Ta ra ta ta ra ra, ta ra ta ta ra ra, ta ra ta ta ra ra… ¿La escuchan? Teclas blanquinegras, suaves, lento ma non troppo (¿será?), un amanecer delicado en compañía del piano de Las Horas de Philip Glass.
El otro día, a propósito de nuestra plática sobre Erik Satie, mi papá dijo que era un tipo al que le hubiera gustado conocer. Yo, como casi siempre, sostuve que a Freud; «olvidé» a Virginia Woolf.

Toparme con esa mujer enigmática y verla crear y estar presente en alguna de sus zambullidas de locura y penetrar el incierto mundo que la torturaba y preguntarle por su relación con Leonard, con Vita Sackville-West y con Vanessa e intentar entender su desesperación cuando decidió que moriría ahogada en el lago Ouse. Ahora sí, respiren…
Hoy leí que Irene Chikiar Bauer escribió Virginia Woolf. La vida por escrito, considerada la biografía “definitiva” de la autora inglesa. ¿Definitiva? Tendrá 900 páginas y estará sustentada en cartas, diarios personales y escritos autobiográficos, pero nadie, nunca, podrá penetrar la intrincada mente de nadie, y menos quizá en la de Woolf, habitante de ininterrumpidos pensamientos y vericuetos zigzagueantes.

Lo que acabo de decir es obvio, ¡gran contribución al devenir de la humanidad! A la señora Chikiar le llevó siete años escribir esa obra, que debe valer todo, máxime para quien dice haber querido conocer y tutear a Virginia.
Mi retazo iba a ser sobre las cámaras de llanta, sobre el posible rumbo que toman los automovilistas que conducen a las seis de la mañana de un sábado de abril, sobre mi sueño, en el que iba a votar —¡imagínense, ¿por quién rayos?!—, pero me dejé guiar por el piano de Glass, por la sutileza de la música que me trajo a Virginia Woolf en la oscuridad de un nuevo amanecer.
Till next.