Apnea

Bajar, bajar y seguir bajando. Rodeada de agua, sumergida en mi abismo favorito a pulmón libre. Pensar sólo en la sensación de mi cuerpo a más de 40 metros de profundidad. El silencio y los sonidos del mar. El movimiento sutil de criaturas insospechadas. Un sueño que no será.

Natalia y el mar

Hace algunos días me sorprendió esta noticia: «Desaparecida en aguas de Formentera la reina mundial de la apnea». Atónita, seguí leyendo. Derramé lágrimas: me brotan con facilidad cuando algo me mueve.

La inmersión submarina a pulmón libre tiene aguijón para la pequeñez humana y tienta a la majestuosidad. Tal vez esas proezas sólo sean una lucha cuerpo a cuerpo con un poder superior que termina por engullir al aventurero, quien sabe que en cada zambullida se juega la existencia.

A Natalia Molchanova se la tragó el mar de las Baleares, desapareció en el Mediterráneo. Auténtica monarca acuática, logró descender a 71 metros de profundidad, aguantar la respiración bajo el agua durante nueve minutos y sumergirse 101 metros con peso fijo y una aleta, además de otras conquistas, dignas de la imaginación de Julio Verne.

verne

Si yo tuviera ojos sanos me hubiera gustado hacer lo que Natalia; la sensación de estar bajo el agua es inigualable: tranquilidad y adrenalina confundidas en el mismo costal.

José Saramago escribió en Las pequeñas memorias: «No creo que exista en el mundo un silencio más profundo que el silencio del agua». Fueron palabras que plasmó estando en la superficie, colmado de oscuridad, en compañía de una caña de pescar.

pequeñas memorias

La apneísta rusa con más récords de la historia (41), de 53 años, se quedó en el fondo del océano. Me aventuro a decir que si hubiera elegido su muerte habría dicho: ahí donde amo estar, en medio de la inmensidad, abrazada por el misterio y envuelta en la suave caricia del placer que la mató.

Sin ánimo de comparar, guardo un hermoso recuerdo de Xpu-Ha, en la Riviera Maya: era la única persona que dos o tres veces al día, sólo con unos goggles, se perdía para alcanzar las boyas.

En el trayecto, además de bracear, bajaba y subía, bajaba y subía, un descender grato en el que quizá me enorgulleciera del minuto y medio que podía pasar bajo el agua. Al llegar a las boyas, ya más hondo, volvía a bajar para perderme en el silencio y aprovechar la luz que encendía los colores de los peces, grandes y pequeños.

Qué magnífica sensación la de ser tragada por los sonidos del silencio: oír el movimiento de un mar incansable, percibir algo así como un ruido arenoso golpeando las rocas y las estrellas de mar…

Ésa era vida, a pesar de sentir la lejanía de la playa y la amenaza de los secretos del agua.

Molchanova supo ser tierra y agua, mundo real y submarino. Andará por ahí, arrastrada por corrientes conocidas, bendecida por su feliz claroscuro, inerte, ya sin desafiar la reserva de aire de un par de órganos prodigiosos.

natalia

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Hasta pronto.

Recuerdos, lo que queda…

En mi memoria se refugiaron un balcón y una imponente tormenta eléctrica: cielo azul tirando a negro que en instantes se iluminaba con rayas irregulares blancas y amarillentas. Del resto no quedaron ni piezas sueltas.

tormenta eléctrica

Hace unos días la ciudad de Campeche me recibió con el calor, parecía que había descendido al mismísimo círculo del infierno; faltaban las llamas y un diablillo que custodiara la entrada con un trinche, pero el aire caliente (yo lo sentía hervir), ni tardo ni perezoso, envolvió mi cuerpo.

Me alegró revivir los viajes de la infancia con mis papás y mi hermana, la Perrita. Largos recorridos en coche con un destino final entre el que se colaban el descanso, la comida (en sitios que nos hacían tilín o que nos recomendaban los lugareños), los imprevistos y las aventuras, como recolectar mangos petacones que colocábamos en el piso de la parte trasera del auto (las Perritas ponían sus pies sobre ellos con cuidado de no lastimarlos) o descubrir el camino de bajada hasta un río donde nos refrescábamos.

