Ana

Es que Ana flipaba… De por sí no se le daban el optimismo ni las castañuelas como para tener que arreglárselas con el maldito PMDD (las siglas en inglés). ¿Qué rayos tenía que ver con ella un trastorno de la respuesta celular al estrógeno y la progesterona? ¡Mugres, mugrientas y horripilantes hormonas!

Cada mes esperaba —y enfrentaba— el ataque de unas tijeras que la partían por la mitad. No se aguantaba ni ella misma. Miraba fijamente a un punto en la nada de su cerebro mientras pasaban ideas y pensamientos que desechaba con saetas ponzoñosas: leer (pero si no se podía concentrar); salir (¿a dónde?, ¿para qué?); oír música (ay, la bocina estaba guardada); escombrar su casa (¡uf!, ¿por dónde empezar?); salir con alguien (no era buena compañía).

Era boicot tras boicot. Acababa encerrada en su Nautilus, respirando agua y mordiendo aire. Además, impaciente como era, no llegaba a ninguna isla, a ningún lugar soleado donde siquiera la esperara una piña colada.

Porque, a decir verdad, ¿qué rayos se supone que debe hacer una mujer que carece de la más mínima motivación, que se siente insegura, que tiene miedo, que no se despega del mal rollo, y para quien todos los seres que pueblan la tierra se las gastan mejor que ella? Ideas y más ideas; las de siempre, las de su infinito, las latosas y lastimeras desde su infancia: perlas negras de su infierno.

Ana, la maja de Ana, su cabeza tan llena de todo y su ser tan falto de energía, fuego, pasión, ardor.

Ay, sí que dolía.

 

Isabella

Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!

Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!

Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.

Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.

La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.