Cambio

En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.

De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.

Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.

Tauromaquia

Son treinta años; en treinta años pasa todo, hasta la muerte arrasadora que aún no pasa. Se dice fácil, pero la esperanza de vida en el Paleolítico superior o en la Edad de Bronce era de poco más de tres décadas.

Y en un lapso de treinta años sucede que se destruye una vida, se experimenta la independencia, se ve crecer a los sobrinos, envejecer a los padres, morir a los hijos, cambiar a las generaciones y descubrir que somos los mismos de siempre: nacemos, morimos, reímos, lloramos, lastimamos, matamos, amamos, sufrimos, perdemos, respiramos.

https://es.wikipedia.org/wiki/Esperanza_de_vida

Él y ella siguen respirando, por eso inician su escaramuza valiéndose de la tecnología: carteos y aclaraciones vía e-mail.

La una que con vehemencia y coraje inclina la cabeza para enterrar sus filosos pitones en el pecho de el uno; el otro que recibe la cornada sabiendo que lo único que puede hacer es citar con la muleta y aguantar los pases, los embates de quien se disfraza de toro de lidia cuando está cierta de que en ese instante sólo es un becerro.

toro

Lo conocido para ella es ocultarse tras las barreras; imagino que lo conocido para él es traer el rabo entre las patas y saber que ninguna multitud ondeará un pañuelo blanco para concederle ni siquiera una oreja.

Ella está ensangrentada, y no me atrevo a pensar en que en cerca de 11,000 días él se haya librado de la persecución de un charco escarlata.

¿Siente ya en el morrillo el dolor de los tres pares de banderillas?, ¿se doblega ante ella dando en tierra con sus patas delanteras? En el fondo no quiere verlo derrumbarse ni lo va a descabellar con una herida en la cerviz.

Como la danza suprema de Hermoso de Mendoza; frente a frente, chocarán sus ojos: la mirada será incierta, de incrédulo reconocimiento, de ausencia cosida al pelaje.

A pesar del tiempo, la sangre del becerro herido es la misma que la del animal exhausto que brama por su indulto… con el rabo entre las patas.

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Hasta pronto.