Hoy hay glúteos

Más que la fruta y las compras a menor costo, la mirada de Teodoro para en unas nalgas carnosas y redondas. Se le dificulta disimular, así que recuerda a Jorge Negrete y la “chaparrita cuerpo de uva” se le mete entre los dientes en audible murmullo. Federica y Eulalia, acostumbradas al numerito, nomás ponen los ojos en blanco, gesto que de preferencia deben ocultarle al “don”.

Así arrancan los miércoles. A Eulalia, avezada en esos menesteres, le toca pedir el pollo: pechugas, piernas o muslos. Los hígados y corazones se los regalan. Federica participa y se hace mensa ante albures subiditos de tono, a veces ininteligibles. Le da horror ver las patas tiesas de los pollos, las cabezas sueltas con cresta, ojos y pelos; el trapo sangrante que entra y sale de un bote con agua dizque pa’ limpiar a los especímenes regados; la entrega del pedido con las mismas manos que abren un cajoncito para sacar monedas y billetes pegajosos.

Llega un momento en que huye de la masacre y camina unos pasos para encontrarse con doña Alicia, una marchanta mazahua animosa y de buen talante. Le tiene sus tamales de piña, preparados con auténtico maíz, y dos piezas de queso de rancho.         

La atmósfera del lugar está repleta de colores, olores, sonidos y texturas —ahí corean productos, allá el saxofón, acá ladridos y acullá tamborazos—. Don Teodoro, complacido por tamaña bienvenida, Fede y Eulalia, se estacionan con Heidi, Silvia, Felipe, Gregorio y “Leo DiCaprio” para abastecerse de verduras —brócoli, champiñones, espinaca, espárragos—, frutos —jitomate, flor de calabaza, aguacate, haba (Federica no perdona sus plátanos dominicos)— y un poco de cecina.  

El tianguis es una especie de salchicha, más largo y angosto que ancho. En el recorrido nos topamos con el vendedor de trapos de microfibra, que a Fede se le atora; con taqueros y quesadilleros; con cremas, quesos y ates; con dulces que rememoran tiempos idos; chiles secos y semillas; juguetitos, mascarillas KN95 y fundas para celulares; calzones y calcetines; escobas, cubetas y plumeros, y con un puesto donde lo que entra por la boca debe salir, pero también sujetarse arteramente a las arterias de no ingerirse con cautela.     

Caminamos hacia el final de nuestra odisea bajo lonas amarillas, rosas, anaranjadas, azules y verdes. Federica y Eulalia dejan a Alicia hasta el final. Sonríe, como se dice, con toda la mazorca. Todavía usa naguas y teje mientras los clientes aligeran su mesa.

Las dos mujeres ya ni voltean. Don Teo está en las nalgas; perdón, en el puesto de la nalgona; de nuevo disculpas: hace por introyectar un nalgatorio cuya suculencia vivirá en sus evocaciones de jueves a martes.   

Ensueño

En las tardes, mientras miraba por la ventana, su exhalación se dispersaba haciendo cabriolas en el aire. La niña las seguía, embelesada, y las correteaba con ojos grandes y boquita en forma de «O». Quería tocarlas, enredarlas en sus dedos, atesorarlas en la caja de habanos Te-Amo, encerrarlas en su pequeño puño, atraparlas como mariposas, contarlas cual cuentas de pulseras.

Y pedía más: «¡Más!»… Hasta que el ambiente se llenara de ellas y el tabaco impregnara su estudio. La niña intentaba, pero se le iban al techo, o se pegaban a la lámpara de hojas verdes y amarillas; o se escondían, juguetonas, detrás del sillón, o, si estaba muy atenta, veía cómo se sumergían en la taza llena de plumas.

Lo que sí podía hacer era soplar y manotear; soplar para encaminarlas a su antojo ―prefería que cada una encontrara su camino, absorbida por las nubes o capturada por el follaje―, y manotear para hacerse la ilusión de que todas esas donas de humo las hacía para ella.

Al final, como todos los días, quedaban un estudio vacío, el sabor del juego, el olor, las imágenes que imprimía en su cerebro, una colilla, y cenizas, solo cenizas.