Minutero y segundero a contrapelo; arena que apenas percibe su paso por el cuello de cristal. A trompicones el día: del amanecer a la puesta de sol en un pestañeo, o tal vez otro suspiro. Trago de agua que pierde el rumbo a la menor distracción. Campanadas que penetran los oídos y se meten el pie a plena luz, con el atardecer, entre nubarrones, chorreando lluvia… y también cuando la oscuridad deglute las formas.
Como sea, pero atestiguamos con los cinco sentidos, y las emociones y pensamientos y actos de ocho meses completos.
Pablo y Amy en México, bello país que se me desmorona y desdibuja. Un cumpleaños más. Aniversarios 11 y cuatro de madre y padre idos.
Fatídico 18 de abril, cosido a un personaje de mensajes y acciones ambiguos.
Paula y su par de cirugías de rodilla —reviví las dos mías, casi tres décadas atrás—.
Salidas con riesgo medido y plena aceptación de la realidad y sus consecuencias.
Adiós a la negra santidad, al Buick ’46 y a la maravillosa colección de libros mirados, con amor y admiración, uno por uno.
El paso del “Suso”, un tornado herido que tatúa cicatrices en su abrumadora y veloz trayectoria.
Bienvenida la calidez familiar e individual de quienes habitan o habitaron la casona de Nayarit 13, en la Roma.
Cada una de las reuniones en un patio que por ventura dejó de ser mi único refugio.
Ha bastado con aceptar, desear, asimilar y habitar un espacio, el de mi infancia, en el que privarán los vacíos.
La que escribe, al parecer (con todo y sus luchas internas), entera.

