Madre

Qué bello fue ese último acercamiento, ¿te acuerdas? Primero yo me recosté en tu pecho, el lado derecho de mi cara, casi sobre tu corazón. Después me levanté y tú pusiste tus manos en mis hombros, todavía con fuerza. Entonces nos embebimos en una mirada; solo eran tus ojos y los míos. Estoy segura de que sabíamos que era nuestra despedida. ¿Te digo algo? Tus ojos ya se veían cansados y un tanto opacos. Los míos hacían un esfuerzo por no derramar lágrimas. Sonreímos, madre; nos reconciliamos, mamá… Y, con una diferencia del cielo a la tierra entre lo que ambas sentíamos, le abrimos la puerta a un dulce y contundente adiós.

Badajo

―Oiga, Doc., ¿hay algún chocho que sirva pa’ que me sienta más estable? Es que yo oscilo como badajo de campana o como columpio de niño hiperactivo. Y no me late, ¿sabe?, porque generalmente me da por el desasosiego. Ah, caray, ahora recuerdo que cuando era niña mi abuela me decía: “Estate sosiega”. ¿Será que desde entonces? Es como cuando llega una fámula y le dice a su patrona: “No me hallo”. O como cuando quiero tomar vacaciones, pero sin mí. En fin, sépase que me tomo, empino, mastico, embarro… lo que me dé. Así es esto, Doc. Y no es que quiera que en la calle me confundan con una junky, ¿eh? Ajá, eso, lograr un equilibrio que me dure un poco más que quitarle el sabor a un chicle.

Morder el anzuelo

Leo que Heinrich von Kleist (siglo XVIII) fue poeta, dramaturgo, novelista y escritor de historias cortas. También que se suicidó a los 34 años. Y no solo eso, sino que antes de dispararse mató a Adolfine Vogel, su compañera y musa, quien padecía un cáncer en fase avanzada. Tétrico, ¿verdad? Repito mi pregunta: ¿qué rayos experimentó para apostar por lo desconocido? Porque, ¿qué es la muerte?, ¿a dónde vamos a dar?, ¿acaso es algo peor que este recorrido «consciente»? Siempre he pensado que cuando morimos, de alguna manera somos testigos de lo que pasa en el mundo de los vivos. Pero esas son mis loqueras…

¿Kleist estaba deprimido e inmerso en la melancolía? Yo creería que sí. De otra manera, ¿¡cómo?! ¿Qué era la depresión para este autor alemán? Ya dije que para William Styron, creador de La decisión de Sophie, era darse de bruces con la oscuridad y estar envuelto en la negrura. ¿Y para mí? Sin rodeos: si muerdes el anzuelo afilado y sangrante de la depresión estás muerto en vida.

Con «A»

Es como si tu cuerpo te abandonara. ¿Te metes en una tina repleta de hielos? ¿Jalas aire hasta sentir que el pecho te responde? La ansiedad está en el pecho, sí, pero es más parte del cuerpo que de la cabeza. Estás hyper y no sabes qué rayos hacer contigo. La respiración es corta. El corazón late más rápido. Se exacerban los movimientos involuntarios. Vaya, no sabes ni dónde ponerte. La angustia también se siente en el pecho, es como si lo aplastara; te pide que tomes aire, pero involucra más la mente que el cuerpo. La angustia te petrifica, hasta puede parecer que estás calmado, aunque en realidad estás absorto en pensamientos que se clavan en tu cerebro. Y por supuesto que puedes experimentar angustia y ansiedad al mismo tiempo. ¿Será esa la combinación atómica que lleva a un suicidio? Por ejemplo, pienso que tuvo que haber devastación en la mente y en el cuerpo de Virginia Woolf cuando decidió llenar las bolsas de su abrigo de piedras para hundirse en el río Ouse.

Pero… más allá de intentar describir la diferencia entre una y otra, me pregunto qué debe sentir un ser humano para elegir quitarse la vida. ¿Y sabes? Aquí sí creo que la ansiedad queda un poquito en segundo plano, porque el grado de angustia tiene que ser  inenarrable.

