Susurro inteligible

No es que prefiera otear la vida desde una calesa, esperar a que una carta urgente tarde dos meses en llegar a su destino ni pasar temporadas de recreo en el pueblo de San Jacinto Tenanitla. Tampoco estaría muy puesta para ordeñar dos vacas ni corretear pollos.

Avances de todo tipo y a gran velocidad, con el pie obsesionado por pegarse al acelerador. En la era de la instantaneidad nos asolan clics, wassaps, corazoncitos, tuits y retuits, palomitas azules, «última vez hoy a las…», videos, audífonos; paradójicamente, la desconexión.

Con todo y a pesar de tamaña marejada, aún existe la simplicidad, donde lo simple es lo importante: mirar amaneceres y beber atardeceres; calentarse con fuego y limpiarse con agua fresca; comer y beber lo que procuran tierra, árboles, plantas y animales; caminar a cielo abierto y dormir con los huesos; amar con sencillez y desdentar sonrisas.

Y es que la vida tiene candor. Nada hay más sincero y gustoso que rescatarlos, cuidarlos y crecerlos. Y ellos corresponden con la trompa, los ojos, las orejas, la cercanía, el juego, los baños con papás y niños. Porque se vuelven sus hijos, su razón de ser, su motivo para despertar y aliciente para sosegar el futuro.

Es sólo un momento que en compañía se torna arte. Aprendizaje que llena la felicidad tribal. Ya recobró algo de fuerza. Ahora bebe leche. Corre y se entretiene con una pelota. Come bien con su trompa prensil. Abraza y se deja caer suavecito junto a su amá. La mirada expresa dulzura que podría ser lágrimas.

La foto de unos recién casados con dos orgullosos proboscidios como prole.   

Ups, ¡una notificación de wassap! Hasta la próxima.   

¿Qué diantres nos pasa?

¡De este lado, “Pause Giant AI Experiments: An Open Letter”! Del otro, dos jovencitas de 14 años: una propina la golpiza y la segunda acaba muerta —pos como en la prehistoria (incluye aprendizaje y creencias), ¿no?: a mazazos, pedradas, jalones de pelos, rasguños y golpes bajos—; cerca de 40 migrantes se calcinan dentro de una jaula que nadie abre; Audrey Hale mata a seis en una escuela de Nashville, Tennessee; par de hermanas, hijas de alguien, sucumben en una coladera abierta… ¡chitón! Paliza bruta de dos policías a un indigente, nomás porque sí. Como si fuera poca cosa, leo: “Los criptoevangelistas —¿¡qué!?— entran en el Gobierno de Bukele”.              

¿Incineramos los valores y el civismo? ¿Triunfo de violencia, sinrazón y prepotencia? Pólvora a la más mínima provocación. Armas en bares, restaurantes, parques, escuelas, tiendas. ¿Qué rayos es la humanidad? ¿De qué o quiénes nos distingue?

Como “buleada” y “buleadora”, también tuve 14 años. Inventaba mis juegos en la calle, en la casa y con personas reales, sin robots ni cyborgs u organismos cibernéticos. Llegué a entretenerme con la videoconsola Atari, siempre con mi hermana a un lado, y aborrecí los primeros controles de televisión porque pensé en que la Tierra se llenaría de huevones. Además, seguía siendo perturbador llegar al puesto de periódicos y toparse con la nota (bermellón) de algún asesinato o disturbio subidito de tono. Hoy, el pan de cada día; aquí, allá, acullá, con sinnúmero de pormenores y matices.    

¿Qué viene ahora, rastreables en todo momento y con el mundo a punta de clic? Internet de las cosas; Bob y Alice, el caso de una dupla de robots que fueron desconectados por inventar un lenguaje ininteligible para los humanos; China y su “diosa” Jia Jia, un robot mujer interactivo y humanoide —¿cómo y por qué decidieron que su género sería binario— que se convierte en el súper empleado.

El quid es que nada —palabra que uso con plena conciencia— apunta a que nos hagamos mejores personas, lo cual depende cien por cien de pulirnos como individuos, como seres únicos inmersos en mares y abismos de controversias, sinsabores, egoísmos y desequilibrios, que bien podrían equilibrarse con empatía, compasión, conocimiento, voluntad y crecimiento personal.

Hasta la próxima.

Gosipino

Los padres de Sam viven del campo. El hijo, desde que tiene uso de razón, recuerda a Peter y a Claire embebidos en una enorme alberca verde y blanca que cuidaban con ahínco, ayudados por cuatro migrantes: dos mexicanos, un guatemalteco y un salvadoreño.

 Desde niño se acostumbró a las conversaciones sobre la tierra, las estaciones del año, las fases lunares, la irrigación, e incluso a sentir miedo si el frío arreciaba durante el invierno. Se acuerda bien de Claire, junto a la estufa, preparando café cerca de las cinco de la mañana para agarrar calor antes de iniciar otra jornada de trabajo.

 Sus primos Mark y Jacob vivían en Chicago, una ciudad hecha y derecha, y una vez al año los mandaban a visitar a sus tíos. La verdad es que se quedaban fríos cuando platicaban con Sam acerca de Muleshoe, una ciudad al noroeste de Texas, en lo que se conoce como South Plains. Pobre pariente, debía aburrirse como ostra en medio de la nada y sin hermanos.

