Privilegio

Sombreros polvosos, sable, cuchillo y pistola; mi abuela, bella y altiva, vestida de azul en un retrato de Montenegro; cuatro camas individuales en una sola recámara, como las de los ositos; libros y más libros, repartidos en tres libreros; ocho equipales con su pequeña mesa de centro cayéndose a pedazos; gruesas vigas de madera, incorruptibles, en el cuarto principal; viejos títeres que cuelgan de una de las paredes de la cocina; la colección de platos, colocados uno a uno con alegría; dos coloridas botellas con canica; la chimenea que dio cuenta de buena parte de la historia Jiménez Perezcano, el patio donde durante tantos años hicimos deporte, la ventana redonda por la que me escabullo para ver la luna, rodearme de cerros y vigilar a las nubes, el prehistórico horno de microondas, la vegetación.

Ahí, en vez de claxonazos, ulular de ambulancias, mentadas de madre, pantallas luminosas y gritos, me topo con todos los tonos de verde: claros, oscuros, traslúcidos, combinados. También veo las flores anaranjadas de un tulipán africano, buganvilias de distintos colores, nochebuenas para las que llegó la hora de brotar; pájaros, colibríes, mariposas amarillas y blancas, chicharras…

vegetacion
Amatlán de Quetzalcóatl. Foto de la autora.

Es cierto que se cuelan los ruidos del repartidor de gas, los ladridos de perros alebrestados, el altavoz que informa a los habitantes del pueblo, mugidos, martillazos, pero no deja de ser un milagro que a poco más de una hora de la urbe de concreto dominada por el caos me encuentre con un paraíso donde desayuno inmersa en verdes aciruelados, troncos recios, piedras mohosas y luz vibrante, todo acariciado por la voz de la señora Callas.

¡Tantos recuerdos, tantos!: mi madre zambullida en agua helada, mi alberca oscura de 40 000 litros, Aline, las pozas, las mazorcas en el fuego, pérdidas, mis escapadas para correr bajo la lluvia, el mole y las tortillas echadas a mano, amores…

¿Qué haríamos sin memorias?

Esther

Las últimas lecturas que he hecho me transportaron a un aula en la Universidad de Rhode Island, a los ojos verdeaceituna y a la presencia un tanto seductora de mi profesor Roberto Manteiga. Gracias a él supe que existían Esther Tusquets, Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda y Carmen Laforet: cuatro mujeres escritoras: tres catalanas y una salmantina.

Acabo de leer Confesiones de una editora poco mentirosa. Me acerqué a la Esther amante de la lectura, a la veinteañera emprendedora que desenmascaraba el talento, al cerebro de Lumen durante 40 años, a la dama incansable que compartió su ser voluntarioso con escritores como Ana María Matute, Pere Gimferrer, Miguel Delibes, Ana María Moix, Juan Benet o Jaime Gil de Biedma.

La de Esther, escrito por ella, era una profesión dura y difícil en la que “[…] existe un momento sublime en la vida del editor, que se produce, como los grandes amores, pocas veces […], y es aquel momento en que abres, acaso al azar, el original de un perfecto desconocido y te encuentras ante una obra importante”.

Me clavé con Esther y con su trayectoria, así que di con Corazón amarillo sangre azul, de Eva Blanch, cuñada en la vida real de la escritora. Quiero seguir con También esto pasará y Tiempos que fueron, textos hilvanados por la hija y el hermano de Esther Tusquets, respectivamente.

Pero lo valioso no es aventar nombres ni títulos de libros, sino sentir el deseo de releer, de devorar con fruición El mismo mar de todos los veranos, una novela que conocí gracias a mi maestro, y que Esther escribió en 1978 para beneplácito de quienes hemos tenido la fortuna de toparnos con su creación. Ahí se los dejo…

En el ínter, adentrarme en el mundo de Esther me hace constatar que todos tenemos un mismo mar, una misma piedra, un mismo árbol, una misma calle, una misma esquina… y una vida —una, sólo una, y ésta es mía— que imagino como una madeja amarilla que enredo y desenredo al ritmo de mis… inviernos.

madeja

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.