Niños, no tontos

Sentadas las tres. Retiradas del centro del lugar para que hubiera menos ruido. Con todo, harto barullo. Hubiera sido suficiente con los cafés de olla, la nata y los bolillitos calientes. Las camas de frijol bayo en cada platillo deberían reemplazarse con frijoles refritos, nomás porque “de la vista nace el amor”.

Una de las comensales contó la historia del nieto que se negó a salir disfrazado de araña. ¿Por qué?, se preguntó. Dijo que exhortaría a Lupe, el hijo, a que platicara, de hombre a hombre —favor de evitar términos como “bebé” y ser serio—, con un chavalillo de cinco años. Concordamos en que son niños, no retrasados mentales—. Así que, que indagara el porqué del berrinche con absoluta gravedad.

Abuela parlanchina, siguió echándole carne al asador, aunque dio un salto cuántico en la transmisión de un mensaje que, por lo menos para una de sus escuchas, pedía, a gritos, un punto y aparte.

Entre bocado y bocado de gordas descarnadas, mencionó una charola perdida. Y siguió por esa senda, así que mi mente llegó a un niño araña, enojado, con una charola sabe dónde. ¿Para qué? ¿Era pieza consustancial al mentado disfraz? Tan pequeño aún, ¿por qué le endosaban la bendita charola? ¿Pan dulce, paletas, chocolates, gomitas? ¿Acaso la cabeza del papá con una manzana embutida entre los dientes? Además, era lógico que la perdiera, ¿no? De por sí no andaba de buenas…

Resulta que la charola era de Lupe, el progenitor del niño araña. Esas charolas hacen las veces de gafetes o identificadores, aunque también —lo supe por una amiga de antaño que trabajaba en la extinta Policía Federal— son objetos con los que un servidor público da “charolazo” para librarse de sanciones, multas, corralones, y ni idea de qué más.

Se hizo la luz. Entré en confusión por culpa de un engullido punto y aparte —recordé a Saramago, Historia del cerco de Lisboa—. Mamá y abuela, con risa franca, cayó en la cuenta de que un mensaje se distorsiona cuando la transición en el discurso no ocurre.

Aclarado el asunto, volví a la carga:

—¿Quihubo?, ¿ya sentaron a Emiliano en la silla de los acusados? ¿Cumplió Lupe con la solemnidad recomendada?

—Sí.

—¿Y por qué la pataleta?

—Que una araña, no.

—¿Tons?

—Oruga.

Asfixia interna

No es novedad que escriba sobre el Trastorno Disfórico Premenstrual (TDPM). Y es que, a quienes lo padecemos, nos toca darle visibilidad, empujarlo a la superficie. Debe dejar de ser tabú. En pleno 2025, sigue siendo un estigma, motivo de desdoro y oprobio para las mujeres.

Hace un instante intenté entrar en esta página: International Association for Premenstrual Disorders (IAPMD). Marcó error, y pasa lo mismo cuando intento acceder vía Instagram.

Sin embargo, me tropiezo con dramas como estos: “Daily experiences, interactions and memories, all have a dark, negative, razor sharp edge […]”; “For two weeks of the month (six months out of a year?), I’m not myself, and feel like I lose control over 90% of what I do or say”; “It’s like I’m not allowed to be myself. I often wonder what I would have achieved or experienced without it”.

Así se vive, con una intensidad desnuda que corta, quema, exaspera, confunde y abruma. Más de 12 años atrás, 10 días antes del periodo, me atrapaban miedo, soledad, carencia absoluta de motivación y cambios bruscos en el estado de ánimo. De nuevo, sería engullida por la negrura de la depresión, regresaría al hueco donde nadie pudiera verme, oírme, compadecerse, asustarse, ni fingir comprensión.

Confirmar lo que tenía fue un bálsamo, pero un bálsamo-terremoto, fragoso y limitante. ¡Hoy pueden aparecer síntomas 14 días antes de mi menstruación! Me dura de siete a nueve… Como he aprendido a conocerme y a lidiar con tamaños monstruos, hago la broma de que cuento con cinco días alentadores al mes. Algo es algo.   

El TDPM pega emocional y físicamente. “The prevalence of premenstrual dysphoric disorder: Systematic review and meta-analysis”. Es un artículo publicado por el doctor Thomas Reilly —departamento de psiquiatría de la Universidad de Oxford— en el Journal of Affective Disorders. Señala lo siguiente: “Symptoms of PMDD include mood changes (such as depression and anxiety), physical symptoms (such as breast tenderness, and joint pain), and cognitive problems (difficulty concentrating or memory complaints)”.

Como ven, es un batiburrillo del que debería saberse e investigarse con seriedad. Cada testimonio me confirma que todas las mujeres que padecemos TDPM hemos querido desaparecer de la faz de la tierra más de una vez. ¿Y lo peor?: “There is little training around PMDD for psychiatrists or indeed medical students. Patients often find themselves falling through gaps in clinical services, such as between gynaecology and mental health services”.

Con un buen trecho recorrido, estoy cierta de que en la vida se necesita levantar la voz y hacer aspavientos para que algo “jale”. También atestiguo que, por angas o mangas, no siempre se logra. Soy una mujer que ha aprendido a capotear el síndrome, y se puede, siempre y cuando nos atrevamos a cuidar nuestra salud mental.

Tomen nota de Clare Knox, otra mujer con TDPM, quien comparte un dato aturdidor: “In a world where the health and wellbeing of every individual matters, the revelation that approximately 31 million females worldwide may be silently grappling with Premenstrual Dysphoric Disorder, a condition that deeply impacts their daily lives, cannot be overlooked”.     

Fíjense, hay médicos que sé competentes —neuropsiquiatra, ginecóloga, internista, oncólogo—. Salvo al primero, el TDPM los deja entre azul y buenas noches. Es inaudito que la salud mental no se priorice y que tampoco se cree una red de ayuda, aunque sea para referir pacientes. Ahora, también es inconcebible que sigamos ocultando, por miedo, vergüenza, u lo que sea, lo que nos cimbra toditas por dentro.

Ojo, al Dr. Reilly (que responde “sí” a la pregunta de si la psiquiatría pasa por alto el ciclo menstrual) lo siguen 1,126 personas en Twitter (no trago a Musk); Clare-Louise Knox (PMDD & Women’s Health Advocate) tiene 3,766 seguidores en Instagram; el doctor Peña de León —mi psiquiatra, y todo un rock star— suma más de 20,000 entre CISNE México y su cuenta personal, ambas en “insta”.    

Comparen: Beyoncé, 312 millones; Taylor Swift, 281; Billie Eilish, 123; Shakira, 91.6; Dua Lipa, 87.3. Sumemos: cerca de ¡895 millones de personas! En esa cifra caben varios países.

Chido el universo del entretenimiento, la vorágine de fans, la sensación extática de salir de nosotros mismos; pero. ¿y a la vuelta? A la vuelta estamos nosotras, solas, más o menos conscientes, lidiando con telarañas en las que no nos gustaría quedar atrapadas.  

¿O sí?