mi sobrino tiene 16, mi sobrina 13, mi cuñado acaba de celebrar 52, y Rafaela, a quien parece que visité ayer en el Instituto Nacional de Perinatología, ya alcanzó  los seis meses = 81 y medio.

Sigo, por la sencilla razón de que hasta resulta divertido contarles que hoy iré a una comida en la que quienes tendremos el honor de convivir sumamos ¡casi 500 años! Híjole, no pude evitar un “no mam…”, pronunciado en voz alta y bien clarito.

Por ende, no es extraño que hoy hace 15 años me quedara petrificada ante una noticia radiofónica que más bien parecía ficción (¿Disneylandia?, ¿animación de Pixar?), y que poco después se convirtió en imágenes espeluznantes de dos aviones que chocaron, ¡a propósito!, contra las Torres Gemelas de Nueva York.

—What??!!!!! ¿Es real?, ¿qué pedooooooo?

Nubes de humo, fuego, gritos, llanto, confusión, dolor, «alfileres» arrojándose al vacío para evitar quemarse. No había para dónde hacerse: era el fin del mundo.

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Y de nuevo las imágenes, y de nuevo la locura, y de nuevo los aviones penetrando el World Trade Center, y más escombros, y más víctimas, y más tristeza, y más indignación, y la locura humana haciéndole sombra a la grandeza del proyecto arquitectónico de Minoru Yamasaki, quien había definido su obra como un “símbolo viviente”. Adiós símbolo, ciao Windows of the World, el restaurante de los pisos 106 y 107 de la Torre Norte, hasta nunca oficinas neoyorquinas en Manhattan. La hazaña de Philippe Petit quedaría grabada en la memoria, pero jamás se volvería a tender un cable de acero que uniera las torres Norte y Sur.

Yo estaba estudiando mi maestría en Rhode Island, a sólo cuatro horas de la barbarie. Lo viví con incredulidad, con azoro, con tristeza, con miedo, con coraje, y hasta con agradecimiento: mi hermana, mi cuñado y mi sobrino de un año habían volado a California el 9 de septiembre por la misma aerolínea.

Y como yo sigo siendo yo, dondequiera que esté, les confieso que tocó a la puerta mi yo más obsesivo: ¿qué tal si recibía una carta con ántrax por correo? ¡Ay, güey! Hasta pensé en regresar, pero quizá era más un vil pretexto para no enfrentar las circunstancias del momento, la vida que se me ponía delante.

A 15 años —poquísimos, según les he mostrado—, con distintas versiones de lo ocurrido esa mañana del 11 de septiembre de 2001 —terrorismo islámico con Bin Laden y Al-Qaeda, George W. Bush para pretextar su invasión a Irak—,  el hecho es que ese martes se comprobó, una vez más, que los humanos estamos enfermos, locos de remate, torturados por criaturas abominables cuyo objetivo es destruir. Por fortuna, aún hay flores, canciones, niños que ríen, personas que agradecemos… y, ¡harto importante!, reuniones donde 496 años se traducen en armonía.