Linchamiento cerebral

Vuelvo a William Styron. Para él, la palabra melancolía se apegaba mucho más a la naturaleza del trastorno. ¿Depresión? Eso era un sustantivo «[…] empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno». El término Brainstorm hablaba por sí mismo, dado que hacía alusión a un mal que se vive como «[…] una auténtica tempestad rugiente en el cerebro».

El cerebro no es más que una presa, y el espacio se torna abismal. No solo aloja pensamientos negativos, ideas suicidas y comportamientos obsesivos, sino tifones, maremotos, tormentas de arena, huracanes y cualquier artimaña que ponga en jaque a la masa de tejido nervioso encerrada en la cavidad craneal que los humanos percibimos como una bola con pelo.

Es más o menos así:

Está cayendo un aguacero. El paraguas es un adorno. Se está totalmente expuesto. Hazmerreír de truenos, relámpagos, automovilistas, niños, ciclistas, peatones, perros callejeros. Nada ni nadie repara en el ente que aún sobrevive a su naufragio.

Bajo la nube

A pesar de padecerla, qué lúcido estaba William Styron cuando describió la depresión. Es oscuridad. Oscuridad que se ve, se toca, se suda, se respira, se penetra, se absorbe y se entierra. Es una nube negra pegajosa e impertinente. Es un estado que aniquila la risa, la voluntad, la concentración, el deseo y la vida misma. Es un llanto profundo, desesperado, mordido por arenas movedizas, que desemboca en la más angustiosa zozobra. Sin más, se zozobra. Se está en una desvencijada barca, a la deriva, pura agua y nada de tierra firme. ¿Dónde colocar los pies para pisar con la fuerza que no se tiene? El conejo de la luna da igual, el sol a plomo ataca con frío, los pensamientos de negrura avivan la incertidumbre. ¿Y las palabras? Las palabras remolinan en la cabeza, desperdigadas; chocan unas con otras, se ensañan, rugen, asfixian la poca cordura que queda para recordarnos que estamos zozobrando.

Hay un ruido pertinaz en la azotea, pero no lo causan los acúfenos, sino ideas perniciosas que se persiguen sin tregua; una tras otra, una tras otra, una tras otra… Cuando ese ruido para es como si estuviera respirando dentro de una escafandra, inmersa en un silencio inusitado, desconocido, ajeno. Cada burbuja un pensamiento ponchado. Y cuando las burbujas viven y pasan frente a mis ojos se dispara el más atroz de los estruendos.

El alivio que llega con la noche, cuando se puede dormir, es un regalo de luz tenue. Styron se refirió a esos periodos de remisión “[…] como el paso desde un diluvio torrencial a un aguacero moderado”. Además hay enemigos etéreos, aunque nada sutiles, zurcidos a la piel; por ahí desfilan el miedo, la desesperanza, la inseguridad y las telarañas suicidas. Pero no pasan de ser telarañas, porque quizá sea aún peor brincar al otro lado y descubrir que se está ante las puertas del mismísimo pabellón de trastornos irreversibles.