 Pero a Sam le importaba un pepino, él disfrutaba de la compañía de Chupirul, como le decían a la hija de Gonzalo Arrieta, uno de los mexicanos que trabajaba con su papá: inventaban juegos, regaban plantitas, imaginaban encuentros con vaqueros para volverse héroes, y de paso se iban haciendo bilingües.

 Ahora, profesor universitario en Estados Unidos, México y Perú, Sam recordaba su infancia con nostalgia. Muleshoe había sido un hervidero de sueños, de aprendizajes, de tierra fértil, e incluso de un amor infantil. Aquéllo le daría el equipaje suficiente para asomar las narices a la vida.

 Peter tenía 65 años y Claire 63. Eran un par de agricultores fuertes, sanos, agradecidos con esa tierra texana que aprendieron a conquistar y a nutrir para preparar una vejez, por lo menos hasta ese momento, sin muchos sobresaltos.

 Sam, después de tanta pregunta a la luz de las estrellas, de tanta madrugada en duermevela, de tanto contacto con los migrantes que vivían al día y de tanta charla profunda con Chupirul, daba clases de filosofía y organizaba seminarios con colegas que vivían en Suiza, Italia, Dinamarca y Turquía.

 Esa cautivadora alberca verdiblanca, además de algodón, le había permitido imaginar más allá del horizonte: ¿quién era ese chico pueblerino que prefería pasar horas hablando español en vez de andar en bicicleta?, ¿quiénes eran los señores que desde pequeños se habían consagrado al poder de la tierra?, ¿por qué la noche tapaba al día?, ¿cuántas estrellas valía la pena mirar?, ¿por qué el agua salpicada de resolana era el mejor regalo? El chiste es que Samuel Carlson era todo un maestro, dedicado a la enseñanza y a la investigación.

 Se despidió de Chupirul, su morenita flaca, cuando tenía 17 años. Tuvieron que pasar otros 17 para que se dejara cautivar por otra mujer. Afrah Bathich era de origen musulmán. Se conocieron en la Universidad Técnica de Estambul y empezaron a hacer migas con facilidad, a pesar de que a Sam le llevó tiempo olvidar los ojos negros, las costillas y el pelo rizado de su niña mexicana.

 Afrah le dio el tiro de gracia el día en que después del seminario sobre valores humanos le plantó un beso en la mejilla y lo miró con sus ojos jalados, transparentes, y dulces como los dátiles.

 Poco tiempo después, en su natal Muleshoe, Samuel y Afrah estuvieron por primera vez solos en un cuarto. Primero se sentaron sobre la cama, después se miraron, luego sonrieron, y finalmente se besaron. Después de toda la ternura dejada en ese beso, Sam preguntó:

 —Are you wearing Gossypium hirsutum lingerie?

—Excuse me?!

—Just kidding, I just want to tell you that I love you.

 

Sufragio efectivo

Comida de amigos, mesa redonda —caballeros y caballeras—, platillos campechanos y una buena plática.

Además, domingo de elecciones, «ideal» para decretar Ley seca: «No vaya a ser que los pueriles mexicanos aparezcan tirados en las calles desde temprano y hagan gala de una oralidad freudiana no superada (e insatisfecha):

—P’a su mecha, ¿por quién rayos se vota en este país?
—Jijo, de plano por el menos peor.
—Chale, ¿cuál es ése?

Los asistentes al comelitón teníamos el dedo manchado: ejercimos nuestro súper derecho y nos aventuramos a tachar la tríada de boletas.

boleta-electoral

Si yo voté fue porque me hubiera remordido la conciencia y porque logré borrar las orejas del Mirrey Córdova, a quien no critico por su retahíla de palabras altisonantes (sería una hipócrita), sino por ser el mero mero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE) y mofarse de grupos ciudadanos que ciertamente no hablan como él: él no se vale del lenguaje que tuvo oportunidad de aprender para expresar conceptos ni palabras adecuados a un funcionario de su «tamaño».

De una cuita mía (¿por qué rayos no se podría beber en un día como éste?, ¿qué nos creen? Quizá hasta resultaría mejor que se votara en estado etílico) surgieron dos brillantes ideas para alentar el futuro del sufragio y contrarrestar el abstencionismo (horrenda palabra):

—Caray, en las casillas se deberían regalar chelas, la gente iría imantada por las coronitas y se sentiría más alegrosa para votar, sobre todo si le dan un obsequio sin chanchullo: los múltiples partidos políticos evitarían gastar en lavadoras, pantallas gigantes y tarjetas “verdes” para el cine.

cerveza-coronita

—N’ombre, lo más saludable sería que uno ejerciera su derecho en las cantinas. ¿Se imaginan qué ambientazo? Nadie se abstendría, 99.9% de votantes: botana, chupe y sufragio: sin él, nanai, no hay guacamole ni totopos, y mucho menos trago.

Los maistros y los revoltosos de todas maneras armarían su desmadre: lucha perenne contra el sistema, aunque no tengan idea de a quién siguen ni quiénes lideran; mucho menos de qué persiguen.

¿Qué les parecen las propuestas? Habría que ponérselo sobre la mesa al gran maese Lorenzo, el de las orejas laberínticas, aunque sospecho que se apostolaría junto a las frías o que no saldría de la cantina… por estar trabajando o debido a su interés en estimular su hemisferio cerebral izquierdo mediante el aprendizaje de ciertas lenguas indígenas.

See ya’.