Mal de olas

¿Cómo te explico? No hay una causa. Si me preguntas el porqué, no vas a oír: «mi mejor amigo tuvo un accidente», «descabezaron al primo Paco», «los narcos empezaron a rondar el negocio familiar», «no tengo dónde caerme muerto», «atropellaron a la tía Chucha.

Si no pasa nada, ¿por qué hacer olas? Chale, las olas no se hacen adrede, ¿las has visto? Obvio. Ni tan obvio, ¿eh? ¿Te has fijado en cómo suben y bajan? Sí. Pues así subo y bajo yo. No me digas, ¿me vas a venir con el cuento de que tienes mal de olas? Oye, qué buen nombre ese de «mal de olas», así no le ponemos palabras truculentas. Pérame tantito, ¿entonces sí le puedes poner palabras? Algunas. ¿Como cuáles? A ver, me sigo con las olas y con el ambiente marino: estoy en la playa, siento la arena fría bajo mis pies, está nublado y se espera tormentón. ¿Y pretendes que entienda con tu escena playera? Pues sí, ¿que pasaría si sintieras frío y estuvieras seguro de que el viento va a soplar fuerte y de que la lluvia te va a agujerar el coco? Ay, ¡bájale! ¡Nada de bájale, güey! ¿Quieres palabritas? ¿Qué te parecen el desasosiego de Pessoa y la zozobra de William James? Ya empezaste… Bueno, la próxima vez no te enzarces conmigo en vericuetos que vas a reducir a un «mal de olas». Mmm, ¿y qué hay de la tía Chucha? ¡Me da igual si la hacen crepa en avenida Revolución!

 

 

En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.

¡Salud!

Veo a un pollo despelucado que está saliendo del cascarón. Echen ojo. Anda turulato, da tumbos, y tiene la mirada semiperdida. Ups, diríase que es el teporocho de la esquina, el que siempre está afuera de la cantina «Hasta verte Jesús mío». Pero, si se fijan bien… ya está aleteando.

Revoltijo

¿Qué estado de ánimo predomina hoy? Es una mezcla de tristeza y desilusión. Digamos que la segunda es causa de la primera. Pero este sentimiento no nace de mis cavernas  melancólicas, sino de algo más palpable y concreto. También lo puedo llamar dolor, nada más que ahora sí sé de dónde viene.

Lo desesperante (diría que hasta enloquecedor) es no saber qué pasa cuando nos vamos de bruces al agujero negro, ¿no creen? Revoltijo de química cerebral, genética y personalidad, que en mi caso equivale a un revoltijo pernicioso. Y testarudo, y persistente… y proclive al «aquí me ‘repego’ contigo».

Respuesta

¿Que si el naufragio es definitivo? ¡No! De otra manera me vería impelida a cercenar el tiempo. Con un cuchillo, una soga, un arma de fuego, un bebedizo ponzoñoso… o la estufa y el letargo.

Mi tiempo sería una eternidad inhabitable. Repito: ¡no!

Linchamiento cerebral

Vuelvo a William Styron. Para él, la palabra melancolía se apegaba mucho más a la naturaleza del trastorno. ¿Depresión? Eso era un sustantivo «[…] empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno». El término Brainstorm hablaba por sí mismo, dado que hacía alusión a un mal que se vive como «[…] una auténtica tempestad rugiente en el cerebro».

El cerebro no es más que una presa, y el espacio se torna abismal. No solo aloja pensamientos negativos, ideas suicidas y comportamientos obsesivos, sino tifones, maremotos, tormentas de arena, huracanes y cualquier artimaña que ponga en jaque a la masa de tejido nervioso encerrada en la cavidad craneal que los humanos percibimos como una bola con pelo.

Es más o menos así:

Está cayendo un aguacero. El paraguas es un adorno. Se está totalmente expuesto. Hazmerreír de truenos, relámpagos, automovilistas, niños, ciclistas, peatones, perros callejeros. Nada ni nadie repara en el ente que aún sobrevive a su naufragio.