¡Zúmbale! Le tocó el apelativo “comunista” por andar viendo a Fareed Zakaria, especialista en asuntos de relaciones internacionales en la cadena de noticias CNN. Se necesitaban tres dedos de frente para que Picapiedra se tragara el terminajo que le espetó a su pareja.
Vilma, como supuestamente toda persona, tiene derecho a informarse en el medio de comunicación que se le antoje. Sin embargo, el mote le hubiera sentado si el juez en cuestión la hubiese sorprendido navegando en el sitio web de Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC), en un portal nicaragüense llamado El 19 Digital o en el Diario del Pueblo (人民日报), periódico oficial del Partido Comunista de China (PCCh).
A ella, como era de esperarse, le caló: “Ocúpate de tus cosas, ‘mijito’”. Para su no tan sorpresa y hasta tristeza, Picapiedra le aplicó la ley del hielo, conocida en esos lares como stonewalling. La posible solución del “problema” quedaba tras un muro de piedra congelado —imaginen un iceberg—, equivalente al puente levadizo del medievo: “[…] una estructura simple y rápida, muy eficaz al momento de bloquear el acceso al interior de la fortaleza”.
Matar con silencio pudo haber sido simple y rápido, pero no deja de ser furioso. Burda manera de cerrar la compuerta del diálogo. Pasmosa forma de agresión emocional, aunque se intente acreditar lo que subyace: miedo, ¡siempre el miedo! Y traumas, creencias, conductas aprendidas, estereotipos, inseguridad.
Vilma es un signo de interrogación, una mente a la deriva, pensamientos desbocados; un personaje en busca del tiempo invertido y de los buenos momentos exprimidos a esa relación.
Son hartos los sazonadores que se necesitan para hacer caldo de relación —¿o “ralación”? —, pero no puede faltar la pizca de coyoles. En esa pizca, sí o sí, tendría que aparejarse la comunicación, que permea en todos los ámbitos de la vida de quienes nos expresarnos a través del lenguaje.
La bravuconada de Picapiedra merece cueva, mazo, taparrabos, fuego y entorno salvaje, porque salvaje es poner un irrespetuoso punto final donde la frase no lo pide, sin elegancia ni nobleza.
