Corazón de melón

Abría los ojos en plena madrugada. Consciente de mis pensamientos, me sobresaltaba con el aguijonazo de siempre: algún día dejaré de estar aquí. En ese momento era inconcebible habitar lo vivo y enfrentarme a la idea de desaparecer, que para mí implicaba borrar, no haber estado ni tener un aliciente espiritual que aminorara mi angustia. Tal vez por eso hay que alimentar alguna creencia: asirse de un ente promisorio, de una inteligencia superior, energía, Dios, o algo que aminore la incertidumbre.

Tiempo después —años, para ser exacta— me rendí ante el poder del corazón: ¿cómo sucede el milagro de que lata y lata y lata? Músculo que provee de oxígeno y nutrientes sin hacer alharaca; además, evita quejarse de la cantidad de trabajo que despliega y gritar a los cuatro vientos que desde siempre ha sido el rey de la tecnología de punta.

Nuestro corazón da latidos alrededor de 115,000 veces al día, cerca de 42 millones de veces al año. Durante un tiempo de vida normal bombeará una cantidad de sangre de cerca de un millón de barriles. Nosotros cerramos los ojos —dudo que pensemos en que podríamos no despertar—, dormimos para que el cuerpo se recupere y aquel vigía se desvela para mantenernos vivos.

http://www.cardiosalud.org/corazon-y-salud/como-funciona-el-corazon

Pequeñitos y vulnerables, no hay más. Lo expresa Ezra Berger, personaje de Quizás en otro lugar, novela de Amos Oz: “Incluso cuando no has cometido ningún error puedes morir así. Y eso es lo que te destroza por completo, cuando ves, así, de repente, hasta qué punto el hombre es algo frágil”.

Sin deberla ni temerla, infartos (fulminantes o no), derrames cerebrales, virus desconocidos o poco explorados, células cancerígenas, accidentes, brotes psicóticos, enfermedades todavía ajenas a la ciencia.

Es cierto que somos seres pensantes, como los galardonados con los Premios Nobel de la temporada, pero a pesar de que gire la piedra devenimos en polvo, en arena del desierto, en olas que mueren espuma, en tsunamis, en cataclismos que dan falsa sepultura.

En unos días intervienen el corazón desbocado, carente de ritmo, de R. Su fiel centinela será un Lumax 740 VR-T DX, en la luz y en la oscuridad.

desfibrilador

Sin embargo, más allá de los aparatejos y de los avances tecnológicos nos rendimos ante lo que no se dice con palabras: ¿estrellas?, ¿mensajes crípticos de la naturaleza?, ¿energía contenida?, ¿misterio de la existencia?

Hace algunos días fui al súper: frutas y verduras. Extendí mi brazo y apresé una manzana Red Delicious. Tenía que comprarla porque era mía: su color rojo difuminado en una de sus caras golpeó sutilmente mi corazón.

Sin palabras
Sin palabras

Hasta pronto.

Instante

Tengo en mis manos una fotografía que tiene por lo menos cuarenta años de historia: mi madre y yo absortas en una mirada.

Ella me sonríe, me ve con amor; yo, carita que trasluce algo de melancolía, le devuelvo la sonrisa.

Se trató de un instante en el que, consagradas la una a la otra, cerramos el telón, seguras de que nadie escudriñaría: regresamos de prisa y en secreto al primer momento en que se cruzaron nuestros ojos.

Ella, detenida en ese tiempo que nos pertenece, ríe alegremente; observo sus dientes, su pelo y cejas oscuras, largas pestañas y nariz respingada. Yo, una niña rubia, me pierdo en ella, en la mujer que así me mira.

Atrapo su felicidad —parece serlo—, mi mano derecha cerca de su mejilla. Le devuelvo una sonrisa, más labial que dental, con un dejo de tristeza: la más sincera y dulce que pude ofrecerle a quien en un segundo me entregó su vida.

Treinta y siete años después, en un trayecto que quizá construimos con más lágrimas que risas, confirmo que nuestra mirada, un día antes de su anunciado final —otro instante— replicó la de aquel día.

Cierre definitivo del telón: una de ellas se retira; la otra espera encontrarse algún día con la impresión, todavía en papel, de ese instante.

telón

Hasta la próxima.