Alegría

Mi mudanza, en términos llanos —omitiré lo que para mí han significado el cambio de piel, el ajuste emocional y el terremoto anímico—, me ha servido para expeler, para desechar, para deshacerme de cartas, fotografías, ropa, recuerdos y hasta de porquerías significativas que me han acompañado desde hace años.

En ocasiones tuve que hacer de tripas corazón, respirar, tragar una que otra lágrima, pensar en que jamás haría la receta de mantequilla de aguacate de mi mamá ni releería las hojas y hojas que escribí cuando estudié en Rhode Island. ¡A volar, lo voy a volver a refundir atrás de una puerta y vaya a saber quién rayos se lo va a encontrar cuando yo «parta con el Señor»!

Resulta emocionante abrir una caja de cartón cuando no sé con qué sorpresas me voy a encontrar; abrirla me da la oportunidad de decidir qué se va y qué permanece: yo tengo la última palabra en cuanto a lo que quiero que se quede a mi lado y que siga siendo parte de mi caminar sonámbulo en un nuevo espacio: el mío, el que pretendo hacer mi hogar durante no tengo la menor idea de cuánto tiempo.

Ayer, cual mujer de las cavernas, dada mi precaria sutileza, destapé una caja que vivió fantasmalmente en un clóset: correspondencia familiar, apuntes y trabajos de la maestría; mi tesis de la ídem, todavía en un floppy disk, cuantiosos sobres amarillos con fotos, libros, objetos que llevé al este de Estados Unidos para que me hicieran compañía e incluso películas en formato VHS.

Hurgar con más detenimiento me devolvió un alebrije perdido, la respuesta de mi padre a una carta que le escribí en 1999, el reencuentro con caras y gestos conocidos —algunos todavía vigentes—, mi pelo pegado en un palito de paleta que chupé hace más de cuatro décadas, y en última instancia la conciencia del paso del tiempo, un tiempo que me pone ante la misma persona: ésa que se ha pasado la vida luchando contra sus múltiples demonios y agujeros blanquinegros, profundos las más de las veces.

Por supuesto, habrá cosas que seguirán a mi lado y otras que soltaré como un globo que vuela hacia la estratósfera y se hace cada vez más pequeño hasta ser imperceptible. De entre esas cosas me quedo con una tarjeta de mi madre, escrita en Barcelona en no sé qué año, aunque supongo que en el primer lustro del siglo XXI. Muestra un callejón iluminado por una luz difusa y neblinosa; se observan dos caminantes, una mujer y un hombre, cada uno por su lado. Admiro un hermoso balcón, plantas colgantes y un letrero del Casinet del Barri Gótic al que seguramente entró ella. Quiero pensar que de ahí, sentada en compañía de la fidelísima Isabel, me regaló estas letras:

Amadísima Bambola:

Este viaje está resultando maravilloso. Te besa, Mamá.

Su alegría bastó para hacerme sonreír ayer en la noche, sentada en el suelo, con las entrañas de una caja de cartón ante mis ojos.

Hay quien me regaña por no aparecer con asiduidad, como cuando empecé a escribir este blog. Veré la forma de corregir.

C’est tout.

Octubre turbocargado

Cajas: poco a poco, sola, más acompañada por la ansiedad y la nostalgia, dejo atrás el espacio que habité cerca de 11 años.

Cumpleaños de mi hermana: festejo lejano si considero la distancia, cercano si acumulo el amor y las vivencias con mi compañera de útero materno.

Cirugía de corazón a los 34 años: exitosa, salvavidas; de aquí pal’ real Regina va y viene con un moderno (mágico) desfibrilador de 80 gramos que todos los días, de madrugada, emite señales que traspasan la Puerta de Brandenburgo para comprobar que aún alienta la portadora de un Biotronik.

Crisis: durante algunos días revolotearon en mi mente tres potentísimos defensores que me protegieron del miedo.

Blog: descuidado, que no abandonado.

Firma: por fin. Mi casa, mi hogar, mi nuevo espacio, mi logro.

A esto último atribuyo mis despertares de octubre. El ojo pelón a las 3:47, 4:04, 5:02, 4:45. ¡Qué alucine! Órale, trata de dormir, intenta meditar, respira, jala aire aunque sientas que se atora en tus pulmones (dicen que en ellos podemos albergar tres litros de aire y que cuando respiramos sólo aspiramos medio litro), no prendas la luz, manda a volar los pensamientos que hacen fila con ahínco. ¡Güey, a la goma con las cosas que no puedes resolver en este instante! El dulce «aquí y ahora» vale para pura tostada.