Podíamos bañarnos con tranquilidad, en primera porque había agua (ahora son charcos malolientes, basureros o zonas habitadas), en segunda porque estaba limpia, y en tercera porque la única amenaza era que un pez nos jalara las patas y nos enterrara en el fondo; nada de preocuparnos por asesinatos, retenes, narco, derechos de piso ni todo lo que hoy se nos ocurre considerar antes de actuar libremente para hacer algo que se nos antoja.

Estoy segura de que mi papá viajaba con sus tres mujeres sin pensar en la inseguridad; de este punto a aquél, de acá para allá, del Distrito Federal a Quintana Roo: sólo implicaba esperar las vacaciones, hacer maletas, revisar el coche y a volar.

Total, que en este viaje comprobé lo dicho por García Márquez: la vida no es copia fiel de lo que vivimos, sino más bien de lo que recordamos. Ahí estaba mi papá, manejando kilómetros y kilómetros azuzado por dos escuinclas que insistían:

—¿Ya vamos a llegar?
—¿Cuánto falta?

No sé si los niños de hoy deseen lo mismo que yo hace muchos años —¿cambiaron los juegos infantiles por una tableta equipada con pulmones para la práctica virtual de la apnea?—, pero lo único que me interesaba era llegar a nadar, meterme en el mar para picar sus olas, una tras otra, y cuando se hacía tarde zambullirme en una alberca hasta que se me arrugara la piel de los dedos.

Mi espíritu competitivo me llevaba a proponer concursos para ver quién aguantaba más tiempo debajo del agua, a echar carreritas con mi hermana, a contener la respiración sin moverme para probar mis pulmones, a bucear hasta el fondo para recuperar una moneda.

Por supuesto, pediamos el consejo de los naturales respecto al changarro, palapa, tendejón o pequeño restorán donde le hincaríamos el diente a exquisitos platillos típicos.

La primera tarde de mi vuelta a Campeche le eché ojo a la única palapa que no ostentaba un cocacolesco techito de plástico. Nos sentamos a comer a la orilla del mar. Seguía habitándome el infierno, sin una pizca de brisa, aunque bien acompañada con una lata de cerveza fría, un coctel de camarones —de los chiquitos, dicen que característicos de Champotón— y un delicioso pan de cazón. ¡Claro, con mucho chile habanero!

Foto de la autora
Foto de la autora
Foto de la autora
Pan de cazón, ¡una delicia! Foto de la autora

San Francisco de Campeche, con sus baluartes y puertas de Mar y Tierra, me devolvió muchos recuerdos y me llenó de otros. Ahora sí, mi coco se trajo a una hermosa ciudad, parejita, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1999, ataviada con verdes, rosas, azules, rojos, amarillos y blancos, como los colores que en 2004 vi en la isla de Curazao, un territorio autónomo del Reino de los Países Bajos donde la hilera de casas, muy juntas unas de otras, parecía un arco iris con puertas y ventanas conectadas al paraíso.

Puerta de Mar (foto de la autora)
Puerta de Mar (foto de la autora)
Puerta de Tierra (foto mía)
Puerta de Tierra (foto mía)
Foto mía
Foto mía
Curazao, 2004
Curazao, 2004

¡Y la gente!, amable, sonriente, platicadora, abierta; en pocas palabras, ¡campechana! ¿Campechana?, ¿con qué se come? Les comparto un par de acepciones del diccionario de la Real Academia Española:

3. (Por la fama de cordialidad de que gozan los naturales de Campeche, tierra de vida placentera según la creencia popular).

4. adj. coloq. Franco, dispuesto para cualquier broma o diversión.

Con el número 4 describo a Joaquín, el taxista dicharachero que nos llevó del aeropuerto de Campeche a Aak-Bal (nido de tortuga) y de Aak-Bal al triste regreso. Siempre una sonrisa, presto para bromear, buen escucha, hombre que se despidió con un cálido abrazo y con una bendición que quedará en mi recuerdo.

Hasta la próxima.