Septiembre

Minutero y segundero a contrapelo; arena que apenas percibe su paso por el cuello de cristal. A trompicones el día: del amanecer a la puesta de sol en un pestañeo, o tal vez otro suspiro. Trago de agua que pierde el rumbo a la menor distracción. Campanadas que penetran los oídos y se meten el pie a plena luz, con el atardecer, entre nubarrones, chorreando lluvia… y también cuando la oscuridad deglute las formas. 

Como sea, pero atestiguamos con los cinco sentidos, y las emociones y pensamientos y actos de ocho meses completos.

Pablo y Amy en México, bello país que se me desmorona y desdibuja. Un cumpleaños más. Aniversarios 11 y cuatro de madre y padre idos.

Fatídico 18 de abril, cosido a un personaje de mensajes y acciones ambiguos.

Paula y su par de cirugías de rodilla —reviví las dos mías, casi tres décadas atrás—.

Salidas con riesgo medido y plena aceptación de la realidad y sus consecuencias.

Adiós a la negra santidad, al Buick ’46 y a la maravillosa colección de libros mirados, con amor y admiración, uno por uno.

El paso del “Suso”, un tornado herido que tatúa cicatrices en su abrumadora y veloz trayectoria.

Bienvenida la calidez familiar e individual de quienes habitan o habitaron la casona de Nayarit 13, en la Roma.

Cada una de las reuniones en un patio que por ventura dejó de ser mi único refugio.        

Ha bastado con aceptar, desear, asimilar y habitar un espacio, el de mi infancia, en el que privarán los vacíos.

La que escribe, al parecer (con todo y sus luchas internas), entera.

El pasillo de Country Drive

Ese largo pasillo por el que iba y venía unas 40 veces al día. El mismo que Bella, la perra shih tzu de 14 años, con cuya vejez llegaron sordera y muy escasa visión, por no decir nula. Está convertida en un saco de manías y signos vitales, entre los que se cuentan recio ronquido, sonidos difusos, bufidos y lengüetazos, que no hacen más que avivar el horripilante olor que despide su cuerpecito peludo, el de una bola andante que todavía encuentra su comida, mueve la cola, pide salida con la pata y se estimula con alguno de los peluches que le salen al paso. Admirable. Quizá su origen tibetano le dé esa vibra zen. 

Recorría alrededor de 37 metros para llegar al cuarto de “la cojita”. Pierna inmóvil con escayola del tobillo a la parte alta del muslo. Muletas y silla de ruedas a su alcance, igual que medicinas, celular y cargador, computadora y base plástica para evitar sobrecalentamiento del regazo. Cuidadora privada y dedicada durante pasadita una semana; ofrecía café o té, y, con o sin su venia, preparaba desayuno, comida y cena. Nada complejos, aunque iban aderezados con cariño, algo de creatividad y espíritu de servicio.

El chiste era asegurar que se alimentara conforme a un horario, además de procurar que no le faltara nada. De otra manera, podía permanecer sola y su alma, sin perra que le ladrara. Eso sí, la fiel Bella se encargaría de entretenerla (¡otra noche sin pegar ojo!), ya con luces apagadas y puertas cerradas, haciendo valer su presencia —sigilosa al caminar a tientas— con cada numerito que, sin querer, le tenía preparado a la mujer que para entonces sumaba un par de cirugías en la rodilla derecha: reparación de tendón rotuliano, para ser precisa.

Mi primera noche fue digna de algún círculo del infiero de Dante. El viaje y la llegada a Gilroy me tenían segregando adrenalina. Estaba cansada, pero con energía en cada poro de la piel. Celebraba un logro más: volar a California y apechugar. Mediría mis riesgos, pero nada de pedir ni imponer en territorio ajeno. Logré conciliar el sueño, aunque de repente escuché la alarma del teléfono de mi sobrino. ¡Con un demonio! Me esperaba un día de medio arrastrar la cobija.

Por supuesto, él dormía a pierna suelta en la recámara de al lado, después de su inmersión diaria —hasta la madrugada— en los vericuetos de los videojuegos. En cambio, yo, ejemplar de reposo ligero, abrí el ojo como resorte. Me dispuse a conciliar el sueño cuando se activó por segunda vez: ¡carajo! Pa’ acabarla de amolar, el cucú del reloj francés acababa de abrir la puerta. Me levanté y recorrí el pasillo antes de las 6 de la mañana. “La cojita” y yo compartimos terrores nocturnos provenientes de distintas zonas cavernosas.  

