Día de sentimientos encontrados, de mezcolanza emocional, de llanto, alivio, y sólo una ida con el cargamento religioso en F38, antes Nefanda (NFD).

Salen por la puerta principal el Cristo de gran formato —cuando niña subía las escaleras a toda velocidad para escabullírmele—, pintado con maestría por Juan de Miranda, a quien se atribuye el primer retrato conocido de Sor Juana Inés de la Cruz. Con él se retiran, y hasta cierto punto se jubilan, la presentadora de Jesús en el templo —o sea, la mismísima Virgen—; San Pablo, el tocayo que durante años atestiguó ires y venires de arriba abajo, además de atisbar, calladito, las efigies de los integrantes de la familia: Toto, Muc, Vicky, Morsa y la Pulga; Santo Tomás de Aquino y San Ignacio de Loyola, cuates de pared, a tono con la vorágine de la virtualidad; otras dos vírgenes, una al pie de la cruz y Nuestra Señora del Refugio —leo que fue abogada, auxiliadora y mediadora ante Jesucristo—: túnica rosa, manto azul, el Niño sobre su regazo, ambos con graciosa corona    

A nueva morada llegarán, esperanzados por ocupar un hueco, la Sagrada Familia; joven dama pintada por un tal Fortino Morales; un baúl ataviado con rojo cuero, y otro cristo, éste fragmentado (suerte que no le tocó alentar en estos tiempos, pues sus partes hubieran sido halladas en una bolsa mediana de basura), talla directa en marfil, sangrante, negros barba y pelo. San Espiridión también queda en libertad, atrinchilado por Kostas Petrarkis en tamañito 15.8 x 11.8 centímetros.

Adiós al arte sacro y a parte de la «tenebrosa» historia de esta casa de mi infancia. Amigas hubo dispuestas a ponerse de hinojos con tal de no recorrer la oscuridad de la sala, pletórica de santas miradas. El 25 de mayo me acerca al vacío más duro; el muy aparatoso es el del cristo crucificado que cerró nuestro círculo con un rayo de luz en el centro de un apacible semblante coronado de espinas.

Antes, lo vi. Mirar, lo que se dice observar, apenas ayer y hoy: frente a frente, sin prisa, con nostalgia, agradecimiento y veneración.      

Hoy hay glúteos

Más que la fruta y las compras a menor costo, la mirada de Teodoro para en unas nalgas carnosas y redondas. Se le dificulta disimular, así que recuerda a Jorge Negrete y la “chaparrita cuerpo de uva” se le mete entre los dientes en audible murmullo. Federica y Eulalia, acostumbradas al numerito, nomás ponen los ojos en blanco, gesto que de preferencia deben ocultarle al “don”.

Así arrancan los miércoles. A Eulalia, avezada en esos menesteres, le toca pedir el pollo: pechugas, piernas o muslos. Los hígados y corazones se los regalan. Federica participa y se hace mensa ante albures subiditos de tono, a veces ininteligibles. Le da horror ver las patas tiesas de los pollos, las cabezas sueltas con cresta, ojos y pelos; el trapo sangrante que entra y sale de un bote con agua dizque pa’ limpiar a los especímenes regados; la entrega del pedido con las mismas manos que abren un cajoncito para sacar monedas y billetes pegajosos.

Llega un momento en que huye de la masacre y camina unos pasos para encontrarse con doña Alicia, una marchanta mazahua animosa y de buen talante. Le tiene sus tamales de piña, preparados con auténtico maíz, y dos piezas de queso de rancho.         

La atmósfera del lugar está repleta de colores, olores, sonidos y texturas —ahí corean productos, allá el saxofón, acá ladridos y acullá tamborazos—. Don Teodoro, complacido por tamaña bienvenida, Fede y Eulalia, se estacionan con Heidi, Silvia, Felipe, Gregorio y “Leo DiCaprio” para abastecerse de verduras —brócoli, champiñones, espinaca, espárragos—, frutos —jitomate, flor de calabaza, aguacate, haba (Federica no perdona sus plátanos dominicos)— y un poco de cecina.  

El tianguis es una especie de salchicha, más largo y angosto que ancho. En el recorrido nos topamos con el vendedor de trapos de microfibra, que a Fede se le atora; con taqueros y quesadilleros; con cremas, quesos y ates; con dulces que rememoran tiempos idos; chiles secos y semillas; juguetitos, mascarillas KN95 y fundas para celulares; calzones y calcetines; escobas, cubetas y plumeros, y con un puesto donde lo que entra por la boca debe salir, pero también sujetarse arteramente a las arterias de no ingerirse con cautela.     