¿Tendrán que volar mis dos libreros? ¿Cómo van a subir objetos grandes y pesados por mi escalera de caracol? ¿Lastimarán el blanco de las paredes? La roja, ¿quedará intacta?

Ay, Dios, ¡ya! Como dice este señor: “Que te envuelva una hermosa esfera de luz blanca y que fluya adentro y alrededor tuyo. Es energía divina.”

Pues por más divina que sea los pensamientos remontan la fila y empiezo a ver muebles, aparatos para hacer ejercicio (respira, duérmete), chapa de seguridad, cajas de cartón (respira, duérmete), escalones, papeles importantes (esos me los llevo yo)…

Antes de abrir el ojo este lunes 26 de octubre mi cuarto de atrás me trepó a una escalera para colgar dos recuadros plastificados que contenían información “esencial” para la gente de mi ex trabajo. Ahí los querían ¡a como diera lugar! Nada más faltaban esas dos vaciladas para alcanzar la infantil perfección que tanto se cacareaba. ¡Madres!, no sólo desperté antes de tiempo —oootra vez—, sino que volví al lugar donde la enfermedad mental escurría de las paredes; ahí se forman y crecen adultos de kínder, expertos de plastilina, profesionistas maleables, muñecos de trapo atravesados por agujas insensibles, hipócritas, sadomasoquistas, pútridas y berrinchudas.

agujas

vudu doll

Qué bonita familia, como diría el idiota de Pompín Iglesias en la embrutecedora serie «Mi secretaria».

A mudar de piel en 31 de octubre de 2015 con todo y calabazas de Halloween. En el ínter, ¡respira!

Alerta sísmica

Ayer, cerca de la media noche —la relatora seguía con el ojo pelón—, sonó la alerta sísmica (¡ay, nanita!): treinta años y diez días después del anunciado simulacro para rememorar el desastre causado por el terremoto de 1985 en la ciudad de México.

ay nanita

Por si los señalaban por no estar chambeando...
Por si acaso les decían que no estaban chambeando…

¿Qué rayos hacer? En el ir y venir de la crónica de un jalón anunciado, atiborrada de ideas inconexas y con cierta parálisis psicomotora (eufemismo de «en la pendeja»), lo menos que esperaba era un repentino escupitajo de la tierra.

Brinqué de la cama y atiné a ponerme el brassiere: mi hermana sabe que lo hice en bien propio y ajeno, en beneficio de una parte de mi cuerpo de la que fui generosamente dotada.

Entré en un estado confusional del que salí ilesa, sin que se sintiera nada. Alarma igual a sismo: ¿error humano o benevolencia terrestre? Dale que dale al Twitter cuando @ManceraMiguelMX informó que la magnitud había sido de 4.8 y el epicentro al noroeste de Ometepec, Guerrero.

El numerito es infame: ¿resulta contraproducente el ulular de los altavoces y la voz masculina que repite “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”…?

No se trata de criticar la medida que pone en guardia a los ciudadanos del Distrito Federal, sólo relato la experiencia de una mujer ya condicionada —recuérdese el famoso perro de Pavlov—, con los pelos de punta, que a duras penas se enfunda su inseparable prenda mientras espera que la tierra se acomode y que de preferencia no sea a gritos.

pavlov

https://ztfnews.files.wordpress.com/2014/09/perro-de-pavlov-2-copy.jpg

El tipo del leitmotiv se oía de fondo y con vehemencia, confundido con las voces de los vecinos que bajaron las escaleras en procesión.

¿Cómo reproducir el sonido de la alarma con una onomatopeya? Da igual, ¡qué paranoia!: ¿se sentirá muy fuerte?, ¿me quedo en casa o bajo a hacerles compañía, temblorosa de frío y de miedo?

https://www.youtube.com/watch?v=3FvP5emjXhQ

Lo más que hice fue otear: abrí la puerta —cada vez que lo hago se oye un ruido como el de alguien que levanta la escotilla de un fregadísimo NautilusMX—, ni un alma en el cuarto piso, seguíamos sin movimiento y sólo se escuchaba el murmullo de quienes ya se alistaban para meterse a la camita.

topo gigio

¡Nel, ya pasó el susto! Total, que la asociación entre #AlertaSísmica y #hazdetripascorazón se quedó en el limbo.

