Magnolia Bakery

La ciudad bulle: está viva —gran descubrimiento. La gente se solaza en los múltiples y diversos restaurantes de la zona; mis ojos ven mascotas —estoy cada día más convencida de que no tendría una—, deportistas (¿de a deveras?), escuincles, barcos de control remoto, teatro, aviarios y hasta perros “llavero” ataviados con horripilantes falditas.

Antes de lanzarme a recorrer algunas calles harto nice de Polanco leí el artículo “Vívelo sin gastar una fortuna”, de Julio Patán, en la revista Chilango.

Se volaron la barda con la portada, ¡me encantó! Trazos precisos donde se adivinan la Parroquia de San Agustín —ahí “descansa” mi cenicienta madre—, los museos Soumaya y Jumex, el Palacio de Hierro (ooooooh), uno de los lagos artificiales del Parque Lincoln (guuauu, que donde se «juntan» los amantes del modelismo náutico), alguna vieja y hermosa mansión del rumbo, y creo que hasta las «torres gemelas» de la colonia, edificadas en la calle más cara del D.F.: Rubén Darío.

Por cierto, cuando los automovilistas conducimos por ahí dudo que recordemos al poeta nicaragüense que inspirara a González Martínez a deshacerse del cisne de engañoso plumaje.

https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Gonz%C3%A1lez_Mart%C3%ADnez

Al grano, madame, que hay quien dice que soy la reina de la digresión. Puéh nada (a la cubana), que la lectura del artículo de Patán despertó mi curiosidad por conocer dos lugares: el Café Budapest —en esta visita no lo hallé — y el Magnolia Bakery.

Entre paréntesis: (¿cómo hacen los visionarios hombres y mujeres de negocios para traerse la mismísima panadería neoyorquina a México?). Me quito el sombrero.

sombrero

http://diegofournier.blogspot.mx/2010/10/me-quito-el-sombrero.html

El Magnolia (ja, espero que nadie haya bautizado así a su vástaga), como tantos otros «changarros» cercanos a la ostentosa avenida Masaryk, está de moda, no démodé. En 2016 cumple 20 años de acariciar paladares con “productos Americanos horneados”, como galletas, cupcakes, brownies y pasteles.

http://www.magnoliabakery.com/about-us/

De churro (por suerte) encontramos lugar. Ahí, inmersas en el hervidero dominical de Virgilio (la calle), estábamos la Rata, Kalash (Cuca) y su servilleta (eu, que en portugués significa yo; nada que ver con otra manera de responder a un interlocutor sumada al “mande”, «dime» o qué).

Kalash. Pañal impecable
Kalash. Pañal impecable.

Pedimos un pudín de plátano, descrito como “verdaderamente celestial” (muy rico, aunque podríamos bajarle dos rayitas) y un brownie de doble fudge (no enloquecí de placer: es bueno y punto), que “hornean temprano cada mañana” (¿traducción?).

Magnolia Bakery me parece caro, pero sí regreso; algo especial debe tener, además de ser un sitió «trendy», cuando hay franquicias en esta «Ciudad en Movimiento» (como cuando fluye el tránsito con los encuerados de los cuatrocientos pueblos), en Chicago, Los Ángeles, Tokio, Moscú, Dubái, Beirut, Kuwait y Doha.

¡Cómo hay varo en este país!

Hasta mañana.

Un manjar en el Peloponeso

—Uy, uy, uy, ¡cómo pasa el tiempo!

Esta frase debe pronunciarse en todos los idiomas. ¿Cuántas veces la habremos pensado o verbalizado en nuestro recorrido? Sobre todo ahora que parece que el propósito de los adelantos tecnológicos es darnos una patada en el trasero para acelerar el paso por este “valle de lágrimas”.

Hace ya más de cuatro meses que las Perritas pisaron Nafplio (Nauplia), una ciudad de Grecia situada en el golfo de Argos. Dícese que su nombre deriva de Nauplio, hijo del olímpico Poseidón, dios del tridente y el caballo.

Nos despedimos de nuestra travesía en un restaurante con mesas al aire libre, sombrillas blancas y azules, bandera griega y vista a una llamativa plaza. Si tienen la oportunidad de visitar Nafplio, no se lo pierdan.

Restaurante Grecia

Además, sólo apoquinamos €10 por piocha.

