Ocurrencias

Las cosas difíciles de la vida pueden llegar a ser comunes, y, por conocidas, menos amenazantes. Las situaciones tristes y dolorosas pasan con un trago de tíner, pero pasan. De los momentos alegres hay que darse cuenta, no puede ser que pasen como una nube que está aquí y en tres minutos allá. Los problemas —lo son mientras se puedan resolver—, cuando uno se aleja, otro se esconde tras la puerta.

Y aprender, machetear día con día que mucho de lo que nos pasa es bueno, aunque acechen con toda su pericia el pozo de la soledad (por cierto, así se llama una novela de Radclyffe Hall) y un rayo flamígero que nos parte a la mitad.

¡Y dale!

Piiiiing: ¡un mensaje! Desconcierto: ¿de qué murió Bantú, si no de sobredosis (¿heroína?, ¿motica?, ¿coca?, ¿meta?)?

Un caso que a estas alturas sólo podrían esclarecer Sherlock Holmes, el padre Brown, Hercule Poirot, Charles Auguste Dupin o don Isidro Parodi.

Father Brown

Personajes ficticios. Aquí la puritita realidad hace añicos la ficción.

Sui generis

¡El chimpancé!, ¡el gorila!, ¡el bisonte americano!, ¡la elefanta! Igual que si se jugara a la lotería, nomás que en esta variante se petatean a la voz del Gritón.

lotería

Ya escribí que disto de pertenecer al grupo de los llamados “animalistas”, por ende, también estoy lejos de conocer las causas reales (oh, sospechosismo) de los decesos de Bantú, de Lio, de Maggie y del bóvido salvaje que no tenía nombre. Uno fue víctima de un paro cardiorrespiratorio; otro, previas convulsiones, bye bye birdie; a otra le recetaron una eutanasia porque cargaba con una osteoartritis crónica degenerativa, es decir, galopante, y una más se despidió del reino animal por «traumatismo de congéneres» (what??: hacer clic en liga) y problemas metabólicos.

http://www.excelsior.com.mx/comunidad/2016/07/15/1104914

Total, que los “animalitos”, como cariñosamente los llamó don Michelangelo Mancera (pronúnciese en italiano), más bien la sobrellevaban en una casa de reposo con visitantes anónimos incluidos: quiero decir que yacían (yacer de estar echado) y aguantaban vara mientras se agotaba, sin permanencia voluntaria, la obra «El último aliento».

Sí, señores, el zoológico geriátrico de Chapultepec en la Ciudad de México… ¿Pues así cómo? Uno va a un zoo para admirar especies fuertes, bellas, ágiles, inquietantes, simpáticas, exóticas, grandes, únicas. Si yo fuera dueña de un parque zoológico tendría que hacerme de un equipo de súper expertos, capacitados para lidiar con toda clase de especímenes —máxime la de los ANIMALAZOS—, gente que supiera qué medidas tomar cuando las bestezuelas caen en la categoría eufemística de “adultos en plenitud”, como de manera brillante bautizó Mr. Fox a los integrantes de la tercera, cuarta y hasta quinta edad. Los encargados tendrían que saber reaccionar cuando vomitan, copulan, enloquecen, se esconden, gritan o presentan síntomas diarreicos.

Hay de dos sopas: dar carpetazo a los parques geriátricos para animales o conseguir ejemplares en etapa juvenil, a fin de conservarlos, cuidarlos y admirarlos sin que se colapsen —caso de Liu— ante un hijo de vecino cuyo paseo dominical, más bien trágico, acaba siendo trending topic en las redes sociales.

 

Recurrencias

¡Paf!, pegarse siempre en el mismito punto de una rodilla. ¡Chin!, quedar corta en cada vuelta de campana y perder velocidad. ¡Aaaaaaaaaa!, pisar caca de perro con extrema regularidad. ¡Mocos!, resbalar en los pasillos de las tiendas donde hay un triángulo amarillo en el que se lee «wet floor». En fin, tropezarse con la misma piedra.

wet-floor

Y así es la cotidianidad… Frases y expresiones que no sirven para nada, pero que ahí están, incisivas, malolientes, inútiles: “Ya es tarde” (¿¡para qué!?); no voy a ver la serie que me recomendaron porque me pico (¿¡qué más da!?); qué monserga ir al cine cuando las salas empiezan a llenarse (¿¡por qué!?, ¿¡de quién es esa voz!?); levantarse más tarde los fines de semana (¿¡cómo, si hay que aprovechar el tiempo!?); empezar a ver una película después de las diez de la noche (¿¡qué!?, ¿a qué hora me iré a dormir?); salir un viernes (¿cómo, si hay mucha gente y todo va a estar atascado?); ir al teatro (what?, ¡qué súper hueva hacer cola para comprar boletos!)…

¿Qué escucho en mi cabeza que no me pertenece? Es la paranoia aprendida que cada día de mi vida hace que cargue un morral con una bola de chunches que me estorban para abrirme al cielo, para comerme las estrellas, para saborear el sol, para abrazar el aire, para entrar en una tienda con el ánimo de hallar algo para mí, para darme cuenta de que merezco levantarme más tarde, divertirme, gustarme, reírme, disfrutarme, apapacharme, tenerme paciencia, aceptarme, entenderme, distraerme.

La solemnidad, poco a poco, con trabajo y con tesón, tiene que ir combinándose con la posibilidad de gozar, de darme permiso y de ser yo con más frecuencia: porque soy simpática, amable, juguetona, cariñosa, querendona, valiente y… una guerrera empedernida.