Falsa alarma. Hoy otra, en un consultorio médico —ahora que de 5.2 y al norte de Zihuatanejo—, temblor que tampoco sentí. Menos mal que todavía no entraba con el doctor porque me hubiera encontrado casi en las mismas condiciones que el día anterior. Oh my dog!

Octubre…

Círculo sin fin

Parece un pestañeo, pero hace ya un año que Perri y yo estábamos planeando nuestro viaje en crucero a Turquía y Grecia.

En alguno de mis retazos escribí que antes de nuestro periplo me traía asoleada el Ébola; según yo, el grueso de los viajeros estaría acechándome para contagiarme el virus: por supuesto, sólo a mí: la elegida.

ébola_elegida

En los noticiarios cada vez se hacía más énfasis en la migración de sirios que huían de la guerra para refugiarse en territorio turco. A Perri le asustaban más los cocolazos fronterizos que la epidemia; sospecho que pensaba en que la tierra que conoceríamos era del tamaño de una nuez y en que serían suficientes unos binoculares para atestiguar el sufrimiento de miles de seres humanos que luchaban —luchan— por defender su vida.

binoculares

El chiste es que iniciábamos nuestra aventura con dos que tres preocupaciones a cuestas.

Perri —madre, esposa, cocinera, choferA, ejecutiva—, artrópodo incansable, debió haberse relajado como pocas veces, porque cada noche, después de una cena generosa en el restaurante principal, entraba a la suite e iniciaba el proceso: desmaquillarse, lavarse cara y dientes, enfundarse un camisón blanco tipo abuelita, acomodarse una guarda antimordiscos, hincarse e iniciar sus oraciones.

Después, más tardaba en meterse a la cama que en soltar el ronquido. La hermana mayor como ostra; algo muy malo tendría que haber hecho para que mi sister no me acompañara a cubierta, ni al bar —en una ocasión me tocó deleitarme con el baile de cachetito de una pareja añosa—, y que tampoco se sentara conmigo en el balcón para absorber la noche llena de estrellas, viento y agua.

Asunto chafa, aunque confieso que se me olvidaba cuando subía al último piso y me dejaba comer por mi soledad, cobijada por la inmensidad oscura del océano. Me colocaba en la punta del barco y cerraba los ojos: ¿era eso el infinito?, ¡qué vivencia para ese ser minúsculo que surcaba el Mediterráneo sin mojarse!

Además del ritual nocturno del camisón, el rezo y el ronquido, hubo otra constante en la travesía: el énfasis noticioso respecto a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El periódico llegaba todas las mañanas, en español, traducido para dos de los tres mexicanos del Silver Cloud: ahí estaba la nota, un verdadero escándalo mundial, entre muchos otros.

Silver Cloud

Sigue la mata dando… Investigaciones van y vienen, versiones que derrumban o complementan a otras, peritos, actos de vandalismo, policías heridos, Insbruck. El hecho es que sigo despertándome con Ayotzinapa.

Lo triste es mi caso: no creer en nada y tener la «certeza» de que nunca se sabrá lo que fue de esas 43 personas. La serpiente que se come su propia cola.

Bai de güei

Neta, que alguien me explique el porqué de construcciones como: hemos venido trabajando, se ha venido analizando, los diputados hemos venido ahorrando consistentemente (jajaja).

¡Dioses! Si de todas maneras se ha hecho, ¿por qué no simplificar? Mi oído, y quizá nuestro bellísimo español, lo agradecerían: hemos trabajado, se ha analizado y los diputados hemos ahorrado consistentemente (jajaja).

Ciao.

Sabias palabras

Cantaleta frecuente de mi madre, hasta parece que la oigo: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”.

Con 20 encima... y el colado
Con 20 encima… y el colado

En ese entonces —antes de las funestas dos décadas—, llena de energía y con un cuerpo en pleno ejercicio de sus facultades, me pasaba sus palabras por el arco del triunfo (ajá, ándale pues, lo dirás por experiencia… y así…).

Por ahí
Por ahí

Dar con mi osamenta en el piso era parte de la diversión, del deporte, del riesgo, de la edad, de mi estilo de retar a la vida. No entendía que una persona no vibrara como yo cuando con la raqueta levantaba una pelota para ponerla arriba de una raya roja o amarilla: era mi festejo a corazón abierto (caminaba como si nada la real garza envuelta en huevo con la cabeza en alto…)

Pero entendí la lección: no podía (ni debía) pretender que otra persona disfrutara de rasguños, moretones y mordidas de polvo.