Desde México advertí, con dedo flamígero, que no me haría cargo de alimentar a las mascotas: Bella, la vetusta; “Minion”, de personalidad paranoide, y Luna, gata amigable y poco arisca. Como la descendencia de la paciente tenía sus actividades, asumí el papel de dama de compañía solícita y dispuesta. “La cojita”, equivalente a mi hermana, me hizo sacar una lata de comida para perros del refrigerador. Huelga decir que asomaron las arcadas. La segunda lata, que tomé del “pantry” y que ostentaba una cuchara fría enterrada en la mezcla café excremento, me reconcilió con la textura y el olor de ese enigma.

Era de esperar que el tiempo transcurriría a gran velocidad; además de estar en la era de la inmediatez, de los incesantes estímulos, de las pantallas que lo abarcan todo y del “lo quiero, ¡ya!”, se vive con una prisa que, interna o externa, provoca la sensación de que el helado se derrite más rápido, la cachipolla se entremete en nuestras capas, y las noches y los días se suceden como el agua de río que enfoca su cauce en arrastrar cuanta piedra se pone en su camino.

Disfruté enormemente su casa y sus espacios, quedó nostalgia del pasillo y del brebaje mañanero. Conviví con Paula en circunstancias favorables para ambas. Sospecho que ni ella ni yo queríamos que llegara el momento en que de nuevo se bifurcaran nuestras elecciones vitales; sin embargo, caben aquí la conciencia y la certeza de que la rapidez nos dejaba con un buen sabor de boca…

Hasta la próxima. Espero no tardar.

Ya lo decía Heráclito

¿Imaginaban sus propios universos? ¿Creaban de la nada, valiéndose de palos de escoba, ramas, cuerdas, tierra, pasto, pétalos y piedras? ¿Conocían los mismos juegos que sus amigos —doña Blanca, listones, resorte, policías y ladrones— y podían entretenerse durante horas sin necesidad de un juguete? ¿Acaso una pelota o un bote para patear? ¿Experimentaron la adrenalina de las escondidillas y el placer de mojar a alguien cuando tronaban un globo de agua? ¿Siguieron el recorrido de las hormigas y se percataron de lo que son capaces?    

Lo anterior, si eres más nuevo —ya no se diga niño o recién salido del cascarón—, se quedó en el antaño. Basta escudriñar lo que hogaño sucede dentro de un avión. Unos pierden el sentido nada más sentarse y abrocharse el cinturón. De esos hay quienes roncan o bufan, otros que babean y unos cuantos con apnea del sueño. Eso sí, nomás huelen la comida y abren el ojo para acomodar la mesita plegable.

Aplastarse, dormir, hacer ruido y tragar es cosa de todos los tiempos; sin embargo, decantarse por la observación implica constatar que la comunicación se ha transformado en un “diálogo” humano-máquina; carne y hueso-pantalla. Una vez en el aire y después de repartir audífonos, se oye la voz de una sobrecargo —¡albricias!— que anuncia la buena nueva: los pasajeros ya pueden hacer uso de sus devices.

Acto seguido, como si se tratase de un ataque de minúsculos insectos, la gente se empieza a mover: manotea, sube y baja los brazos, se yergue para hurgar en mochilas y compartimentos. Lo hacen con dedos más o menos tecnológicos y también se contorsionan para no golpear al vecino. Total, que el de por sí reducido espacio se llena de caras iluminadas por una explosión de artefactos digitales que cierran ojos y oídos a las impertinentes distracciones humanas.

Los auriculares se apresuran a salir de sus bolsitas para conectarse a una pantalla individual que aísla al viajero del resto de sus congéneres. El señor de al lado, panza protuberante, resuella cual oso; luego, algo en su inconsciente hace que salive ante la expectativa de seguir echándole fruta a una piñata que, a decir verdad, no necesita ni tres nueces, y, por último, engulle todo lo apilado en la charolita plástica. Buche lleno, tápase las orejas con unos audífonos que, de menos, son Bose.