Caminamos hacia el final de nuestra odisea bajo lonas amarillas, rosas, anaranjadas, azules y verdes. Federica y Eulalia dejan a Alicia hasta el final. Sonríe, como se dice, con toda la mazorca. Todavía usa naguas y teje mientras los clientes aligeran su mesa.

Las dos mujeres ya ni voltean. Don Teo está en las nalgas; perdón, en el puesto de la nalgona; de nuevo disculpas: hace por introyectar un nalgatorio cuya suculencia vivirá en sus evocaciones de jueves a martes.   

El goce de la duda

¿Qué había dentro de la hielera azul, un recipiente grande con tapa blanca que entraba y salía de la cajuela de la camioneta sin decir —o mejor, sin que alguno dijera “agua va”—? Ese pasaje lo mencionó uno de los protagonistas y, además, motivó la única pregunta que me lanzó Jiménez vía Whatsapp.

¿Quesos con carácter?: gorgonzola, beaufort, manchego curado, roquefort —de leche coagulada de oveja—, cotija. Si charcutería, vamos directo al prosciutto, al jamón 100% ibérico de bellota —de cerdo puro—, al salami de Bolonia y al speck, que se hace con las patas traseras del chancho.

A lo mejor champaña Veuve Clicquot, foie gras y un abundante surtido de moras silvestres antioxidantes; acaso comida china de China, japonesa de Japón, libanesa del Líbano, combinadas con la mejor selección de té verde y los granos de café más ad hoc para quien se precia de saber preparar y degustar ese elixir de los dioses.

¿Panes y pasteles? (quizá como los de la hermosa e impecable mesa navideña en Tampico): de calabaza, ruso, de miel, fresas con crema; ¿¡una rosca de Reyes «Maricú»!? También pudo haber estado repleta de tamales poblanos, oaxaqueños, yucatecos, chiapanecos, del Estado de México. Con esto de la tragonería y el gusto por paladear…           

¡Ah, jijo!, ¿disfraces? Desfilan plumas de faisán, ganso, avestruz, gallo, sintéticas, con o sin sombrero; también chalecos, pecheras, látigos y botas de cuero; por supuesto, briefs, tangas y suspensorios de piel de foca. Y ya con lo anterior no pueden faltar dos pares de coloridos tacones Stiletto —una pareja bailando tango—, Kitten o cuadrados. Aunque en una esquinita de la hielera azul, en una bolsa de terciopelo, podrían esconderse unos fantásticos Peep Toe, por aquello del caché y lo variopinto.

A menos que se tratara de animales exóticos y silenciosos —boa constrictor imperator, lagarto, tarántulas o tortuga gigante de las Galápagos—, las mascotas están descartadas.  

¿Múltiples y suculentos regalos que no estaban destinados a extraterrestres del cuarto contiguo?

Artefacto azul: espía, incógnita, tesoro, testigo, materia, y, en fin, actor principalísimo.

A big girl now

Dejó los caramelos Acuario, las guerras de chocolates See’s Candies ―aparecían bajo la almohada o dentro de las sábanas, en cajones o clósets―; también las Palelocas; los pirulís, que se alargaban a chupetadas, e incluso la barra de chocolate Ferback rellena de mazapán.

Después se escurrió por todos los rincones, quedándose pegada al cuarto más iluminado: la silla negra con ruedas, el archivero repleto de historia, el par de sillones que acogieron su último esfuerzo, la supuración próxima al final y el ulular de la sirena.

Al último echó en su mochila los números 8 y 9, y 4 y 5. Los mezcló, y en un instante creó una masa informe en su cerebro. Pudo distinguir café y azul, blanco y nublado, machete y raqueta, humo y soplido, letras y cartas; eso sí, las mismas manos.

Entonces logró darle forma, y construyó una imagen escindida, aunque el fuego nunca se extinguió.

Mujer una de las partes. Mochila al hombro, viaje en solitario, pero siempre azules y cafés.

¿Y la chiquilla? Sentada en su escondrijo, cabeza gacha, con un libro abierto entre las manos. Lagrimeaba sin parar; mojaba las hojas. Lo que no sabía era que acabaría sonriendo a costa de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.