—¡Carajo!, ¿por qué no corres? ¡Estás viendo que yo me mato por cada pelota y tú te quedas parada viendo cómo pasa!
—¿Y crees que todo el mundo se va a matar por una pelota? No a todos nos apasiona como a ti, jugamos para pasar un buen rato, no para darnos en la torre: ojo, para mí no es una cuestión de vida o muerte, así que me da igual si te gusta o no.

¡Zas!

Cuánta razón. Sin embargo, el deporte era un símbolo, una metáfora, una hipérbole, una figura retórica, una actividad cotidiana enraizada en la hermenéutica: no había otra opción que ganar; perder implicaba que mis monstruos pasaran a darse un festín de sesos, a carcomerlos hasta que no quedara nada de yo.

Ganar era resistir los golpes y ponerme de pie, erguida, lista para el próximo temblor de cuerpo.

Hoy puedo ver mis batallas perdidas —hay grados de dolor entre unas y otras—, mirarlas con el cristal de los mosqueterillos esos a los que se refería mi mamá.

La más reciente es (fue) retomar la patinada, deslizarme como lo hacía en Rhode Island, trece años atrás, llena de una libertad que rezumaba por cada poro de mi piel.

Qué razón tenía doña M, esos «veinte años después» me pusieron ante la perspectiva de otra caída y una nueva operación; pues para ser exacta, fueron cuatro barridas. La última, un sentonazo tonto y repentino en el que no metí ni las manos. Mi osamenta se cimbró a tal grado que pensé que si me daba la vuelta —ya que pasara un poco el dolor y me hubiera levantado— iba a encontrarme con pedacitos de hueso esparcidos por el estacionamiento de Chapultepec.

Ganó la idea de vencer, de «conquistar la rueda», así que me lancé hecha caquita a rodar en el bosque —mientras el lobo no está— hasta que le abrí la puerta a la conciencia y me dije: A ver, reinita, te gusta patinar, sí, quieres seguir dándole, sí, sentir el viento que golpea tu cara, sí, nada más que el otro día cayó un chubasco de locos y el pavimento más decente del circuito que rodea el lago está mojado, puerco y lleno de ramitas. ¿Qué esperas?, ¿otro madrazo para que el cóccix y la columna se te hagan chicharrón prensado?

No. Ahí está el camino de regreso: te quitas los patines, te subes a tu coche (ah, pagas el estacionamiento) y te largas.

Santas Pascuas, ganar y perder son ingredientes de un mismo flan, enmielado a veces y podrido otras tantas.

Bai de güei:

¿Porqué se escribe junto y con acento?

Sí, cuando funciona como sustantivo masculino e indica causa, motivo. Debe usarse acompañado de los artículos posesivos el, los; de los artículos indefinidos un, unos; los determinantes posesivos tu, tus, su, sus o sólo en plural sin acompañamiento de estas partículas:

Necesito saber el porqué de tu decisión.

No hay un porqué que me convenza.

Explícame tus porqués.

Adeus.

Gourmet Awards

Ayer le empecé a echar ojo a la revista Chilango. Me enteré de que entre el barullo —informe presidencial, asesinatos de la Narvarte, #ElChaposcandal, lluvias torrenciales, pobreza, #CasaBlancaMexicanaShit— se tejen los Gourmet Awards.

¿Por qué será que me vino a la mente madame Deby Beard, santa patrona de la gente bonita, del lujo y confort a los que pocos mexicanos podemos aspirar en nuestro día a día?

Caray, no conozco el nombre de ninguno de los restaurantes que abrieron en el DF entre julio de 2014 y julio de 2015. Fíjense que van a premiar «La Mejor Apertura» (¿o sea que más que los platillos se festeja el acto de abrir?) Pos qué bien.

En ese «abre y cierra puertas», sobre todo se me antojaron los lechones que sirven en Candela Romero, en el hotel St. Regis, en Chapulín, sito en el Presidente Intercontinental, y en Carbón, que encuentran en el segundo piso del Mercado Roma, espacio culinario de lo más in en los tiempos que corren sin que los podamos alcanzar.

