Los juegos de Perec

Decidí no oírlo de noche. Bien hecho, porque me enteré de que Georges Perec se propuso huir de lo común. En sus libros evitó repetir clichés. Imposible circuir su modo de imponer juegos lingüísticos. El tipo, intuyo, tuvo cierto recelo de ser escritor de tiempo completo. Se conformó con un modesto sueldo en el mundo del conocimiento científico y sus documentos polvosos.  

En 1967, el hijo único de judíos del este europeo, me entero, fue recibido en el grupo OuLipo, especie de club selecto y secreto, donde el reto implicó constreñir. Se encerró, convencido, en el “sintoulipismo”: el ingenio en detrimento del contenido, los límites impuestos en el decir.

Esperó 43 movimientos en torno del sol. Deseó, por fin, escribir tiempo todo, sin interrupciones de un dinero por costumbre, pero se despidió de sí mismo, enfermo de tumores enloquecidos, con poco menos de 46.          

A big girl now

Dejó los caramelos Acuario, las guerras de chocolates See’s Candies ―aparecían bajo la almohada o dentro de las sábanas, en cajones o clósets―; también las Palelocas; los pirulís, que se alargaban a chupetadas, e incluso la barra de chocolate Ferback rellena de mazapán.

Después se escurrió por todos los rincones, quedándose pegada al cuarto más iluminado: la silla negra con ruedas, el archivero repleto de historia, el par de sillones que acogieron su último esfuerzo, la supuración próxima al final y el ulular de la sirena.

Al último echó en su mochila los números 8 y 9, y 4 y 5. Los mezcló, y en un instante creó una masa informe en su cerebro. Pudo distinguir café y azul, blanco y nublado, machete y raqueta, humo y soplido, letras y cartas; eso sí, las mismas manos.

Entonces logró darle forma, y construyó una imagen escindida, aunque el fuego nunca se extinguió.

Mujer una de las partes. Mochila al hombro, viaje en solitario, pero siempre azules y cafés.

¿Y la chiquilla? Sentada en su escondrijo, cabeza gacha, con un libro abierto entre las manos. Lagrimeaba sin parar; mojaba las hojas. Lo que no sabía era que acabaría sonriendo a costa de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.