Mal de olas

¿Cómo te explico? No hay una causa. Si me preguntas el porqué, no vas a oír: «mi mejor amigo tuvo un accidente», «descabezaron al primo Paco», «los narcos empezaron a rondar el negocio familiar», «no tengo dónde caerme muerto», «atropellaron a la tía Chucha.

Si no pasa nada, ¿por qué hacer olas? Chale, las olas no se hacen adrede, ¿las has visto? Obvio. Ni tan obvio, ¿eh? ¿Te has fijado en cómo suben y bajan? Sí. Pues así subo y bajo yo. No me digas, ¿me vas a venir con el cuento de que tienes mal de olas? Oye, qué buen nombre ese de «mal de olas», así no le ponemos palabras truculentas. Pérame tantito, ¿entonces sí le puedes poner palabras? Algunas. ¿Como cuáles? A ver, me sigo con las olas y con el ambiente marino: estoy en la playa, siento la arena fría bajo mis pies, está nublado y se espera tormentón. ¿Y pretendes que entienda con tu escena playera? Pues sí, ¿que pasaría si sintieras frío y estuvieras seguro de que el viento va a soplar fuerte y de que la lluvia te va a agujerar el coco? Ay, ¡bájale! ¡Nada de bájale, güey! ¿Quieres palabritas? ¿Qué te parecen el desasosiego de Pessoa y la zozobra de William James? Ya empezaste… Bueno, la próxima vez no te enzarces conmigo en vericuetos que vas a reducir a un «mal de olas». Mmm, ¿y qué hay de la tía Chucha? ¡Me da igual si la hacen crepa en avenida Revolución!

 

 

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