También me conquistó la imagen de una pizza de trufa negra con queso fontina (DO de Italia desde 1955, hecho con leche de mamífero rumiante blanquinegro), menjurje que sirven en Market Kitchen; dice Martha Brockmann que el mercadín de a $550 pesos promedio “Aporta frescura y novedad a la zona de Santa Fe”. Qué buena noticia, porque un rumbo frío, colosal e inhóspito requiere de un toque de calidez.

https://es.wikipedia.org/wiki/Fontina

Según relatan, los precios de los 11 restaurantes seleccionados van de $350 en el Lalo! —el signo de admiración sólo cierra— y el Páprika, a $1,200 del águila en el Cipriani, donde hay “meseros trajeados de apariencia grave” —¿están enfermos?, ¿son venerables?, ¿o muy mamilas?—, un lugar “arrogante” (¡qué monserga!) y “replicable” (imagínense, con esta palabrita quieren decir que tienen sucursales).

Ambiente grave, he aquí la prueba
Ambiente de verdad grave, no antoja

Qué distinta suena parte de la historia que inició Giuseppe Cipriani cuando en 1931 abrió el Harry’s Bar en Venecia: “Four generations […] have grown a single restaurant into a world renowned hospitality brand still recognized for its distinguished venues and service all over the world”.

http://www.cipriani.com/en/

No cabe duda, estoy fuera de onda en lo que toca a novedades gourmet, así que para abrir boca podría iniciarme con los que más me latieron: Páprika, donde Josefina Santacruz ofrece, además de curry, arroz iraní con frutos secos (empiezo a salivar) y Mutabal (crema de berenjenas), un ambiente relajado y sin pretensiones, y Chapulín, donde puedo probar un buen mezcal (ahumadito), comer tacos de lechón y degustar la comida de otra Josefina, esta vez López, a quien asesora su mentor, José Manuel Baños, chef mexicano cuya cocina de autor dio luz al restaurante oaxaqueño Pitiona.

Opinión bloguera de doña Deby Beard:

http://debybeard.com/2014/08/18/chapulin-un-salto-en-la-comida-mexicana/

Hasta la próxima.

Breaking Bad due to paella, wine and nutella

No es que lo sepa, la química y yo nunca hemos cohabitado, pero cuando pienso en partículas subatómicas me imagino fregaderitas para las que nunca hay descanso. Pues mi hermana es, tal cual, una partícula subatómica: un bosón, no el bolsón (por mi cabeza se desliza algo semejante a un gigantesco costal de papas) que cree ser.

—Fíjate que el fin de semana hice paella.
—Mmmmmmmm…
—No mmmm, me quedó muy salada, así que qué bueno que papá y tú no la probaron.
—Estoy segura de que me hubiera gustado; cocinas bien, Perrita, disfruto mucho de tu sazón. Es más, qué lástima que ahora que estuvimos allá hayas tenido la pésima idea de racionar la carne de hamburguesas: una por piocha, ¡no se vale! Y yo rogando que alguien no quisiera…
—Bueno, el asunto es que con esto de la paella me porté mal. Rompí mi dieta. No sé qué me pasa, llega un momento en que me dejo ir como hilo de media.
—Ay, bájale, desde que te vi en julio has cerrado el pico, no pasa nada si de repente fallas. Sería irreal que nos perdiéramos de ese mega placer.

Ojo: además de mi hermana y yo, sé que cuatro personas cercanas se esfuerzan por no formar parte de los “Siete de cada diez mexicanos que padecen de sobrepeso u obesidad”.