Torbellino

Te puedo compartir mi experiencia, no más. Llámale fases, gama de sentimientos y sensaciones, camino al hoyo o como quieras. Sucede que te despiertas (en mi caso, la conexión con el mundo real es instantánea), te mueves un poco en la cama y empiezas a pensar antes de abrir los ojos. Hay temor, pero leve y manejable. Si tu cerebro se arranca como coche de Fórmula 1 cuando abres los ojos y decides levantarte, mal empezamos, porque entonces el circuito se llena de curvas y borra las rectas, donde se podría ver con claridad. Pero no solo no pasa eso, sino que te cuesta controlar el coche azul metálico con el número 3. Ahí, qué pena, ya le abriste la puerta al miedo. Y lo peor es que el riesgo al que te enfrentas ni siquiera existe. En este punto, como no hay nada real que debas afrontar, tu mente se bloquea y te preguntas qué rayos te pasa. Como la respuesta no llega (o no la dejas llegar), se cuela, como enredadera voraz, lo que para mí es ansiedad. Ya se juntaron el miedo y la ansiedad, así que tu coche es un trompo al que haces bailar a 300 kilómetros por hora. Adiós circuito, ya no hay curvas ni rectas. Todo lo domina la velocidad con la que pasan esos pensamientos inquietantes que tú formas uno detrás de otro, como cuando se hace una fila para que a la gente le sirvan sobras de comida en un plato asqueroso. El cucharón que avientan en tu plato ya trae angustia, o sea que el trompo gira tan rápido que ni te enteras de que no puedes respirar normal ni de que tu corazón da latigazos en tu pecho. Ahora se llama terror: cuando no ves, no oyes, no razonas, no haces… Estás petrificado, encerrado dentro de ti, e irremediablemente te vas al hoyo del que te he hablado tantas veces. Ese hoyo es pánico, incertidumbre, flacidez mental, impotencia, llanto, espuma. Bienvenido al negro.

Privilegio

Sombreros polvosos, sable, cuchillo y pistola; mi abuela, bella y altiva, vestida de azul en un retrato de Montenegro; cuatro camas individuales en una sola recámara, como las de los ositos; libros y más libros, repartidos en tres libreros; ocho equipales con su pequeña mesa de centro cayéndose a pedazos; gruesas vigas de madera, incorruptibles, en el cuarto principal; viejos títeres que cuelgan de una de las paredes de la cocina; la colección de platos, colocados uno a uno con alegría; dos coloridas botellas con canica; la chimenea que dio cuenta de buena parte de la historia Jiménez Perezcano, el patio donde durante tantos años hicimos deporte, la ventana redonda por la que me escabullo para ver la luna, rodearme de cerros y vigilar a las nubes, el prehistórico horno de microondas, la vegetación.

Ahí, en vez de claxonazos, ulular de ambulancias, mentadas de madre, pantallas luminosas y gritos, me topo con todos los tonos de verde: claros, oscuros, traslúcidos, combinados. También veo las flores anaranjadas de un tulipán africano, buganvilias de distintos colores, nochebuenas para las que llegó la hora de brotar; pájaros, colibríes, mariposas amarillas y blancas, chicharras…

vegetacion
Amatlán de Quetzalcóatl. Foto de la autora.

Es cierto que se cuelan los ruidos del repartidor de gas, los ladridos de perros alebrestados, el altavoz que informa a los habitantes del pueblo, mugidos, martillazos, pero no deja de ser un milagro que a poco más de una hora de la urbe de concreto dominada por el caos me encuentre con un paraíso donde desayuno inmersa en verdes aciruelados, troncos recios, piedras mohosas y luz vibrante, todo acariciado por la voz de la señora Callas.

¡Tantos recuerdos, tantos!: mi madre zambullida en agua helada, mi alberca oscura de 40 000 litros, Aline, las pozas, las mazorcas en el fuego, pérdidas, mis escapadas para correr bajo la lluvia, el mole y las tortillas echadas a mano, amores…

¿Qué haríamos sin memorias?

Él

Curioso como el más curioso de los niños, incansable y fuerte, capaz de estar bien aunque no lo esté, meticuloso, observador del pasado a través del trabajo de toda una vida.

Alguien que se fija en el movimiento de las alas de un ave, en la blancura o negrura de las nubes, en una palmera mecida por el viento, en la profundidad bella e incomprensible de Góngora, en el brote de una flor que morirá de noche, en los agujeritos de un burdo waffle, en las entrañas de sus lecturas, en cada persona necesitada que se cruza en su camino, en un zapato salpicado, en las manchas de su piel, en la cortina torrencial que presagia la tarde..

