Morder el anzuelo

Leo que Heinrich von Kleist (siglo XVIII) fue poeta, dramaturgo, novelista y escritor de historias cortas. También que se suicidó a los 34 años. Y no solo eso, sino que antes de dispararse mató a Adolfine Vogel, su compañera y musa, quien padecía un cáncer en fase avanzada. Tétrico, ¿verdad? Repito mi pregunta: ¿qué rayos experimentó para apostar por lo desconocido? Porque, ¿qué es la muerte?, ¿a dónde vamos a dar?, ¿acaso es algo peor que este recorrido «consciente»? Siempre he pensado que cuando morimos, de alguna manera somos testigos de lo que pasa en el mundo de los vivos. Pero esas son mis loqueras…

¿Kleist estaba deprimido e inmerso en la melancolía? Yo creería que sí. De otra manera, ¿¡cómo?! ¿Qué era la depresión para este autor alemán? Ya dije que para William Styron, creador de La decisión de Sophie, era darse de bruces con la oscuridad y estar envuelto en la negrura. ¿Y para mí? Sin rodeos: si muerdes el anzuelo afilado y sangrante de la depresión estás muerto en vida.

Revoltijo

¿Qué estado de ánimo predomina hoy? Es una mezcla de tristeza y desilusión. Digamos que la segunda es causa de la primera. Pero este sentimiento no nace de mis cavernas  melancólicas, sino de algo más palpable y concreto. También lo puedo llamar dolor, nada más que ahora sí sé de dónde viene.

Lo desesperante (diría que hasta enloquecedor) es no saber qué pasa cuando nos vamos de bruces al agujero negro, ¿no creen? Revoltijo de química cerebral, genética y personalidad, que en mi caso equivale a un revoltijo pernicioso. Y testarudo, y persistente… y proclive al «aquí me ‘repego’ contigo».