Dato curioso el de la incesante y contagiosa inoculación de marcas por todos los canales habidos y por haber —en este caso pasa chisme el virulento TikTok—: parece que los AirPods dejaron de estar in; han dado paso a la tendencia retro de los auriculares con cable. Con todo “peladito y en la boca”, nadie requiere de la capacidad de imaginar para enterarse de que entre los usuarios se cuentan Bella Hadid, Lily-Rose Depp y Zoe Kravitz (los apellidos me suenan, pero a estos acabo de “guglearlos”). 

Total, que los diálogos humano-humano han pasado de moda. Hacíamos amigos en los gimnasios; conectábamos en un medio de transporte; la señora hacía migas con la camarera del hotel; comensales que platicaban de mesa a mesa; encendida conversa entre marchanta y cliente; se conocía a los vecinos y se solía saludar en un elevador.

Sucede que además de la incomunicación que propinan los gadgets, hoy ignoramos si a nuestro lado tenemos a un ente de mecha corta: asesina, sicario, narco o sencillamente un naco o naca, que no es un indio, sino una persona carente de la más ínfima educación, asunto que de ninguna manera se relaciona con colores, razas, preferencias, tamaños, creencias ni continentes. (¡Aguas!, sensiblería a la orden del día.)

Sería estúpido oponerse a los avances tecnológicos, aunque, como en todas las épocas, «debería» hacerse buen uso de ellos, cosa que no va a suceder. En este instante, con más de medio siglo a cuestas —me lo recuerdan articulaciones, cambios hormonales, dolores que aparecen y se van sin dejar rastro, mareos esporádicos, osamenta con caja de música integrada—, no me imagino en la cama con una IA que masajee mis músculos con aceite de lavanda francesa, ni a un robot que se aproxime al orgasmo cuando paladea un queso cambozola acompañado con los mejores y más dulces higos y cerezas, y muchísimo menos a un ser de apariencia humana que pretenda conversar conmigo de alma a alma y hasta el fondo de las profundidades del complejo cerebro de los categorizados homo sapiens sapiens.     

La loca del cuarto de la casa

Rosa Montero y La loca de la casa. Mi primer audiolibro, que no podcast. Gocé cada minuto del relato. Claro, de repente me escapaba al mundo del ajetreo y la cotidianidad, así que había que volver atrás, cosa harto simple. Entonces jalaba mi atención para escuchar a la novelista en voz de Elsa Veiga, estupenda narradora, sapiente de ritmo, tono, pausas, subidas y bajadas.

Hubo clasificaciones diversas de escritores aventuradas por diferentes autores. Entre los mencionados, recuerdo a Italo Calvino, Mercè Rodoreda, Ana María Matute, Juan José Millás —uno de mis favoritos—, Joseph Conrad, León Tolstói y Stephen Vizinczey, entre muchos otros. Montero jamás olvidó el papel de las esposas de los «monstruos», algunos narcisistas y vanidosos en extremo, ni la gran literatura hilvanada por mujeres.

Lectora empedernida, devota de la capacidad de imaginar, de crear personajes y universos que borran a escritores y escritoras —antes no hubiera incluido esto del género—; mujer creativa enhebrando historias sin descanso, entre otras razones para conjurar la negrura del insomnio.

El título de la obra me recordó mis años de estudiante en Rhode Island, donde parte de lo mejor que me pasó fue leer a varias autoras españolas, como la mencionada Rodoreda, Carmen Laforet, Esther Tusquets y Carmen Martín Gaite, quien escondía a la loca de la casa en su cuarto de atrás. El cuarto de atrás, novelón que juega con la presencia y la irrupción del inconsciente, al que Montero llama subconsciente.

Confieso mi debilidad por lo español de España: películas, series, creadores, su manera de hablar y expresarse. Baste un botón de la estupenda Rosa Montero para cerrar este retazo: “Tal vez esté escribiendo este libro justamente para preguntar al fin qué sucedió. Tal vez en realidad todos los escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras los impensables e insoportables silencios de la infancia”.

Chapeau!

Adultos mayorcitos…

La escena se desarrolla en un sitio para ciudadanos gerontológicos; en otras palabras, en una residencia de ancianos. En caso de preferir los eufemismos, denominaremos a estos establecimientos como casas para personas de la tercera edad; lugares donde se “cuida” a adultos mayores, o de plano usaremos el término foxista “adultos en plenitud”, aunque uno atestigüe cómo los viejitos y viejitas se desmoronan con todo y sillas de ruedas, grúas, muletas, tanques de oxígeno, andaderas, fajas y pañales…

Observamos a una mujer de origen polaco de 87 años de edad. Fuerte y aguantadora, ha brincado varias crisis de salud, entre ellas una cirugía de cerebro, septicemia, un par de ataques cardíacos, un procedimiento de cardioversión, e incluso el contagio de covid, pasada la crisis mundial.

