Just today

¿Cumplí con las indicaciones de mi médico? Hace rato, cuando fui a sacar un chocolate de la alacena, me lo preguntó Gloria.

A ver, palomita a cocteles diurno y nocturno. También hice ejercicio, 10 minutos más de lo que tenía planeado. (Desde chica, el deporte implicaba desconectarme; era la única actividad que funcionaba como pared entre mis pensamientos y yo. De otra manera los tenía como moscas revoloteando alrededor de mi cabeza, siempre en círculos, siempre una, grande y fea, seguida de varias, espantosas.)

La levantada de la cama, mal, porque me desperté a las 8 y me paré 55 minutos después. Socialicé, así que me agencio otra paloma. Respecto a la comida mediterránea y los granos, tache. Solo que alguien cocinara para mí, pero antes fumigada que con un invasor de mi espacio.

O sea que, querida Gloria, si con tu pregunta pensaste en ponerme un cuatro ―sueles hacerlo―, ¡te falló!

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.

Autophobophobia

 

―Anda, Filo, dime qué te pasa.

―Ay, Luis, es que puede ser como una pesadilla.

―Por eso, ¡escúpela!

―Mira, es que en este espacio queda poco oxígeno; además, caben derrotas inexistentes, puertas cerradas, pensamientos incisivos, muros inútiles, bocas secas.

―Quiero entender, pero no es fácil. De repente te veo sola, la mirada fija, lejos, como en una suerte de fortaleza en la que solo cabes tú. ¿Hay alguien que pueda entrar? Es como si no estuvieras.

―Estoy y no estoy.

―¡Ay, Filomena, no me gusta que me compliques las cosas!

―A ver, Luis, ¿alguna vez has sentido miedo?

―Por supuesto, Filo, no soy una creación de Marvel.

―Pero a ver, ¿miedo a qué?

―Miedo a que me muerda el perro de la vecina, a que mis papás se den color de que fumo mota, a que Marisol me truene, a que me destripen en el metro…

―Tus miedos son concretos, Luis, están puestos en la realidad.

―¿De qué me hablas, Filo, los tuyos en dónde están?

―Muy adentro en mi cabeza, Luis. Estoy cada vez más consciente de que le tengo miedo al miedo.

―¡¿Cómo miedo al miedo?! A ver, ¿te asustas de tener miedo y eso hace que no estés?

―Es que si no hay algo afuera que realmente me amenace significa que está dentro de mí, ¿no?

―Psss… sí.

―Luis, estamos hablando de algo intangible. Tan intangible como la sangre del Cristo que pintó mamá.

―¿Y cómo lo haces tangible?

―Así, contándotelo a ti. Y después, si me atrevo, vaciándome toda en un papel.

Inconsútil

La había visto un par de veces en mi vida cuando tenía como siete años, pero de habladas todos coincidían en que la tía Lucha estaba zafada.

Vivía en Altar, Sonora, sola y su alma. Su única compañía era un perro chamagoso que se pasaba buena parte del día aullándole a Chacho, el perico tuerto del vecino, cuyo repertorio de palabras era más bien pobre: “loca”, “mijo” y “cochino”.

La gente de la villa tenía sus teorías: Lucha estaba chalada porque el tío Pelos, en una de sus múltiples borracheras, le había roto una botella de Bacardi blanco en la cabeza; otros decían que la tía había perdido el juicio debido a un golpe de calor: el maldito perro se había escapado, y ella había corrido desesperada por el Gran Desierto de Altar. Algunos más decían que la había abandonado un hombre blanco y esbelto, de ojo azul y pelo rojo, adicto a pronunciar un par de palabras que la metían en otro tipo de locura: Fuck you.

bacardi

La verdad es que esa pobre mujer no le hacía mal a nadie; los habitantes de Altar ya estaban acostumbrados a que Lucha se enfundara una sábana blanca descosida y caminara con las palmas de la mano hacia arriba diciendo que el mismísimo Jesucristo le había mandado su túnica para que les hiciera el favor a los hombres de buena voluntad.

Por supuesto, ellos aprovechaban el ofrecimiento de la lavada de pies, sobre todo después de arduas jornadas laborales; a ellas, en cambio, las ponía de pésimo humor que Lucha no fuera solidaria con su género.

Los que sufrían un poco eran los niños, ¡menudo susto el que se llevaban al ver a Jesucristo vestido y en movimiento, cuando estaban acostumbrados a verlo casi desnudo y clavado en una cruz!

