Recurrencias

¡Paf!, pegarse siempre en el mismito punto de una rodilla. ¡Chin!, quedar corta en cada vuelta de campana y perder velocidad. ¡Aaaaaaaaaa!, pisar caca de perro con extrema regularidad. ¡Mocos!, resbalar en los pasillos de las tiendas donde hay un triángulo amarillo en el que se lee «wet floor». En fin, tropezarse con la misma piedra.

wet-floor

Y así es la cotidianidad… Frases y expresiones que no sirven para nada, pero que ahí están, incisivas, malolientes, inútiles: “Ya es tarde” (¿¡para qué!?); no voy a ver la serie que me recomendaron porque me pico (¿¡qué más da!?); qué monserga ir al cine cuando las salas empiezan a llenarse (¿¡por qué!?, ¿¡de quién es esa voz!?); levantarse más tarde los fines de semana (¿¡cómo, si hay que aprovechar el tiempo!?); empezar a ver una película después de las diez de la noche (¿¡qué!?, ¿a qué hora me iré a dormir?); salir un viernes (¿cómo, si hay mucha gente y todo va a estar atascado?); ir al teatro (what?, ¡qué súper hueva hacer cola para comprar boletos!)…

¿Qué escucho en mi cabeza que no me pertenece? Es la paranoia aprendida que cada día de mi vida hace que cargue un morral con una bola de chunches que me estorban para abrirme al cielo, para comerme las estrellas, para saborear el sol, para abrazar el aire, para entrar en una tienda con el ánimo de hallar algo para mí, para darme cuenta de que merezco levantarme más tarde, divertirme, gustarme, reírme, disfrutarme, apapacharme, tenerme paciencia, aceptarme, entenderme, distraerme.

La solemnidad, poco a poco, con trabajo y con tesón, tiene que ir combinándose con la posibilidad de gozar, de darme permiso y de ser yo con más frecuencia: porque soy simpática, amable, juguetona, cariñosa, querendona, valiente y… una guerrera empedernida.

 

Wimbledon 2015

Una meta: ir al torneo de tenis de Wimbledon, mi Grand Slam predilecto. Tendría que comprar los boletos con más de un año de anticipación y de preferencia a nivel de cancha (¿¡se imaginan el costo!?), de otra manera moveré la cabeza de un lado a otro sin saber dónde está la pelota amarilla peludita que se me esconde punto tras punto, entre los trallazos de los mejores jugadores del mundo.

pelota tenis

Serena ganó su vigésimo segundo título este 2015; lloré como si fuera la flamante receptora del trofeo. Me hubiera encantado resbalarme en la arcilla de Roland Garros, deshacerme las rodillas en las pistas duras de Australia y Nueva York, y pelearme con la hierba deteriorada del torneo más emblemático del año, el que exige que los jugadores se vistan de blanco: Wimbledon.

Y mañana Su Majestad Roger Federer —dandy del tenis, único hombre a quien le cargaría sus raquetas durante tres minutos— para disputar la final masculina contra Novak Djokovic, Nole, números uno y dos del mundo, respectivamente.

¿Erré la profesión? ¡A saber! La vida me ha encaminado más por el rumbo del «puedo» y menos por el «quiero»; además mi luxación congénita de cadera, de acuerdo con Belloc —médico que me operó alrededor de los dos años— me impediría consagrar mi existencia al deporte profesional.

Vibro con enjundia desmedida, a tal grado que mis vecinos deben pensar que sufro crisis de desquiciamiento. Desde mi buhardilla en un cuarto piso se oyen, en este caso muy a la inglesa, múltiples y sonoros Yes, yes, yes! Puño cerrado y fuerte como si yo fuera la protagonista, aunque dudo que pudiera contestar un saque de Miss Williams, quien se da el lujo de bombardear a su contrincante con servicios de hasta 200 kilómetros por hora —ay, güey.

¡Hermoso!
¡Hermoso!

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Mi deseo es que gane Roger, El Genio de Basilea —nótese mi cercanía con él—; estoy segura de que si juega como ayer en la semifinal contra el para mí insufrible escocés Andy Murray —caray, no me ha hecho nada— puede ganarle a Nole y conquistar su octavo título en la Catedral del tenis: Wimbledon, el campeonato más antiguo y prestigioso del mundo.

Mañana sabré si festejo con una cerveza ¿suiza?

corcholata

Hasta pronto...
Hasta pronto…