De pronto aparece una dama, representante de una clínica que vela por la función cardíaca. Raya los 70. Lleva el pelo corto y es blanco; tabula rasa, o sea, pechos inexistentes —una especie de escoba vestida sin las ramas flexibles—. Los pantalones capri y las chanclas indican que llegó el ansiado verano. Si pasamos a los accesorios, nos percatamos de una muñeca tatuada y anillos en los dedos.

Hay otras dos personas más en la suite de Estela, pendientes de lo que dice y hace la extraña. Atestiguan que habla mucho —la clásica personalidad “yoyo”—, interrumpe, y se las da de sabelotodo. Aseveró, sin dejo de humildad, que la señora mayor no padecía gota. Además, se dio a conocer por un tufo de mala educación, sin llegar a ser descrita como “de poco lastre”.  

A preguntas y dudas expresas de los acompañantes de la señora mayor, hubo respuestas que denotaron un desparpajo poco adecuado a las costumbres de los consanguíneos. No sólo se refirieron al apoyo para tomar un baño, sino que indagaron acerca de la lavada y cambio de la ropa de cama. Es claro que después de siete décadas de constatar que “con dinero baila el perro”, les espetó:  

—Nowadays, you can pay for everything, even for someone to dance nude in your window.

En ese momento se vio cómo el hombre y la mujer más jóvenes abrieron los ojos grandes e intercambiaron miradas. La posible mueca bucal no se percibió porque llevaban cubrebocas. Luego, como si de florecimiento y plenitud se tratara, sugirió que Estela se enfundara unos fishnet stockings, también conocidos como medias de red. ¡Sexy a los 87 y meses, y a darle vuelo a la hilacha con todo y los tobillos hinchados!

Aún faltaba el cierre, que se haría con broche de oro. Los dos pares de ojos siguieron la mano con anillos que ella conducía hacia el piso. Ya iban muy abiertos en ese trayecto que los llevó a posarse en uno de los pies de la visita. Las uñas estaban rascando las células muertas —escamas, pues— de un talón poco atendido durante el longevo invierno. De nuevo, cruce de miradas.

Como lo que empieza suele acabar, la setentona cruzó el umbral de la puerta. El joven, siempre cauto, amable y sonriente, clausuró la misión:     

—She is somewhat unfiltered.

Hasta la próxima.

Los juegos de Perec

Decidí no oírlo de noche. Bien hecho, porque me enteré de que Georges Perec se propuso huir de lo común. En sus libros evitó repetir clichés. Imposible circuir su modo de imponer juegos lingüísticos. El tipo, intuyo, tuvo cierto recelo de ser escritor de tiempo completo. Se conformó con un modesto sueldo en el mundo del conocimiento científico y sus documentos polvosos.  

En 1967, el hijo único de judíos del este europeo, me entero, fue recibido en el grupo OuLipo, especie de club selecto y secreto, donde el reto implicó constreñir. Se encerró, convencido, en el “sintoulipismo”: el ingenio en detrimento del contenido, los límites impuestos en el decir.

Esperó 43 movimientos en torno del sol. Deseó, por fin, escribir tiempo todo, sin interrupciones de un dinero por costumbre, pero se despidió de sí mismo, enfermo de tumores enloquecidos, con poco menos de 46.          

Al calor de Peso Pluma

Lejos de arder como los campechanos, tamaulipecos, veracruzanos, coahuilenses o sonorenses, pero la olita de calor bien que se apersonó. Hubo gotas de lluvia, antes de caer la tarde, que nomás atizaron el fogonazo. De esas veces en que el sol, además de sentirse, se ve. Son unas como ondas que tiemblan frente a los ojos. El reflejo y el vigor del astro se embarró en la piel, ya pegajosa y sudada.   

El ruido, que para hartísimas personas equivale a música, opacó los clásicos sonidos del pueblo, que llegan con todo y eco: ladridos de perros, criaturas chillando, mugidos, el quiquiriquí de los gallos —por cierto, no sólo cantan en la madrugada—, grillos…

Entre toda clase de expresiones de contento y euforia, de peticiones de una u otra de las rolas más sonadas, de gargantas a tono con el muy socorrido alcohol —debió haber habido pulque y algún aguardiente para la ocasión—, nunca llegó a mis oídos la tenue vocecita de la niña de cuatro años para quien se tiraba la casa por la ventana.

