En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.
De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.
Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.