Voy camino al paraíso; sin disfraz y lejos de la mascarada cotidiana. Voy en compañía de los subterráneos, pozos, luces ambarinas, polvo y papeles amarillentos de la gran dama de la edición. Por ahí desfilan Ariadna, Teseo, el Minotauro, Rapunzel, Peter Pan, Wendy y Blancanieves. Serán testigos de un paisaje donde se succionan bocanadas de verdor, y los sumergiré en un aire terso y nada enrarecido.
Autor: Fernanda
Agua serenada
Escribe José García, protagonista de la novela El libro vacío, de Josefina Vicens, La peque: «¿Cómo iba yo a saber que la acumulación de esos ‘mañana’ que ni siquiera distinguía, y que sin notarlo ya eran ‘hoy’ y ‘ayer’, harían pasar no sólo el tiempo, sino mi tiempo, el único mío?».
¡De haber sabido! ¿Adónde lo mandé? ¿Me entero, a estas alturas del partido, que mis cancerberos hubieran cejado en su empeño de torturarme de haber sido más práctica y campirana? ¿Que los cientos de soldados que cercaban mi cerebro con armas largas, en actitud de pulverizar mis neurotransmisores, se hubieran mudado a la cabeza de al lado sin hacer alharaca? ¿Que la angustia, el miedo y la zozobra hubieran emprendido el vuelo cual palomitas de San Juan? Que alguien me explique, con peras y manzanas, en qué paquete metemos ahora a Woolf, Styron, Van Gogh, Poe, Beethoven…?
Resulta que la Depresión ―con mayúscula, dado que es una «celebridad» que pasea por cualquier rincón del orbe― se reduce a un «sobrecalentamiento» de la cabeza; vaya, ¡ni siquiera del cerebro! ¡Me acaban de dar la receta! Se cura, o por lo menos amaina, a punta de cubetadas de agua helada que aprisionan en figuras de hielo el desgano, la tristeza, la frustración, la incertidumbre, y de paso las ideas suicidas.
¡He perdido mi tiempo; el único mío, tirado a la basura! A los 11 años, en vez de pedir ayuda, debí haber solicitado una regadera de presión. Aunque quizá no hubiera surtido el mejor efecto, debido a que el agua repartida en chorritos no habría pasado la noche «al sereno», es decir, a la luz de la luna. ¿Se imaginan el ahorro en terapias, estudios, consultas médicas y chochos! Yo no quiero ni pensarlo.
La mujer de este teórico de los desequilibrios mentales azotó, dando con la testa en el duro recinto (piedra de color grisáceo). Iban camino al doctor cuando su señora empezó a desvariar: estaba «sobrecalentada»; como quien dice, llevaba el aceite quemado y el líquido cefalorraquídeo en pleno hervor. Susodicho dio el volantazo, llegó a su casa, arrastró a la lunática, la arrojó al suelo ―en calidad de res―, y como seguía con la cantaleta de no reconocer ni a su hijonieto, le llovieron seis cubos de agua, uno tras otro. Escurrida y tiritante, pudo descubrir quién era el guapo que la había salvado del paraje donde armónicamente conviven las cabezas fogosas.
En el camino
No pretendo hacer una radiografía de la Calle, como sí lo hace Juan José Millás, con maestría y harta víscera, en El mundo.
Cuando salgo del edificio, por lo general doy vuelta a la izquierda. Si mi destino es «Dulce tentación» ―suelo ir por un café o una gelatina―, paso por la carnicería y tocinería «La perla» (ojo, no me refiero a la plaza Garibaldi, que el narco ya bautizó con ese nombre), por San Huarache de Los Pinos, por la farmacia donde me surten mi droga «de salvamento», por la hamburguesería «el Grill Oh!», por una estancia para perros, por la tienda de doña Mercedes, la tortillería, la fonda de las cazuelas en las que la pancita se ahoga en un caldo hirviendo, la tintorería, el mercado, el parque Pombo…
El chiste es que me planteé un reto: ¿cuántos transeúntes me sonreirían si yo intentaba provocarlo? En mi recorrido, que fue breve, insistí en hacer contacto visual, evalué la probabilidad ―dependiendo del gesto del sujeto o la sujeta―, y el resultado fue de tres, dos mujeres y un hombre.