El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa
El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa

http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADmbolo_del_euro

Ignoro si es una costumbre universal que los humanos expresemos nuestro absoluto contento gastronómico con el sonido mmmm, pero la estancia de las Perris en el comedor helénico sonaba así:

Bocado de musaka:
—Mmmmm…

No es lasaña
No es lasaña

Bocado de ensalada griega:
—Mmmmm…

Ensalada griega

Bocadón de Dolmades (Stuffed Vine/Grape Leaves):
—Mmmmm…

Con panecito...
Con pan y vino…

La Perrita menor se enamoró de este platillo, así que más valía entrarle con fe a un manjar que compartimos tres personas.

http://www.mygreekdish.com/recipe/greek-dolmades-recipe-stuffed-vine-leaves/

—Tenedorzaso de queso feta frito:
—Mmmmm…

¡Qué antojo!
¡Qué antojo!

—Cucharada de tzatziki para embadurnar el pan:
—Mmmmm…

A base de yogur y pepino
A base de yogur y pepino

http://es.wikipedia.org/wiki/Tzatziki

En el barco, que iba a media capacidad, había alimento como para hartar a una manada de bisontes desquiciados, pero lo interesante consistía en pisar tierra y buscar un lugarcito para hincarle el diente a la comida típica.

bisonte

Soy una persona que se encanta y cuasi hipnotiza con nuevos sabores, olores, mezclas y colores. mis papilas gustativas siempre están ávidas de probar y mi ánima de ser conquistada por el placer de la mesa.

Cuando mi ánimo decae —no me refiero a la depresión— siempre me viene bien algún bocadito que sosiegue mi espíritu. Qué tino el de José Fuentes Mares al escribir que «[…] la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte”.

Por cierto, muchas de las fotos que ilustran los textos de este blog son de la autora.

Hasta la próxima.

Adiós mundo cruel

Gracias a mis progenitores disfruto el placer de la mesa. Sé que puedo cansar cuando pruebo algo que me gusta. Con cada bocado que estimula mis papilas gustativas nace un mmmmmm. Díganme, ¿este pseudomugido es universal?

La comida mexicana y la china son mis consentidas. Cuando me lanzo al Blossom invariablemente pido pollo Kung Pao, más porque me encanta que porque no le haya echado un vistazo a la carta.

Mmmmm
Mmmmm

Difícilmente resisto la combinación de dulce, salado y picante. Mi madre no la perdonaba, le ponía azúcar a las cremas —betabel, chícharo, zanahoria, jitomate (¡mi favorita!), espinaca—, a las enchiladas y al mole que no tenía el toque dulce que a ella le gustaba.

Cualquier platillo con esas características conquista mi paladar, léanse un buen picadillo con acitrón, algún guiso maldoso con ciruela pasa, un buen trozo de carne con fruta y una nogada cargadita de azúcar.

¡Quizá por eso adoro la comida china! Tiene todo lo que me gusta y que percibo con mis sentidos del gusto, la vista y el olfato: salado, dulce, picante, especias, colores. El pollo Kung Pao llega a la mesa, oscuro, rociado con cacahuates y con múltiples chiles rojos que le añaden sabor pero que hay que evitar.

Mi padre se come cualquier cosa que pique, que le dé comezón en la nariz, que lo haga estornudar e incluso que le llegue al cerebro y lo traiga de vuelta.

Total, que el Blossom me parece un excelente restaurante, redituable desde el punto de vista costo-beneficio y con buen servicio. ¿Mejor que el Hunan? No puedo ser categórica en mi respuesta, dado que a aquél voy poco, por la simple y sencilla razón de que sale mucho más caro y se respira un ambiente pesadón.

Si les dieran a escoger, ¿cuál sería el platillo con el que querrían decir «adiós mundo cruel»?

Ciao!

El pan hasta en la sopa

¿Qué tiene de especial Le Pain Quotidien? Pregunta tonta, supongo que el pan. Fui el 8 de febrero del año pasado a una sucursal en “Polanquito” —¿a quién rayos se le ocurrió el nombre?—, atestada, y de no haber sido porque la gente estaba vestida habría jurado que estábamos listos para calentar nuestros huesitos al sol.

Oí decir al capitán que ya había 35 en Nueva York. ¡Uf!, ¡guau! Lo bueno es que en ese instante estábamos en México. Bola de mamilas…

Me dio por pensar que el origen del lugar era francés, pero nació en Bélgica, idea original de Alain Coumont, chavito que pasaba horas y felices días observando a la abuela cuando horneaba pan.

Como hoy todo tiende a expandirse, ya se cuentan más de 200 panes cotidianos en países como Estados Unidos, Brasil, India, Francia, Turquía, España, Argentina y Alemania.