Lo lleva en los ojos: penetrantes, cansados, profundos, inquisitivos, vivarachos, mancillados, azules… De un azul pensante labrado en un tronco, azul, hecho a imagen de la belleza de cantera rosa de San Miguel Arcángel.

Tronco azul

Ciego… y Borges

Tigres, espejos, laberintos, rosas, ajedrez, jardines, tiempo: todo cupo en los eternos ojos de Jorge Luis Borges.

laberinto

¿De dónde la fuerza creadora del escritor ciego? ¿Quién ese dios humano que entregó al mundo más de siete días de luz, oscuridad, tierra, agua, fuego y aire?

Lo veía y lo imaginaba todo; quiero pensar que lo asía y le soplaba existencia.

Si de tigres, me anonada la mirada transparente de uno blanco;

si de espejos, recuerdo a la mujer que los horadaba a su paso;

si de laberintos, mi cabeza;

si de rosas, la de El Principito más que ninguna;

si de ajedrez, Bobby Fischer;

si de jardines, una alfombra verde para caminar descalza;

si de tiempo, ¡ése!, el que tenemos para erigir lo propio.

Pero aquí no traigo al Borges de «El golem», ni al de «El Aleph», ni al de «El espejo de los enigmas», ni al de «La biblioteca de Babel». Traigo, tan sólo, al que me acompaña este atardecer de abril:

«What can I hold you with? […]

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart;

I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat».

Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.

Mama sin acento

Fraternal sincronía: las hermanas, una en Estados Unidos y otra en México, se practican su mastografía anual.

Se llaman vía WhatsApp —aunque no lo crean, hay quienes todavía le dicen What’s up (¿?)— y platican sobre el cruel azote del Síndrome Premenstrual. A días de que la gringa aterrice en el D.F., tratan un par de temas: el franco vapuleo en campo de gules y la zozobra ante la aplanadora de senos.

Me tocó pasar por esa carnicería el lunes 9 de noviembre. Cuando inició el estudio, trago amargo —adiós a la pudorosa batita azul—, la amable técnica me indicó que no respirara.

¿Y cómo rayos voy a jalar aire si quedo paralizada por el dolor y la estupefacción?: observo una masa informe a la que manipulan cual  pedazo de carne de animal muerto.

La derecha es más brava y aguanta, pero la izquierda llora cuando queda hecha crepa entre las amenazantes planchas del mastógrafo.

—¿Y cómo le hacen con las mujeres que son más bien planas?

—Uy, es difícil para ellas y para nosotras. Tenemos que pescar el pezoncito y aplastar.

¡Madre de Dios, qué bueno que estoy bien dotada!

—¿Y las de los implantes?

—Nos piden diez tomas en vez de seis.

Para que sepan, a mí me hicieron ocho. Después me dirigí a la sala de espera: faltaba el ultrasonido.

En el ínter platiqué con una señora amable y alegrosa, sobreviviente de cáncer. Cuando la llamaron quedé frente a una oaxaqueña divorciada, simpática y elocuente. Me confiesó que ese mismo día tenía cita para que le pusieran botox, aunque canceló su sesión de toxina botulínica por considerar más importante el aplanamiento de chichis. La observo con sigilo, todavía sonríe y gesticula sin que la boca le llegue a las orejas y los ojos se le rasguen a pesar de no ser oriental.

Me reí mucho cuando me dijo que le daba pavor que sus implantes se desintegraran durante la mastografía: “Imagínate si se me ponchan”. Pues sí, gacho que quedara desinflada y se la llevaran directito a la plancha, sin su toxina.

Llegó la hora «ultra», que me practicaría la doctora Barois. Durante la prueba hice dos preguntas recurrentes:

—¿Todo bien?

—¿Es normal?

El lunes 16, una semana después de mi masto, recibí un mensaje de mi hermana en estos términos: “Me acaban de aplastar las chichis, pero estoy bien”. Me va a regañar por ventilar sus asuntos, pero ni que fuéramos las únicas mujeres cuya carne delantera se convierte en Tortilla Flat —clara referencia al título del libro de John Steinbeck— una vez al año.

Dadas las estadísticas del cáncer de mama, más vale que las jalen y estrujen mientras uno mira al techo, se medio tapa cuando solicitan un acomodo distinto y hasta se avienta a hacerle plática a la técnica, quien también considera que el procedimiento carece de lustre.

Abur.