http://www.forbes.com.mx/obesidad-un-problema-de-5500-mdd-para-mexico/

—Pero es que me pasa algo, hija, sigo y sigo empacando, como barril sin fondo.
—¿¿¿Y??? A ver, qué te comiste.
—La paella lleva vino blanco; me serví una copita y otra y otra, reeeeelax, y total que acabé con él.
—Uy, ¡qué terrible! Debes haber subido como tres libras (1.3 kilos).
—La neta es que estaba muy a gusto viendo Breaking Bad y echándome mi alcoholín.
—Por eso, ¿qué más da?, ¿de qué te arrepientes (arrepiéntete y cree en el Evangelio)? ¡Te portaste bien toda la semana y no es que estés hecha un tonel!
—Pues tú ya pesas menos que yo.
Sooooooooo? El asunto tiene que ver con mi desoladora realidad: el paso del tiempo. Hoy, si como cosas cremosas y condimentadas me inflo como globo hasta sentir que malrespiro. Los años arrasan, güey, es de la tostada darte cuenta de que ya no puedes comer como antes, pero prefiero llevármela tranqui a necesitar desabrocharme lo que traiga para caer panza arriba sobre mi cama. Hasta te enseñé, ¡fácil cuatro meses de embarazo!
—Sí, caray. Pues ya te digo (frase que me remite al hermano mayor de mi padre y a mi abuela Pepa), estaba tan rico en mi casa, viendo mi serie con las perras, que hasta saqué el bote de nutella que acababa de comprar en el súper: a cucharadas, hija, en éxtasis.
—Hijo, a mí la nutella no me gusta, prefiero una latita de leche condensada.
—¿¿¿No???, ¡qué suerte!
—Bueno, le voy más a las frituras (Doros Nachos, Cheetos, Ruffles, Taquis…), cacahuates y todas esas porquerías que honran el mejor eslogan con el que me he topado: A que no puedes comer solo una. Si empiezo vale queso; tú prefieres lo dulce.
—La neta sí. Cómo habrá estado la cosa que llegó Pablo, yo con cara de #déjameenpazestoyviendomiserie, y me lanzó ésta:

—Is that the Nutella jar that you just bought?
—Oooooh noooo, I found one in the cupboard, it was almost empty.

—Ja ja ja, ¡mustia!
—Ja ja ja, qué descaro, ¿verdad?

Seguimos riéndonos como las hermanas de siempre, dándonos cuerda para disfrutar de la espontaneidad de una risa fresca y genuina.

—No manches, vas a tener que ir al súper para que tus hijos encuentren su nutella enterita.
—El gusto nadie me lo quita: botellita de vino blanco, picadaza con Breaking Bad y una cucharada tras otra de crema de avellana.
—¿Sabías que fue la sucesora de la Supercrema y ésta la versión moderna de la Pasta Gianduja de Pietro Ferrero?

https://en.wikipedia.org/wiki/Nutella

—No sé ni me importa, yo saboreo.
—Por cierto, ahora que las cosas están tan rudas, el peso arriba de la barrera de los 17 y la lana comprimiéndose, ¿qué tal si contratamos a un químico genio que quiera dejar de ser un muerto de hambre…?

Bai de güei:

Tengo una amiga china, no china de China sino de pelo chino, rizado. Dice que hay ciertas frases que provocan que se le alacie su abundante cabellera. Me sucede lo mismo con ciertas expresiones, nada más que a la inversa.

Por favor, olvídense de «me anda de la pipí» o «quiero hacer de la popó». Ya no se diga el nefasto «orinita vengo». ¡Madre santa!: basta con decir «voy a hacer pipí o popó».

Ah, el artículo que corresponde a la orina y al excremento en sus versiones pipí y popó es masculino: EL.

Hasta aquí mi escatológica conclusión.

Natalia y el mar

Hace algunos días me sorprendió esta noticia: «Desaparecida en aguas de Formentera la reina mundial de la apnea». Atónita, seguí leyendo. Derramé lágrimas: me brotan con facilidad cuando algo me mueve.

La inmersión submarina a pulmón libre tiene aguijón para la pequeñez humana y tienta a la majestuosidad. Tal vez esas proezas sólo sean una lucha cuerpo a cuerpo con un poder superior que termina por engullir al aventurero, quien sabe que en cada zambullida se juega la existencia.

A Natalia Molchanova se la tragó el mar de las Baleares, desapareció en el Mediterráneo. Auténtica monarca acuática, logró descender a 71 metros de profundidad, aguantar la respiración bajo el agua durante nueve minutos y sumergirse 101 metros con peso fijo y una aleta, además de otras conquistas, dignas de la imaginación de Julio Verne.

verne

Si yo tuviera ojos sanos me hubiera gustado hacer lo que Natalia; la sensación de estar bajo el agua es inigualable: tranquilidad y adrenalina confundidas en el mismo costal.

José Saramago escribió en Las pequeñas memorias: «No creo que exista en el mundo un silencio más profundo que el silencio del agua». Fueron palabras que plasmó estando en la superficie, colmado de oscuridad, en compañía de una caña de pescar.

pequeñas memorias

La apneísta rusa con más récords de la historia (41), de 53 años, se quedó en el fondo del océano. Me aventuro a decir que si hubiera elegido su muerte habría dicho: ahí donde amo estar, en medio de la inmensidad, abrazada por el misterio y envuelta en la suave caricia del placer que la mató.