Agradezco que algunos se den permiso de hacer una mueca alentadora. Es reconfortante que en un escenario protagonizado por desmembrados, linchados, incendiados, embolsados, baleados, decapitados, torturados, pateados…, todavía haya un dejo de ternura y confianza entre un par de humanos cuyos labios coincidieron un día, a una hora y en un lugar del inmenso hormiguero que habitan los homo ¿sapiens?
De expectativas y cosas peores
Tener expectativas es parte de vivir; como querer ser la líder encestadora cuando se juega baloncesto, o como dar una clase y conseguir que los alumnos presten atención, aunque los tiente el poderío de las pantallas, es decir, del mundo virtual, donde «soy mejor» mientras más «amigos», likes y seguidores tenga.
La cosa se pone ruda cuando la expectativa, si sucede que uno va a psicoterapia, consiste en abrir la puerta un día cualquiera y descubrir que todo es como no era, que dejaste de ser tú, que te sacudiste la pesada carga genética, que tus neuronas y neurotransmisores se confabularon para dotarte de dopamina original (adiós a la pirata), que dejaste atrás miedos, inseguridades, tristezas, decepciones y complejos. O sea que, de acuerdo con esa ilusión, al accionar la manija para pasar del otro lado estaríamos borrando nuestra historia con un punto final inexistente.
Sentí angustia cuando entendí que por ahí no iba la cosa; lloré, pero hubiera querido hacer un berrinchazo. Cuando llegó la realidad, lista para acribillar la expectativa, constaté que nada sería distinto, aunque también reparé en que de lo que se trataba era de que yo me fuera haciendo de herramientas para lidiar con una puerta que, independientemente de estar abierta o cerrada, me permitiera moverme en un espacio edificado y matizado por mí, sin necesidad de patear mi recorrido.
Y llegó la pregunta: ¿si una lagartija se somete a tratamiento psicoterapéutico, qué sale del consultorio cuando toma la decisión de irse?
Ojo, estimados lectores, veremos salir a la misma lagartiga, nomás que «terapeada». Se va cargando su morral, quizá menos pesado que cuando llegó, en la negación más absoluta, con su sombrerito, lentes Ray-Ban espejados, gabardina negra y cigarro apagado entre los dientes.
Monja, ¡no!
Dice la RAE que la vocación es la «Inclinación a un estado, una profesión o una carrera». Digo yo que mi vida no se parece a lo que soñé hacer ni a lo que tal vez algún día imaginé. He hecho lo que he podido, sobre todo enfrentarme a un cerebro inquieto, obstinado y proclive al desequilibrio.
Con todo y el vaivén químico, mi corteza prefrontal le ha puesto freno a los caprichos del sistema límbico. En gran medida me ayudó el deporte, la única actividad que lograba sacarme de un marasmo de pensamientos negativos que hacían una fila interminable para clavar su aguijón.
En este instante se me ocurrió que mi vocación ha sido salvarme, para lo cual he tenido que hablar, intercambiar ideas y comunicarme de la manera más honesta y precisa. Hablar ha hecho que vea de cerca a mis demonios, que me ataquen, que me amenacen, que me congelen, pero también que los mire de igual a igual, con la fuerza que hoy reconozco que tengo.
Hace un par de días mi papá me dijo, serio y enfático, que mi vocación es escribir.
¿Será?…
No fashion
La moda siempre me ha valido un reverendo pepino. ¿Qué es «estar a la moda»? ¿Arrejuntarse a las novedosas colecciones que presentan los grandes diseñadores?, ¿y si esas divas nomás no le dan al clavo con uno? ¿Seguirle la pista a las pasarelas para identificar tendencias? Y qué, ¿a todas las monigotas que vamos a saborear el último grito de la moda nos queda lo que usan las supermodelos? Empezando porque son talla -4. ¿Tener en la mira a ciudades como Nueva York, Milán, Londres, Roma y Barcelona?
¿Por qué me voy a poner unos aretes garigoleados si solo me gustan las perlas y las arracadas? ¿Me voy a lanzar a comprar un saco naranja melocotón cuando tengo uno que es a-na-ran-ja-do? ¿Chapatito de tacón de aguja para caminar como gallina en aceite y deshacerme los pies? ¡Me da idéntico que la tal Bella Hadid haya lucido un ¿saco?marrón Emperador ―tono chocolatoso― en la Milan Fashion Week! ¡Tampoco me quita el sueño decidir entre un amarillo Meadowlark ―WTF?― y otro lima con tintes verdes para «resaltar el bronceado veraniego»! ¡Ja, desde que me dio cáncer de piel mi color es y será blanco Gasparín!