Algunos chavales menos aprehensivos miraban con el rabillo del ojo y decían: “Es la loca de Lucha”, pero cuando la chiquilla de Antonino se topaba con ella empezaba a lloriquear y se jalaba las trenzas. Su madre, hecha un veneno, agarraba a la niña de la mano y la metía en la iglesia: “Mira, hija, mira, ¡éste es Jesucristo; así, sin túnica, sin cubeta ni jerga! Hazte a la idea de que el mundo está lleno de lunáticos”. “¿Lunáticos, mamá?”. “Sí, hombre, sí, ¡así se ponen cuando la luna brilla mucho y les lastima los ojos!”.

Pobre tía Lucha… Estábamos a punto de hacer el viaje para visitarla cuando nos dijeron que había muerto: ella y el Cristo sangrante de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe habían protagonizado un duelo a muerte.

Firulín firulete

Mi abuelo dice que los demonios desaparecen durante el día y salen en la noche, sobre todo cuando no se ven bien las estrellas, pero yo no le creo, porque los míos andan rondando todo el tiempo. Cuando camino a la escuela se me aparecen monjas con cuernos, cuando mi mamá está en la cocina, aunque las ollas no la desnuquen, veo cómo se balancean sobre su cabeza, y, por si fuera poco, en la milpa me persiguen millones de muciélagos. Ah, también al toro lo veo sin rabo y a las gallinas pastando.

Mi abuelo es mentiroso. Cuando era niño me contaba que había ido a la luna y se había columpiado en una nube acolchonada. También me decía que la primera vez que fue al mar había mordido a un tiburón, y que una noche en la cantina había desafiado al matón de matones del pueblo.

Mi hermana lo adoraba, para ella el abuelo era un pequeño dios, un tipo que la dejaba jalarle la barba, un loco que bebía aguardiente y aullaba igualito que los perros de por ahí, un hombre que le hacía broches de libélulas, que le ponía cascabeles en los calcetines y que le tejía bufandas con chaquiras brillantes.

Eso la había hecho la niña más feliz, la más vista, la más sonriente, la más coqueta y la más dulce. Pasó el tiempo y el abuelo se fue apagando; conforme perdía su brillo, ella se hacía más consciente de las burlas de sus compañeros de clase: ¡lo que usaba mi hermana era tan feo y de mal gusto!

El abuelo murió. Lo enterramos en el panteoncito junto a mi abuela. Sentimos tristeza, sí, pero vimos a mi hermana tan orgullosa de sus calcetines con cascabeles que ese día supimos que la magia del abuelo la había hecho inmune a las envidias de la vida.

 

Manía…tada

¿Que soy una maniática?, ¿que estoy llena de manías? Ok, concedido, pero puedo jactarme de que no daño a nadie más que a mí misma.

¡Que qué mañosa! Bueno, si nos vamos por el lado de habilidad manual (lo asocio con pintar, tejer, coser, envolver), no soy muy habilidosa, así que quizá me conviene adecuarme a una definición que según la RAE está en desuso: «Manera o modo de hacer algo». Nos aplica a todos, ¿no? ¿Quién no tiene su manera de comer, de hablar, de caminar, de dormir, de rezar?

A ver, mi modo de hacer huevos revueltos es parecido al de mi madre, aunque reconozco que ella tenía un don para que le quedaran esponjosos. Mi manera de leer, «papaloteante», no se parece en nada a la de mi padre, que no se inmuta aunque le vuele una mosca en el trayecto del libro a los anteojos. Mi forma de mirar, más de bulto, nada tiene que ver con el escaneo de mis familiares cada vez que alguien se les pone enfrente: ya le vieron el pelo en la barbilla, la lonja que descansa sobre el cinturón, la ceja rebelde, la nalga caída, el prendedor verde, la nueva mancha en la cara.

mosca

El hecho, contundente, irrefutable, innegable, consumado, sobado, es que las manías, las mañas, los gatos en la panza, las locuras, los altibajos y las rarezas que se perciben desde fuera son cosa de nada comparados con lo que sabe y siente la cabeza que los lleva dentro, una cabeza que jamás será comprendida ni habitada por otro ser humano.

No hay dobles. Lo único doble es el esfuerzo que a veces tenemos que hacer para convivir con lo que nadie más sabe ni sabrá que existe dentro, muy dentro de la ficticia cordura de los molinos de viento.

