Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!
Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!
Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.
Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.
La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.