Lo anterior no quiere decir que no me encante el color Arcadia (Pantone 16-5533), un tono esmeralda que el diseñador Elie Saab ―ilustre desconocido pour moi― presentó en la Semana de la Moda de París.
En definitiva, ese mundo y yo no hacemos clic. Soy sencillita, carijmática y silvestre. No me determinan los trapos ni los accesorios. Basta con lo que me gusta y me acomoda. Si de paso me veo bien, ¡Gasparín está de fiesta!
El pasado en la tele
Ayer, gracias a que mi papá grabó rollos de película y los convirtió a CD, viajé en el tiempo 47 años y meses, 46, 43 y 42 vueltas al sol…
La mayoría de las personas que desfilaron frente a mí están muertas. Mi baúl se llenó de emociones: nostalgia, asombro, alegría, tristeza, coraje. Aunque prevaleció la saudade: familia que sonreía, madre contenta y juguetona, tíos paternos cercanos, sobre todo Teresa; Pancho y Pepa, férreo vínculo entre mi hermana y yo, viajes, casa de la infancia, Acapulco de los tíos Rafael y Lupe.
Mi papá y yo disfrutamos cada peli con los ojos encharcados. Dos escenas que se prendaron de mí: la boda religiosa de mis progenitores, que de no haber sido por ellos, más parecía un velorio. Mis piernas que colgaban, frágiles y sin forma, en un momento en el que mi padre me tenía cargada. A los dos años me operaron de luxación congénita de cadera.
¡Gracias, a quien corresponde, por recuperar esos momentos de vida y retrotraer piezas del rompecabezas que he armado con sangre, fluido que desde pequeña me advirtió que el trayecto sería sinuoso!
Así las cosas
¿Realmente se puede ser Neurótico Anónimo? A mí no me convencen, y menos lo del anonimato, porque sucede que nuestros congéneres se dan cuenta de dónde nos aprieta la chancla. Acepto que quizá no todos tengan ojo pa’ la «neura», pero sí los que llevamos un rato de hacernos nudo.
Algunos tenemos rasgos de carácter obsesivos, otros tendemos a la depre, unos más son narcisos, a aquellos les da por la mitomanía, la que se sienta junto a ti en la oficina no puede subirse a un avión, a los de acullá los ataca la nictofobia, no faltarán los que evitan las fiestas infantiles porque son coulrofóbicos, ni los que simplemente huyen a la punta de un cerro porque padecen antropofobia.
Que no le digan, que no le cuenten. Neuróticos somos todos. La cosa se complica cuando la bestia que nos atrapa es la psicosis. Bye-bye reality!: Jesucristo le susurra a Pancho el del tendejón; Sonia es la mismísima Juana de Arco, quien, por cierto, estaba chalada, y don Artemio se hace llamar Marco Polo cuando narra sus peripecias con Kublai Kan, nieto de Gengis Kan.
Más que lluvia
Amo el agua, y sobre todo, el agua fría. Ya lo he escrito.
De niña me acostumbré a nadar en una alberca cuya caldera nunca dio señales de vida, ni siquiera en invierno. Pero era un placer: zambullirme y salir rápido para airear mis pulmones. Lo que seguía era fácil: aclimatarse y disfrutar.
Amo sumergirme, amo aguantar la respiración mientras intento recorrer la mayor distancia posible, y también amo nadar cuando llueve.
Esa lluvia… la que presagian relámpagos y truenos. Mejor si llega con un viento que azota puertas y ventanas, con la luminosidad eléctrica del cielo, con el estruendo envolvente que le pisa los talones a cada rayo.
Amo ver, oír, tocar, oler y probar el chubasco que se solaza en el campo. Sí, huelo la humedad, escucho el golpeteo, hago mío el sabor del agua límpida, expongo mi piel al abraso de gotas y chorros helados, miro el huidizo arte líquido y despierto de golpe a una vida que a veces cierra los ojos sin poder conciliar el sueño.
*Foto de la autora.
Migajas
Como diría el @duendepreguntón: ¡¡REGRESARÉ!!