Madre

Qué bello fue ese último acercamiento, ¿te acuerdas? Primero yo me recosté en tu pecho, el lado derecho de mi cara, casi sobre tu corazón. Después me levanté y tú pusiste tus manos en mis hombros, todavía con fuerza. Entonces nos embebimos en una mirada; solo eran tus ojos y los míos. Estoy segura de que sabíamos que era nuestra despedida. ¿Te digo algo? Tus ojos ya se veían cansados y un tanto opacos. Los míos hacían un esfuerzo por no derramar lágrimas. Sonreímos, madre; nos reconciliamos, mamá… Y, con una diferencia del cielo a la tierra entre lo que ambas sentíamos, le abrimos la puerta a un dulce y contundente adiós.