 

En san peter

Y que nos lanzamos al mercado de San Pedro de los Pinos el día en que se festejaban sus 59 años, cosa que ignorábamos. Como siempre, le entramos a los mariscos. Luego pasé a comprar un pocillo, y cuando íbamos de salida me encontré a doña Raquel, la señora que me aplana las pechugas (de pollo y sin albur). Me preguntó que si ya me habían dado mi regalito.

Nel —le dije.

Insistió en que la acompañara. ¡Sorpresón!: una canastilla azul de plástico con seis huevos (si prefieren que sean blanquillos, blanquillos son).

Pensé que no iba a dormir porque la música era atronadora. Por fortuna se apiadaron de los vecinos y mataron el reven como a las 22:30. En un año, cuando se celebren las seis décadas del mercatus, tengo de dos sopas: me uno al bailongo o consigo un refugio.

Emociones

Descubrir que siguen ahí: atiborradas en mi cerebro, pegadas a mi piel, amarradas a mi intestino, atoradas en mi corazón, apelmazadas en mi espalda, enmarañadas en mi cuello, nubladas en mis ojos y atontadas en mi cuerpo.

Ennegrecidas con los años.

Y eso… eso… Duele.

emociones

Sangre fría

Crímenes, matanzas, cuerpos, cabezas, sesos, piernas; heridos y muertos por doquier: Alemania, México, Japón, Estados Unidos, Francia, Afganistán, Turquía…

En Polonia detuvieron a un iraquí porque lo agarraron con explosivos justo antes de que inicien las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ); en Brasil, a unos días de que se abra el telón de los Juegos Olímpicos, la gente está que se zurra ante la posibilidad de un ataque terrorista; aquí, en «mexiquito lindo», les dieron chicharrón a dos alcaldes en 48 horas; en Francia de plano dejaron a un cura normando sin su preciada  tête, ¡y los del Daesh (que no me oigan) lo grabaron!

sin_cabeza

https://sacandofotos.wordpress.com/

Por si se preguntan qué sigue; todo, porque ésta es sólo una probadita.

¡Ay!, y a mí que me quita el sueño Bantú: ¿lo habrán asesinado?

Él

Curioso como el más curioso de los niños, incansable y fuerte, capaz de estar bien aunque no lo esté, meticuloso, observador del pasado a través del trabajo de toda una vida.

Alguien que se fija en el movimiento de las alas de un ave, en la blancura o negrura de las nubes, en una palmera mecida por el viento, en la profundidad bella e incomprensible de Góngora, en el brote de una flor que morirá de noche, en los agujeritos de un burdo waffle, en las entrañas de sus lecturas, en cada persona necesitada que se cruza en su camino, en un zapato salpicado, en las manchas de su piel, en la cortina torrencial que presagia la tarde..

Lo lleva en los ojos: penetrantes, cansados, profundos, inquisitivos, vivarachos, mancillados, azules… De un azul pensante labrado en un tronco, azul, hecho a imagen de la belleza de cantera rosa de San Miguel Arcángel.

Tronco azul

Ni a las 7

Algo está pasando con la calidad de mi sueño, que solía ser buena. No me «repara», difícilmente alcanzo las 7 horas (6:15, 5:42, 6:31), y hoy de plano abrí el ojo a las 4 y cachito. ¡Es una mentada de madre!

Sin embargo, soy portadora de un cerebro alocado, latoso y mentecato. Se conecta con la realidad en cuestión de centésimas de segundo. Lo que para otros se traduce en mal humor, somnolencia, lentitud y por lo menos dos tazas de café, para mí es automático. Así que en la madrugada, cuando de plano no hay posibilidad de resolver gran cosa, empiezo a pensar en un futuro que no existe, pero que sí tortura.

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Así que colaboro (como diría un colombiano), me doy un relumbrón con la luz del celular y pongo un video en YouTube en el que leo SLEEP: You are your own universe, with your own ideas, your own creations. Inside you is a living soul that vibrates with the rest of your own galaxy.

Me encantaría que las ideas de mi universo no se colaran en mi sueño y que el alma que me habita vibrara un poquito más lento con el resto de mi galaxia.

Chale.

¡Horror!

¡Qué miedo! Se me escapaban de dos en dos. Lo que hace la mano hace la tras, ¡qué jijas! ¿No les daban en su casa?, ¿las picaba la emoción de verse, sarta de cotorras? Porque para hacerle los honores ya era suficiente. Lo peor es que me tocaba al último por el simple hecho de ser la menos añeja.

¡Volaban!… Angustiada, ardidona, esperaba mi turno sin paciencia. Languidecía… Sudaba frío… Tres de un lado y enfrente otras tres… ¡Seis mujeres en éxtasis! Cuando viniera a mí no sería el mismo. Me daban igual la convivencia y la etiqueta. Sólo pensaba en su llegada, en el festín de mi lengua y paladar, en el paraíso terrenal con todo y serpiente, y es que el gran platón con cerdito, tomate, ajo, cebolla, cilantro y chile chipotle se paseaba ante mis ojos, a mi alrededor, pero sin llegar.

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¡Llegó!: tres o cuatro pedazos nadando en un exquisito entomatado. Pálida, pregunté:

—¿¿¿¿Hay más????

—Sí.

¡Sentí paz! Me volvió el alma al cuerpo… mi panza un globo: feliz.