Sin ánimo de comparar, guardo un hermoso recuerdo de Xpu-Ha, en la Riviera Maya: era la única persona que dos o tres veces al día, sólo con unos goggles, se perdía para alcanzar las boyas.

En el trayecto, además de bracear, bajaba y subía, bajaba y subía, un descender grato en el que quizá me enorgulleciera del minuto y medio que podía pasar bajo el agua. Al llegar a las boyas, ya más hondo, volvía a bajar para perderme en el silencio y aprovechar la luz que encendía los colores de los peces, grandes y pequeños.

Qué magnífica sensación la de ser tragada por los sonidos del silencio: oír el movimiento de un mar incansable, percibir algo así como un ruido arenoso golpeando las rocas y las estrellas de mar…

Ésa era vida, a pesar de sentir la lejanía de la playa y la amenaza de los secretos del agua.

Molchanova supo ser tierra y agua, mundo real y submarino. Andará por ahí, arrastrada por corrientes conocidas, bendecida por su feliz claroscuro, inerte, ya sin desafiar la reserva de aire de un par de órganos prodigiosos.

natalia

https://www.google.com.mx/webhp?sourceid=chrome-instant&ion=1&espv=2&ie=UTF-8#q=natalia+molchanova

Hasta pronto.

Ojos para ver

Hay mucha vida en un alma que se sorprende con colores, olores y sabores.

El mercado de San Pedro de los Pinos, una colonia de la ciudad de México que se formó en 1920 (dato que plagio), maravilla a mi padre; con un ojo al gato y otro al garabato, inmerso en los pregones que despiertan las papilas gustativas con pescados y mariscos, quesos, frutas y verduras, jugos y licuados, harta dulzura, y hasta sushi.

Me tocó un papá curioso: todo lo observa, lo analiza, lo toca, ¡lo escanea! Tipo inquieto, asiduo visitante de iglesias y conventos; comprador airoso de platos viejos de buena calidad; lector que detesta quedarse con dudas; melómano que “ya no oye música” y que deseó haber sido director de orquesta; ser de ojos danzarines que no descansan sino cuando duermen.

Lo hablaba en mi terapia:

—¿Sabes cuántas veces paso por algún lugar y no veo? ¡Es terrible, camino y las cosas se me escapan, me vuelan por detrás! ¡A él no se le va una!

Siento el candor de su sonrisa y sigo hablando como perico con exacerbada verborrea (diagnóstico)…

perico

—Mira, ya había pasado por ahí; cuando trabajaba en la editorial iba a comer con mi amiga. Jamás me percaté de la iglesia de San Vicente Ferrer, parroquia construida en el siglo XIX (más plagio). Él se fue a dar una vuelta y ya sabe qué hay y hasta qué quiere: quesadillas de las que vende la señora que se pone en la esquina de Avenida 3 y Calle 9.

Hemos pasado más tiempo juntos, compañeros de infortunios y dolencias médicas —cabe mencionar que antes los hacían con mejor madera—, y hoy quiero absorber esa capacidad para disfrutar de lo que ofrece la vida, que no es más que la cotidianidad de un parque, las jacarandas en flor, un nuevo tendejón donde sirven barbacoa con una salsa picosa, una sonrisa espontánea entre desconocidos, una calle arbolada, una voz que penetra por todos los poros de la piel o un poema de Blas de Otero, Hombre, que aviva el llanto, no sólo por su fuerza, sino porque solía recitarlo mi madre.

Charla entre mi hermana y yo cuando éramos niñas:

—¿¡Otro convento!? ¡Ay, ya!
—Sí, caray, es la tercera vez que venimos.
—Quiero llegar al hotel.

¡Muchachitas frívolas!

En España, nueve y siete años:
—¿Más platos?
—Uta, sí, y como trae la onda vamos a seguir rolando por cuanta tienda de antigüedades se encuentre.

Chiquillas malcriadas.

Ávido de descubrir, saber y compartir; le da por ser falso modesto, pero a mí ya no me engaña, hace años que logré domar a un hombre de ojos claros cuya autoridad tenía que acatarse. Hoy, de tú a tú y sentados frente a frente, conocemos y respetamos nuestras debilidades y fortalezas: las de todos, las de cualquiera que tenga la oportunidad de amanecer y jalar aire.

*Bai de güei:

Ojo con la conjugación del verbo venir en pretérito: es vinimos, no venimos.

Hasta pronto.