Pobre, de seguro a ella tampoco la dejaron dormir. A sus 15, con chambelanes, chambelanas u lo que sea, ¿cómo será el festejo? Saabe, porque igual, habiéndose embarazado y dejado a las “infancias” con su mamá, probará suerte con algún nuevo género musical en Porter Ranch, Corpus Christi o Yolo. Sólo Dios sabe.      

El alboroto se prolongó hasta las quinientas y hubo que aguantar vara pa’ lidiar con la mezcolanza de calor, brisa ausente, griterío y alborozo de los convidados a la fiesta por la vía de cartulinas rosas; la estridencia de las chicharras; voces de mujeres que ansiaban más ruido —el clásico “¡ootraa, ootraa!”—, y los amenazantes truenos, que no escupieron ni con la tercera llamada.

Ps pa’ acabarla de amolar me prendieron la lucecita del celular —adiós velas y linternas—. Es bien sabido que “el que busca, encuentra”, como obvio es que yo no sería la “afortunada”. Ahí estaba la méndiga cucaracha, cerca de la hielera de unicel. ¡El peor insecto de la creación! Fuimos minándola a raidazos® —la primera descarga me sacó un grito digno de personaje de Poe— hasta que quedó patas arriba. Esa obra terminó con un muy seguro parlamento:

—Déjenla, al rato la desaparecen las hormigas.

La neta, pedí que la mano dejara de alumbrar con el maldito Samsung; total, yo no veía más allá de mis narices. Sudábamos la gota gorda y seguíamos lamentando el estruendo de pesadilla con el que hoy vibran millones de almas. Entonces asomó, asquerosa, la segunda cucaracha. No quise probar suerte, así que subí por uno de los huaraches de indio de mi papá. Un par de raidazos® y moriría aplastada con la doble suela de llanta. Tampoco me entusiasmaba oír el crujido del dictióptero, aunque lo hice. Sucedió lo que a Monterroso y su dinosaurio: cuando nos fuimos, la chancla seguía ahí.

Después del piquete de alacrán en plena pandemia, fue la primera vez en más de 30 años que deshice la cama para echar ojo. ¡Qué suerte tuve de que no clavara bien el aguijón! Por obvias razones, me negaba a ir a un cutre hospital de Tepoztlán. Mi grito —¡no me quiero morir aquí!— fue apagándose con remedios caseros y el cuchillo que decidí clavarme en la pantorrilla izquierda. Una hora después, cuando constaté que San Pedro aún no me esperaba, retomé “el sueño de la justa”.

Vaya nochecita… como ocho veces que el tal Peso Pluma repetía Ella baila sola (¡a mí me daba idéntico!); los adobes y el calor coludidos en un incendiario sauna; el pinche farol que le dio en la torre a la bendecida oscuridad, y, como si no fuera suficiente, el zumbido penetrante de los moscos.

Con todo, disfruté de uno de mis lugares predilectos, de esa bella e imaginada casa de campo que quedará edificada entre mis memorias.

Corridos tumbados, en el campo

El año empezó brioso, a buen trote, digamos. Así y todo, más de dos semanas sin teclear. Nada de pretextos, pero el esqueleto ha bailado tango, danzón, rocanrol, ballet e incluso corridos tumbados —infernal ruido de moda, y miren que lo intenté con Peso Pluma y Ella baila sola—. Resultó suficiente para darles con la puerta en las narices a Natanael Cano, a Junior H. y a un tal Chalino Sánchez.

También me tiene sin cuidado que “Nico” Alvarado, genexer que “no necesita que la gente sea condescendiente con él” y quien se define como gordo, feo y viejo ¡a los 48 años! (La pinche complejidad), y Gabriela Warkentin hayan hablado sobre este género cool y harto tiktokero.

La energía revolotea meneada por aires frescos y polvorientos y agitados y sutiles y estimulantes, y en su mayoría con buen aliento. El encuentro en una de las casas más lindas y planeadas de Amatlán de Quetzalcóatl. Él, tejedor de experiencias, ávido siempre de procurar contento con la máxima creatividad, cargó hasta con estufa eléctrica de dos quemadores. Ellos conectaron de inmediato con la fluidez de su glándula, una paratiroides sensual, adaptable y pachorruda.

