Torbellino

Te puedo compartir mi experiencia, no más. Llámale fases, gama de sentimientos y sensaciones, camino al hoyo o como quieras. Sucede que te despiertas (en mi caso, la conexión con el mundo real es instantánea), te mueves un poco en la cama y empiezas a pensar antes de abrir los ojos. Hay temor, pero leve y manejable. Si tu cerebro se arranca como coche de Fórmula 1 cuando abres los ojos y decides levantarte, mal empezamos, porque entonces el circuito se llena de curvas y borra las rectas, donde se podría ver con claridad. Pero no solo no pasa eso, sino que te cuesta controlar el coche azul metálico con el número 3. Ahí, qué pena, ya le abriste la puerta al miedo. Y lo peor es que el riesgo al que te enfrentas ni siquiera existe. En este punto, como no hay nada real que debas afrontar, tu mente se bloquea y te preguntas qué rayos te pasa. Como la respuesta no llega (o no la dejas llegar), se cuela, como enredadera voraz, lo que para mí es ansiedad. Ya se juntaron el miedo y la ansiedad, así que tu coche es un trompo al que haces bailar a 300 kilómetros por hora. Adiós circuito, ya no hay curvas ni rectas. Todo lo domina la velocidad con la que pasan esos pensamientos inquietantes que tú formas uno detrás de otro, como cuando se hace una fila para que a la gente le sirvan sobras de comida en un plato asqueroso. El cucharón que avientan en tu plato ya trae angustia, o sea que el trompo gira tan rápido que ni te enteras de que no puedes respirar normal ni de que tu corazón da latigazos en tu pecho. Ahora se llama terror: cuando no ves, no oyes, no razonas, no haces… Estás petrificado, encerrado dentro de ti, e irremediablemente te vas al hoyo del que te he hablado tantas veces. Ese hoyo es pánico, incertidumbre, flacidez mental, impotencia, llanto, espuma. Bienvenido al negro.

Es para mí

―¿Me pasas esa estrella?

―¿Para qué la quieres?

―Aquí abajo está muy oscuro.

―¿Y por qué te metiste?

―¿Me vas a pasar la estrella o no?

―No.

Cerré los ojos con todas mis fuerzas, extendí los brazos lo más que pude y la atraje hacia mí. Después ya no quería dejarla ir, porque nunca había visto tanta luz junta escurriéndose de mi tórax: mis párpados estaban sellados y había decidido no romper el hechizo.

Tiempo

Sí, mamá, faltó algo en nuestra despedida. Pero lo tenía que haber pedido yo, no tú. Solo cinco minutos ―o dos, o tres― antes de que la morfina empezara a hinchar tus venas. Sé que te dije muchas cosas cuando aún respirabas con los ojos cerrados, pero tuve que haberlo hecho cuando todavía me veías, cuando podías apretarme la mano y quizá reírte conmigo por penúltima vez. Penúltima, porque la última sonrisa se la regalaste a Hilda en el instante en que empezó a sedarte. Lo tomaste con toda paz. Claro, era un acuerdo tácito: tú querías irte y ella conocía la salida.

 Por cierto, ¿dónde estás?

Madre

Qué bello fue ese último acercamiento, ¿te acuerdas? Primero yo me recosté en tu pecho, el lado derecho de mi cara, casi sobre tu corazón. Después me levanté y tú pusiste tus manos en mis hombros, todavía con fuerza. Entonces nos embebimos en una mirada; solo eran tus ojos y los míos. Estoy segura de que sabíamos que era nuestra despedida. ¿Te digo algo? Tus ojos ya se veían cansados y un tanto opacos. Los míos hacían un esfuerzo por no derramar lágrimas. Sonreímos, madre; nos reconciliamos, mamá… Y, con una diferencia del cielo a la tierra entre lo que ambas sentíamos, le abrimos la puerta a un dulce y contundente adiós.

Badajo

―Oiga, Doc., ¿hay algún chocho que sirva pa’ que me sienta más estable? Es que yo oscilo como badajo de campana o como columpio de niño hiperactivo. Y no me late, ¿sabe?, porque generalmente me da por el desasosiego. Ah, caray, ahora recuerdo que cuando era niña mi abuela me decía: “Estate sosiega”. ¿Será que desde entonces? Es como cuando llega una fámula y le dice a su patrona: “No me hallo”. O como cuando quiero tomar vacaciones, pero sin mí. En fin, sépase que me tomo, empino, mastico, embarro… lo que me dé. Así es esto, Doc. Y no es que quiera que en la calle me confundan con una junky, ¿eh? Ajá, eso, lograr un equilibrio que me dure un poco más que quitarle el sabor a un chicle.

