Tavo era un cuarentón obsesivo y desaliñado, aquejado por una severa adicción: bebía 2.5 litros de leche todos los días, cosa que implicaba poner a remojar sus copiosas barbas semiplateadas en un líquido ya blancuzco.
Cuando era niño, más de cuatro décadas atrás, acompañaba a su mamá a hacer la compra; además de que en ese entonces su bebida predilecta sabía distinto, sólo recodaba tres marcas: Alpura, Boreal y Lala. Se envasaban en Tetra Pak, y había que consumir el fluido con cierta celeridad para que no se echara a perder.
De chavalillo saboreaba, con la lengua pastosa y los ojos en blanco, un líquido sápido y con cuerpo —ahora es más bien aguado— que lo transportaba a la vaquería “La Chula”, propiedad de sus abuelos en el estado de Hidalgo. El abuelo Jacinto le contaba que don Teodosio, su padre, había repartido leche montado en un burro que se llamaba Narciso. ¡Qué recuerdos! Un día Narciso quiso montar a una burrita pizpireta que tenía la cola chamuscada. Lo malo es que lo había hecho con el bisabuelo encima, peripecia que puso punto final a su gozosa historia láctea.
Gustavo vivía solo y su obsesión; por supuesto, parte de sus quehaceres, además de vender su trabajo como encuadernador y de devorar páginas porno en internet, consistía en hacer el súper. Era un verdadero suplicio pararse frente a los anaqueles de un pasillo completo y observar la diversidad lechosa, similar a la diversidad sexual, que hoy suma a sus siglas LGBT las letras TTIQA.
Ahora no sólo se indica que el líquido es “100% de vaca” y se omite la leyenda “hace nata”, sino que se tienen en la mira una bola de presentaciones y marcas que señalan que la leche es deslactosada, light, deslactosada light, orgánica, baja en grasa (¿equivalente a light y semidescremada?), sin hormona STBr —se la inyectan a las vacas para que produzcan más leche—, kosher, con 70% + proteína y 30% + calcio, especial para mujeres, de sabores, soya, almendra, en polvo, coco, ¡entera!
Total, que Tavo se volvía loco mientras se mesaba las barbas, hasta el punto de arrancarse unos cuantos pelos o de hacerse churritos con el dedo índice… ¿Qué pasaría si tomaba una Alpura Mujer, o una Lala Salud-para-toda-la-familia, o una Alpura Kids, o una Siluette? Podía, sencillamente, meter la Alpura 40 y tantos en el carrito, pero en ese instante se le llenaba la cabeza de la leche bronca que con gran tino le daba Jacinto cuando pasaba las vacaciones en la vaquería.
Si se quería llegar al colmo del absurdo, Tavo buscaría la manera de toparse con algún representante del gremio lechero para hacerle algunas recomendaciones de bebidas lácteas que no podían faltar en los estantes de las tiendas: leche para ancianos desdentados (con mucho calcio), para mujeres con SDPM, para obesos en franco deterioro (Lala Fatso), para bebés gasificados, para hombres «andropáusicos», para mirreyes con acumulación de crudas (resacas), para adultos en plenitud con dentaduras postizas, para mujeres sin intención de concebir, y hasta para motorolos bebedores de leche de vaca californiana alimentada con cierta hierba.
Hasta pronto.