Moi, como en últimos tiempos, al son que quiero (y puedo) tocar, que, como decía Teresa, es tristealegre. Afortunada, caravaneo con corazón y mente llenos de remembranzas, de agradecimiento y un dejo de nostalgia. Busco algo que sólo se consigue mientras la vida dure, ese camino sazonado con metidas de pata, observación, descubrimientos, aprendizajes y muchos, pero muchos giros de 180 grados: pizcas de libertad.

Historias que se quedan otras que se van pero que permanecen inmiscuidas en cada poro de la piel y en las neuronas que despiertan

Allá, atrás, como parte de mi sombra, van el Buick 1946, las antigüedades, la casa de campo, rifles y revólveres; libros, libros, papel, olores, polvo, tinta, letras, conocimiento, libreros, más libros… ¡eternos y jugosos libros!             

2505

No a la superstición, aunque tampoco a la mera coincidencia. En cuatro años —cada día que pasa resulta más atinado decir “parece que fue ayer”— sucedió un par de veces: la primera vacuna pal’ covid llegó en 25 de mayo de 2021, y la graduación del ingeniero mecánico Pablo C. Aveleyra ocurre el mismo 25 del cero cinco de dos mil veintitrés. Y precisamente ayer elegí un libro al azar para compartir un poema con Nora. Al paso me salió Pedro Salinas, escritor español de la Generación del 27, traductor de algunos volúmenes del tiempo que se le perdió a Marcel Proust.

En todo se inmiscuye el tiempo; por cierto, de manera bella y volátil en un Reló pintado: “Las dos y veinticinco [otro 25, apenas ayer]. Sí. Pero no aquí, no. / ¿En qué día serían / las dos y veinticinco esas, / en qué mundo serán / las dos y veinticinco, de qué año? / ¡Qué bien está esa hora / boba, suelta, volando / por los limbos del tiempo!”.

Dondequiera que pintes tu reló y con quienesquiera que transcurran tus horas, hoy es aún veinticinco.   

Día de sentimientos encontrados, de mezcolanza emocional, de llanto, alivio, y sólo una ida con el cargamento religioso en F38, antes Nefanda (NFD).

Salen por la puerta principal el Cristo de gran formato —cuando niña subía las escaleras a toda velocidad para escabullírmele—, pintado con maestría por Juan de Miranda, a quien se atribuye el primer retrato conocido de Sor Juana Inés de la Cruz. Con él se retiran, y hasta cierto punto se jubilan, la presentadora de Jesús en el templo —o sea, la mismísima Virgen—; San Pablo, el tocayo que durante años atestiguó ires y venires de arriba abajo, además de atisbar, calladito, las efigies de los integrantes de la familia: Toto, Muc, Vicky, Morsa y la Pulga; Santo Tomás de Aquino y San Ignacio de Loyola, cuates de pared, a tono con la vorágine de la virtualidad; otras dos vírgenes, una al pie de la cruz y Nuestra Señora del Refugio —leo que fue abogada, auxiliadora y mediadora ante Jesucristo—: túnica rosa, manto azul, el Niño sobre su regazo, ambos con graciosa corona    

A nueva morada llegarán, esperanzados por ocupar un hueco, la Sagrada Familia; joven dama pintada por un tal Fortino Morales; un baúl ataviado con rojo cuero, y otro cristo, éste fragmentado (suerte que no le tocó alentar en estos tiempos, pues sus partes hubieran sido halladas en una bolsa mediana de basura), talla directa en marfil, sangrante, negros barba y pelo. San Espiridión también queda en libertad, atrinchilado por Kostas Petrarkis en tamañito 15.8 x 11.8 centímetros.

Adiós al arte sacro y a parte de la «tenebrosa» historia de esta casa de mi infancia. Amigas hubo dispuestas a ponerse de hinojos con tal de no recorrer la oscuridad de la sala, pletórica de santas miradas. El 25 de mayo me acerca al vacío más duro; el muy aparatoso es el del cristo crucificado que cerró nuestro círculo con un rayo de luz en el centro de un apacible semblante coronado de espinas.

Antes, lo vi. Mirar, lo que se dice observar, apenas ayer y hoy: frente a frente, sin prisa, con nostalgia, agradecimiento y veneración.