Un café más bien chafón, así que escribí un tuit chismoso para expresar mi ni fu ni fa. Recibí una respuesta, algo así como un regaño velado que señalaba que lo que debía haber pedido era chocolate caliente belga y por supuesto pan, pan y más pan.
La próxima vez entro a uno de estos Panes, cuando haya menos gente y de preferencia más temprano, compro uno —¿alguien sabe si me lo dan en bolsita de papel estraza?— y me retiro caminando alegremente mientras mordisqueo el pan de la cotidianidad.

Otra vez asoma la risa. Hace muchos años mi hermana y yo —cabe mencionar que estábamos en nuestros años mozos— caminábamos por las calles empedradas de Amatlán de Quetzalcóatl. Íbamos platicando y precisamente subíamos una pendiente cuando vimos aparecer a un hombre con un gran canasto de pan sobre la cabeza.  Nos admiramos, aunque creo que el estímulo fue mutuo, porque acto seguido escuchamos una voz también moza que nos interpeló:

—Pancito, ¿nenas?

Olvídense del pan que todos los días se nos antoja y del esfuerzo que tenemos que hacer para evitarlo, revivamos a Salvador Novo con una probadita de «Antología del pan»:

El pan es inseparable de la leche. Si incompatible con el atole, es indispensable con el chocolate o con el café con leche. Niños y viejos lo bendicen porque se reblandece mojándolo en “sopas”. No es menor su interés literario. ¿En qué novela con calabozos no aparece, con un jarro con agua, un pan duro? ¿En qué novela con altruismo no se habla de los mendrugos o de las migajas y no se dice: “nos arrebatan el pan” ¿Y el amargo pan del destierro?

 ¡Entrémosle a la Rosca de Reyes!

El Pescadito

El 26 de abril del año pasado —apenas estamos a 2 de enero, pero el 14 quedó atrás— reencontré a una persona a quien a lo largo de muchos años consideré mi amiga. En ese momento resultó maravilloso, como si no hubieran pasado 10 años.

—¿Se te antoja en La Buena Tierra o prefieres unos ricos tacos de camarón y marlin?
—Tacos —respondí sin dudar.
—¿Empezamos a buena hora? Ahí la colaboración está desde temprano.

Acto seguido recibí un mensaje: colaboración = cola.

Caray, ¿pues de qué se trataba? Si algo me molesta es hacer colas. De El Pescadito, en la Condesa.

Llegué poco antes de las 2 y me formé en la colaboración. Bastó con observar la cara de placer de los congregados para que la fila pasara a otro plano. Debía valer la pena.

Había tres cuates que abrían la boca cual leones en embestida para hincarle el diente al taco. Por supuesto, acompañado de una chela.

Como me acercaba peligrosamente a donde tenía que hacer mi pedido y aún no llegaba mi amiga le dije al chavo de atrás que pasara. Respondió que no me preocupara, que todavía faltaba. De repente me abordó, escuché algo así como:

—Qué, ¿ya traes tu tattoo?
Puse cara de idiota, no supe si había oído bien, vaya, ni siquiera me había caído el veinte de lo que dijo.
—¿Perdón?
Lo repitió. Claro que ya me había percatado de que muchas personas traían tatuajes. Es más, la encargada del trajín, una mujer muy amable, ostentaba tattoos por lo menos en el brazo izquierdo.
—No, estoy tapada porque me acaban de detectar un cancercito de piel y me puse muy paranoica, así que no quiero ni ver los rayos del sol. Ja ja, ha de haber pensado que estaba zafada.
Seguí con mi análisis. ¿Qué pediría?: Quesotote, Tacochango, de camarón, de marlin, de chile relleno de queso con no sé qué… ¡Qué atascón! Bien pendiente, porque era mi primera vez y el resto de la gente dominaba el tejemaneje.

Ahí estaba la grasa hirviente, a borbotones, donde nadaban los chiles rellenos bien rebozaditos. Encima les ponían un toque de lo que imaginé eran camarones, también rebozados y pasados por grasa.

—Ay, güey —pensé—, por más que se vea delicioso no voy a comer algo taaan grasoso.
—¿Ya tienes mesa? —me preguntaban.
—No.
—¿Ya tienes mesa?
—No.
—¿Ya tienes mesa?
—¡No!

Lo que es ser neófito. En mi mesa ya descansaba una Negra Modelo y yo seguía esperando. La buena noticia es que llegó la Gordi y me sacó de la nebulosa.

Nos dieron nuestros tacos en friega. Antes de sentarnos pasamos por una barra donde había ensalada de col, cebolla, jitomate, salsas de todos colores y picores… No me dio tiempo para ver qué más, a todos les urgía sentarse y empacar.

Me gustó, decidí que volvería a El Pescadito. Cierro con el gran Fuentes Mares:

Resorte primario del arte de comer y beber, la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte.