Hablar sobre la fugacidad del tiempo acabará siendo un lugar común. Así mi 2023.
Jekemir, en la primera cuadra de Prado Norte, se volvió un lugar irreemplazable. El café también, gracias a Vladimir. Hoy, esa zona es un hervidero de gente al que se suma un ejército de guardaespaldas que conducen autos que simulan tanquetas.
Yo la recorría en bicicleta cuando los establecimientos todavía se podían contar con los dedos de las manos: el restaurante China Girl —de verdaderos chinos llegados de Asia—, la dulcería, los helados —La Michoacana, claro está—, flautas, tortas y aguas frescas La Delicia, y una farmacia, de esas donde había una máquina esquinada que por un peso revelaba el ídem.
Encuentros y reencuentros, ninguno casual. Personas que nos alegran y que empiezan a echar raíces en el trompo chillador que es la vida.
También hubo bajas, unas porque la muerte cercena el instante; otras, porque entendemos que el deseo de compartir no se fuerza.
La salud mental sigue hablándose en silencio. Yo la grito, lo cual no significa que sus redes me liberen.
Así las cosas, asado la casa —cada vez más pelona— y un nuevo ciclo —creo yo— para seguir creciendo.
Mis mejores deseos para quienes dejaron una pasada de ojos en las entretelas de algún retazo.
Los padres de Sam viven del campo. El hijo, desde que tiene uso de razón, recuerda a Peter y a Claire embebidos en una enorme alberca verde y blanca que cuidaban con ahínco, ayudados por cuatro migrantes: dos mexicanos, un guatemalteco y un salvadoreño.
Desde niño se acostumbró a las conversaciones sobre la tierra, las estaciones del año, las fases lunares, la irrigación, e incluso a sentir miedo si el frío arreciaba durante el invierno. Se acuerda bien de Claire, junto a la estufa, preparando café cerca de las cinco de la mañana para agarrar calor antes de iniciar otra jornada de trabajo.
Sus primos Mark y Jacob vivían en Chicago, una ciudad hecha y derecha, y una vez al año los mandaban a visitar a sus tíos. La verdad es que se quedaban fríos cuando platicaban con Sam acerca de Muleshoe, una ciudad al noroeste de Texas, en lo que se conoce como South Plains. Pobre pariente, debía aburrirse como ostra en medio de la nada y sin hermanos.
Pero a Sam le importaba un pepino, él disfrutaba de la compañía de Chupirul, como le decían a la hija de Gonzalo Arrieta, uno de los mexicanos que trabajaba con su papá: inventaban juegos, regaban plantitas, imaginaban encuentros con vaqueros para volverse héroes, y de paso se iban haciendo bilingües.
Ahora, profesor universitario en Estados Unidos, México y Perú, Sam recordaba su infancia con nostalgia. Muleshoe había sido un hervidero de sueños, de aprendizajes, de tierra fértil, e incluso de un amor infantil. Aquéllo le daría el equipaje suficiente para asomar las narices a la vida.
Peter tenía 65 años y Claire 63. Eran un par de agricultores fuertes, sanos, agradecidos con esa tierra texana que aprendieron a conquistar y a nutrir para preparar una vejez, por lo menos hasta ese momento, sin muchos sobresaltos.
Sam, después de tanta pregunta a la luz de las estrellas, de tanta madrugada en duermevela, de tanto contacto con los migrantes que vivían al día y de tanta charla profunda con Chupirul, daba clases de filosofía y organizaba seminarios con colegas que vivían en Suiza, Italia, Dinamarca y Turquía.
Esa cautivadora alberca verdiblanca, además de algodón, le había permitido imaginar más allá del horizonte: ¿quién era ese chico pueblerino que prefería pasar horas hablando español en vez de andar en bicicleta?, ¿quiénes eran los señores que desde pequeños se habían consagrado al poder de la tierra?, ¿por qué la noche tapaba al día?, ¿cuántas estrellas valía la pena mirar?, ¿por qué el agua salpicada de resolana era el mejor regalo? El chiste es que Samuel Carlson era todo un maestro, dedicado a la enseñanza y a la investigación.
Se despidió de Chupirul, su morenita flaca, cuando tenía 17 años. Tuvieron que pasar otros 17 para que se dejara cautivar por otra mujer. Afrah Bathich era de origen musulmán. Se conocieron en la Universidad Técnica de Estambul y empezaron a hacer migas con facilidad, a pesar de que a Sam le llevó tiempo olvidar los ojos negros, las costillas y el pelo rizado de su niña mexicana.
Afrah le dio el tiro de gracia el día en que después del seminario sobre valores humanos le plantó un beso en la mejilla y lo miró con sus ojos jalados, transparentes, y dulces como los dátiles.
Poco tiempo después, en su natal Muleshoe, Samuel y Afrah estuvieron por primera vez solos en un cuarto. Primero se sentaron sobre la cama, después se miraron, luego sonrieron, y finalmente se besaron. Después de toda la ternura dejada en ese beso, Sam preguntó:
—Are you wearing Gossypium hirsutum lingerie?
—Excuse me?!
—Just kidding, I just want to tell you that I love you.
Quedarme en la casa familiar, en la de mi infancia, me ha llenado la cabeza de recuerdos, sobre todo agradables.
Ahí estamos, jugando beisbol en la calle cuando todavía nos dábamos el lujo de anunciar a grito pelado que amenazaba un coooooche…
Me voy matando en mis patines o en mi bicla sin que mis padres tuvieran la más pálida idea de lo salvaje y arriesgada que era.
Ahí, en pandilla, volándonos paletas heladas de una farmacia en la que sólo nos podía delatar el ojo humano.
El frontón, donde aprendí a jugar, donde dejé rodilla y tendón de Aquiles, donde disfruté de tantos partidos y partidas de madre.
Las carreritas que nos echábamos mi papá y yo, aquél con gesto ambivalente la primera vez que le gané.
Doña Trini, la señora con personalidad que se picaba el ombligo con mi madre, entre otras cosas porque adoraba a Inés (mi segunda hermana, paralítica cerebral, quien murió antes de cumplir los seis años) y porque mientras filosofaban succionaba con fruición sus cigarrillos Salem. Ella, con el jesús en la boca, pudo articular un “ave maría” cuando me vio caer del techo de asbesto que cubría el lavadero.
Ahí mi queridísima Sami —mujer leal, juguetona y analfabeta que nos regaló 25 años de su vida—, con sus “casadillas” (quesadillas), sus “espantasmas” (fantasmas), su dientista (¡eso es lógica pura!), su “l’eromita” (el aromita) y su “cadi quen” (cada quién).
Mi cancha de basket,dondepasé tantas tardes sin preocuparme por hacer la tarea…
El planchador, mi escondite predilecto para hacer valer el mal de perrera.
Mis festejos de cumpleaños precisamente en la temporada en que a mi papá se le ocurría abonar el pasto.
El árbol torcido donde me encaramé años y años para platicar, comer, reír, llorar e intentar resolver el mundo con mi primera amiga.
La «casa de los chinos” —¿por qué le habremos puesto así a una banqueta con círculos?—, el «camioncito azul” —bicicleta en la que Aline pasaba por mí para dar el rol—, “la casa del cerdo” —forma irreverente de referirnos a una tienda de deportes cuya vendedora era gorda—. Pobre mujer, ¡si hubiera sospechado que unas escuinclas decían: “Nos vemos en 10 minutos en la casa del cerdo”!
Ahí la hermana que salía de «reven», se desmaquillaba, se ponía el piyama y abría la puerta de mi cuarto dizque con sigilo para pedirme que le hiciera un huequito. Yo accedía porque la quiero y porque no quería que el miedo le quitara lo enfiestado; además, aunque tengamos 65 y 67 años, a ella siempre le haré espacio en mi cama, con mayor razón ahora que no son individuales.
Mis cenas opíparas después de hacer deporte… cual heliogábalo, podía comer seis salchichas rojas (eran Fud), dos o tres quesadillas y un plato de cereal. Ya no me cabe lo mismo, pero me niego a ser de las mujeres que comen como pajarito porque viven cuidando la línea o porque les da pena.
Éramos adolescentes sin prisa, sin celulares, sin FB, sin #tecnoreuniones de café, sin la vida periscopeada y tuiteada en instantáneas y acaso con una computadora Texas Instruments. En fin, nos distraían asuntos más tangibles; y lo mejor: podíamos sentirnos seguros y libres para conquistar la calle.
En estricto sentido, éste podría ser el retrato de quien escribe este blog:
Razones estéticas y de salud promueven que no me abandone al placer de la gula, además juega a mi favor el hecho de que me gusta hacer ejercicio. Por cierto, coincido con José Fuentes Mares en que la gula no es un pecado, así que permanezcamos en santa paz.
Lo que les voy a confesar lo asocio más con mi época de preparatoriana, en buena medida porque SANA MENTE decidí que el mecanismo de defensa para evitar el contacto con el dolor sería enloquecer entre pelotas de basquetbol, ruedas de patines, llantas de bicicleta, raquetas, brazadas…
Las raquetas fueron utilísimas para golpear una pelota con todas mis fuerzas y liberar algo del coraje y la angustia que llevaba cosidos a mi piel. En fin, lo dicho lleva cuerda para otro retazo.
He aquí la confesión: me acuesto pensando en lo que voy a desayunar, durante la mañana alimento expectativas respecto a lo que voy a comer y conforme cae la noche pienso en lo que más se me antoja para cenar.
La comida nocturna es la que más disfruto, la que prende la chispa de una pasarela cerebral por la que desfilan quesadillas, tacos, carne de cerdo como la que guisa doña P (¡cueritos!), sobras benditas que a fuerza de tiempo agarran sabor… Aunque mi debilidad se dice queso, queso y muuchoooo queso.
¡Díganme que no se les antoja! Conozco a una persona que sí peca, peca porque odia el queso en todas sus presentaciones. ¡Necia de mí, sigo ofreciéndole el manjar sabiendo que la única respuesta posible es un rotundo NO! ¿Por qué me niego a aceptar la idea de que exista un ente sobre esta Tierra que deteste el queso? Porque eso sí es un crimen.
El hecho es que amo comer, adoro conocer nuevos restaurantes y platillos, me encandila el nimio esfuerzo mental con el que perfilo molito, frijol con puerco, pollo Kung Pao, filete a la pimienta negra, fideo seco al chipotle, fetuccini Alfredo, guacamole, chiles en nogada, crema de tomate, pan recién horneado, chilaquiles o pizza 25 quesos…
La lista es interminable, pero el estómago y la piel humanos se expanden en proporción directa a la cantidad de fruta que le echemos a la piñata, ¡qué desilusión!
Estoy cierta de que si me encontrara al genio de la lámpara maravillosa y me concediera un deseo le pediría, sin titubear, satisfacer todos mis antojos gastronómicos y verme siempre como sílfide, es decir, tragar como cerdo y conservar la forma de espíritu aéreo.
Nanai, esa gente es poquísima y seguramente la escogieron a puro «dedazo» en el Paraíso terrenal. Ante tan infausto comportamiento solo me queda infundirles la certeza (me conviene) de que comer no es asunto de confesionario.
Ya lo decía Fuentes Mares:
“Las exigencias del nuevo paladar, acicateado por la gula, hinchó velas y templó voluntades, gobernó timones y enfiló proas hacia tierras exóticas de cortezas perfumadas, de minúsculas semillas que consumaban el milagro de que la mesa de un burgués pudiera ser tan suculenta como la de un rey”.
—Ya fue mucha lana, ¿no?
—Ei.
—Mejor cancelamos ese tour, ¿estás de acuerdo?
—Yo no tengo bronca, el cuate de las conferencias dijo que Patmos es un lugar en el que fácilmente se puede caminar.
—Órale, entonces déjame llamar a Christine.
Así que decidimos lanzarnos solapas. Literal, a ver por dónde nos llevaba la isla, porque en cualquier lugar dio exactamente lo mismo que a mi hermana y a mí nos regalaran un mapa con puntos y rayitas para que no nos perdiéramos. Dábamos las gracias (en Turquía ya me aventaba mi Teşekkür ederim) con una inclinación de cabeza, salíamos —del hotel o del barco—, nos lanzábamos una mirada sospechosista y…
—¿Entendiste algo?
—Nada, ¿tú?
¡Dioses! ¿De quién heredamos el nulo sentido de la orientación? Ahí quedaba el mapa, tristeando, desperdiciado, deseoso de que lo vieran otros ojos, ávido de que alguien interpretara su geografía.
—No importa, hija, a ver quién nos dice cómo llegamos al monasterio de San Juan.
Caminando por la pequeña isla nos encontramos a nuestros amigos colombianos, habían alquilado una moto para subir hasta el punto más alto, más de 260 metros sobre el nivel del mar.
A nosotras nos vieron la cara, mi hermana dio su licencia para conducir y le dijeron que necesitaba una internacional. ¿Cuál es ésa?
—Oye, ¿y si rentamos unas bicis? —pensé que me iba a mandar por un tubo.
—¡Sale, qué buena idea! (cara de incredulidad y gozo interno)
Empezamos a pedalear, si habíamos llegado hasta Grecia mínimo teníamos que ver el monasterio. Carretera sinuosa y empinada, más fría conforme se nos achicaba —por más pequeño— y engrandecía —por más bello— el paisaje.
Íbamos a buen ritmo, solo en algunos tramos tuve que esperarla, cargaba un bolsón en el que además yo metía bloqueador, botella de agua, estuche de lentes de sol, todo lo que no me cabía en una micro carterita con dinero en efectivo y una tarjeta de crédito.
—¿Oye vas bien con esa bolsa?, ¡pesa horrores!
—Ay, sí, está fantástica, le cabe todo (mujer de bolso gigante, sin dolor de espalda ni articulaciones, que en algún momento cargó hijos)
Veíamos más cerca la cima, nos animábamos mutuamente:
—Órale, güey, ¡ya casi llegamos!
Sudábamos como orangutanes (¿sudan?), más ella que yo. En el viaje descubrí que hasta charquito deja, guácala. Y es que cada vez que dormía la mona salía disparada al gimnasio y le pegaba al ejercicio hasta sentir que había quemado todo residuo de vino tinto o de Baileys.
¡Sorpresa, llegamos hasta arriba! La hermana mexicana, yo, temía por la seguridad de las bicicletas, acostumbrada a la benignidad del Defe. Imagínense, robos en una isla remota del mar Egeo. Me tranquilizó un señor que nos dijo que no pasaba nada, que las dejáramos donde quisiéramos.
Los pasajeros que sí tomaron el tour nos entronizaron… Guau, las sisters del barco habían llegado en bicla, ¡hasta que nos mataron el gallo unas gringas zafadas que subieron caminando! Shit.
Y otra maravilla: los ortodoxos griegos estaban a punto de cerrar el monasterio y nos veían con cara de “píntense de colores, la hora de visita terminó”.
—Vas, hija, ¡toma las fotos que puedas, bastantes kilitos le echamos a la subida! Emprendamos el retache, ¿te late?
—Pérame, mira estas cositas, quiero comprarle algo a mi suegra (unas casitas lindas, lo demás pura chuchería. [¡Respeta a tu prójima!]) Llévale algo a “Rejas”, ella es más religiosa, ¿no?
El tendejón que le gustó a mi hermana, desolado…
—¿Eso qué tiene que ver? Aquí no voy a comprar nada.
—Ayyyy, ¿por qué?
—Porque no.
—Qué chafa.
Preparamos el regreso, aunque antes hicimos stop en una tienda muy padre, llena de objetos originales y trabajados con pasión.
A darle, qué lujo sentir la velocidad, el viento golpeando mi cara, frío, abajo el mar y el pequeño pueblo donde se dice que Juan de Patmos o el Apokaleta recibió la revelación de Jesucristo.
—¡Déjate ir, no frenes todo el tiempo!
Hoy le agradezco a don Juan que no me haya hecho caso, mujer prudente… De tanto en tanto me paraba para esperarla, tardaba entre cinco y 10 segundos. Esta vez no bajaba. Como los humanos tendemos a pensar de manera positiva (¿me estoy balconeando?) la imaginé embarrada, atropellada, desmembrada, aplastada. Ay, Dios, ¡qué angustia!
Grité. Nada. No bajaba. Voy de vuelta, con recelo y miedo. La encontré parada, con bicicleta erguida.
—¿¡Qué pasó!?
—Me caí. Auch.
—¿Qué te duele, güey?
Me señaló rodillas, muslos, hombro… Mi experiencia en cirugías ortopédicas es cuantiosa, así que le di indicaciones: dobla y estira, gira, sube y baja. ¡Lo podía hacer!
—No maches, hija, ¡qué guayabazo! Si esto me hubiera pasado a mí… Eres fuerte y aguantadora. Debe dolerte un friego, y espérate a que se enfríe el golpe. ¿Puedes bajar?
—Sí, mi virgencita me cuidó (p’a su mecha, ¡vaya que le había echado un ojo!)
—Bueno, vete despacito, solo con el vuelo y frenando todo el tiempo (ahora sí recomendé prudencia. Niño ahogado…)
Entregamos las bicicletas.
La plaza principal de Patmos, isla en la que pululan las motos.
Después del susto decidí beberme una Mythos…
¡Me supo a gloria!
Esa noche me dejó sobarla, después de explicarle que en esos golpes se queda harta sangre acumulada. Al poco rato sus muslos y rodillas se pusieron negruzcos.
Bendita virgen y bienaventurados juanes, el de Patmos, el Evangelista, el Presbítero y el Apóstol.
Toca a ustedes averiguar si realmente son la misma persona.