Morder el anzuelo

Leo que Heinrich von Kleist (siglo XVIII) fue poeta, dramaturgo, novelista y escritor de historias cortas. También que se suicidó a los 34 años. Y no solo eso, sino que antes de dispararse mató a Adolfine Vogel, su compañera y musa, quien padecía un cáncer en fase avanzada. Tétrico, ¿verdad? Repito mi pregunta: ¿qué rayos experimentó para apostar por lo desconocido? Porque, ¿qué es la muerte?, ¿a dónde vamos a dar?, ¿acaso es algo peor que este recorrido «consciente»? Siempre he pensado que cuando morimos, de alguna manera somos testigos de lo que pasa en el mundo de los vivos. Pero esas son mis loqueras…

¿Kleist estaba deprimido e inmerso en la melancolía? Yo creería que sí. De otra manera, ¿¡cómo?! ¿Qué era la depresión para este autor alemán? Ya dije que para William Styron, creador de La decisión de Sophie, era darse de bruces con la oscuridad y estar envuelto en la negrura. ¿Y para mí? Sin rodeos: si muerdes el anzuelo afilado y sangrante de la depresión estás muerto en vida.

Con «A»

Es como si tu cuerpo te abandonara. ¿Te metes en una tina repleta de hielos? ¿Jalas aire hasta sentir que el pecho te responde? La ansiedad está en el pecho, sí, pero es más parte del cuerpo que de la cabeza. Estás hyper y no sabes qué rayos hacer contigo. La respiración es corta. El corazón late más rápido. Se exacerban los movimientos involuntarios. Vaya, no sabes ni dónde ponerte. La angustia también se siente en el pecho, es como si lo aplastara; te pide que tomes aire, pero involucra más la mente que el cuerpo. La angustia te petrifica, hasta puede parecer que estás calmado, aunque en realidad estás absorto en pensamientos que se clavan en tu cerebro. Y por supuesto que puedes experimentar angustia y ansiedad al mismo tiempo. ¿Será esa la combinación atómica que lleva a un suicidio? Por ejemplo, pienso que tuvo que haber devastación en la mente y en el cuerpo de Virginia Woolf cuando decidió llenar las bolsas de su abrigo de piedras para hundirse en el río Ouse.

Pero… más allá de intentar describir la diferencia entre una y otra, me pregunto qué debe sentir un ser humano para elegir quitarse la vida. ¿Y sabes? Aquí sí creo que la ansiedad queda un poquito en segundo plano, porque el grado de angustia tiene que ser  inenarrable.

Mal de olas

¿Cómo te explico? No hay una causa. Si me preguntas el porqué, no vas a oír: «mi mejor amigo tuvo un accidente», «descabezaron al primo Paco», «los narcos empezaron a rondar el negocio familiar», «no tengo dónde caerme muerto», «atropellaron a la tía Chucha.

Si no pasa nada, ¿por qué hacer olas? Chale, las olas no se hacen adrede, ¿las has visto? Obvio. Ni tan obvio, ¿eh? ¿Te has fijado en cómo suben y bajan? Sí. Pues así subo y bajo yo. No me digas, ¿me vas a venir con el cuento de que tienes mal de olas? Oye, qué buen nombre ese de «mal de olas», así no le ponemos palabras truculentas. Pérame tantito, ¿entonces sí le puedes poner palabras? Algunas. ¿Como cuáles? A ver, me sigo con las olas y con el ambiente marino: estoy en la playa, siento la arena fría bajo mis pies, está nublado y se espera tormentón. ¿Y pretendes que entienda con tu escena playera? Pues sí, ¿que pasaría si sintieras frío y estuvieras seguro de que el viento va a soplar fuerte y de que la lluvia te va a agujerar el coco? Ay, ¡bájale! ¡Nada de bájale, güey! ¿Quieres palabritas? ¿Qué te parecen el desasosiego de Pessoa y la zozobra de William James? Ya empezaste… Bueno, la próxima vez no te enzarces conmigo en vericuetos que vas a reducir a un «mal de olas». Mmm, ¿y qué hay de la tía Chucha? ¡Me da igual si la hacen crepa en avenida Revolución!

 

 

En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.

¡Salud!

Veo a un pollo despelucado que está saliendo del cascarón. Echen ojo. Anda turulato, da tumbos, y tiene la mirada semiperdida. Ups, diríase que es el teporocho de la esquina, el que siempre está afuera de la cantina «Hasta verte Jesús mío». Pero, si se fijan bien… ya está aleteando.