Recurrencias

¡Paf!, pegarse siempre en el mismito punto de una rodilla. ¡Chin!, quedar corta en cada vuelta de campana y perder velocidad. ¡Aaaaaaaaaa!, pisar caca de perro con extrema regularidad. ¡Mocos!, resbalar en los pasillos de las tiendas donde hay un triángulo amarillo en el que se lee «wet floor». En fin, tropezarse con la misma piedra.

wet-floor

Y así es la cotidianidad… Frases y expresiones que no sirven para nada, pero que ahí están, incisivas, malolientes, inútiles: “Ya es tarde” (¿¡para qué!?); no voy a ver la serie que me recomendaron porque me pico (¿¡qué más da!?); qué monserga ir al cine cuando las salas empiezan a llenarse (¿¡por qué!?, ¿¡de quién es esa voz!?); levantarse más tarde los fines de semana (¿¡cómo, si hay que aprovechar el tiempo!?); empezar a ver una película después de las diez de la noche (¿¡qué!?, ¿a qué hora me iré a dormir?); salir un viernes (¿cómo, si hay mucha gente y todo va a estar atascado?); ir al teatro (what?, ¡qué súper hueva hacer cola para comprar boletos!)…

¿Qué escucho en mi cabeza que no me pertenece? Es la paranoia aprendida que cada día de mi vida hace que cargue un morral con una bola de chunches que me estorban para abrirme al cielo, para comerme las estrellas, para saborear el sol, para abrazar el aire, para entrar en una tienda con el ánimo de hallar algo para mí, para darme cuenta de que merezco levantarme más tarde, divertirme, gustarme, reírme, disfrutarme, apapacharme, tenerme paciencia, aceptarme, entenderme, distraerme.

La solemnidad, poco a poco, con trabajo y con tesón, tiene que ir combinándose con la posibilidad de gozar, de darme permiso y de ser yo con más frecuencia: porque soy simpática, amable, juguetona, cariñosa, querendona, valiente y… una guerrera empedernida.

 

Nunca digas de esta agua no beberé

«Otro mundo en hora y media: conduzca con precaución». En ese lugar la gente cuida de su aspecto y hasta diría que se esmera por verse elegante.

Pasé la Navidad de 2012 en San Francisco y, como hubiera dicho mi madre, me sentí “chinche” vestida con ropa inadecuada para afrontar el frío, la lluvia y el viento; en pocas palabras, mi estancia en esa hermosa ciudad se caracterizó por la facha (tal vez exagero un poco).

Golden gate

Foto de la autora

Además, llevaba harto peso en mi costal: la muerte de mi madre, su cumpleaños el 20 de diciembre y el distanciamiento con mi hermana. Suficiente para exacerbar mi tendencia a la obsesión.

Fue un viaje lindo. La pasé bien y comí rico, pero me persiguió la idea fija del enfriamiento y la consecuente gripe. Supongo que tanta aprehensión provocó que el día de mi regreso azotara cerca de las escaleras para bajar al metro. Por supuesto, las llamadas ANTs (automatic negative thoughts) se apoderaron de mi buen juicio: juré que la consecuencia del guayabazo me llevaría a la plancha de un quirófano.

OCD

El rollo anterior nada más fue un pretexto para hablar de la diferencia entre San Pancho y Gilroy, la ciudad donde vive mi sis hace 16 años.

Nunca imaginé tamaño atrevimiento, máxime que en alguno de mis retazos lo critiqué con sorna y ñaca ñaca (recuerdo que así hacían las brujitas de las historietas de La pequeña Lulú. Acabo de leer que el personaje fue creado por Marjorie Henderson Buell, Marge, en 1935): caminé, cabeza gacha, en el conjunto comercial, armada con mis flip flops; mi hermana y yo “flopeando” al ritmo de la naquez.

flip_flops.png
Idénticas a las del mencionado retazo 

Me sentía la mujer más desaliñada de la Capital Mundial del Ajo, hasta que me di cuenta de que el bicho raro era yo. En general, las personas con quienes me topé chancleaban muy orondas con sus «zapatillas ‘veraniegas'»: calzado de plástico, hule o algún otro material, en ocasiones con horrendas y cursis piedritas.

Cada quien su vida, me cae, pero el colmo de la fodonguez fue ver empiyamados con cara de “qué a todo dar es mi cotidianidad en Gilroy”. ¡Y cómo no, si se levantan de la cama con pelos de almohadazo y se trepan al coche!

piyama
Peor que el almohadazo…

No me precio de andar a la moda y confieso que me encanta vestir cómoda, ¡pero hay límites!

¿Acaso estoy démodé? ¿Me inmiscuyo en la vida de mi prójimo? Quizá… Prometo pensarlo sin hormigas asesinas (ANTs).

Lo que es un hecho es que jamás saldré a la calle en piyama —salvo que se trate de una urgencia—, y que nada más presumiré mis flip flops cuando haga calor y cuando esté en un lugar en el que “flopear”, estar gordo, fachoso y lleno de tatuajes es lo in.

Hasta… junio.

Ciego… y Borges

Tigres, espejos, laberintos, rosas, ajedrez, jardines, tiempo: todo cupo en los eternos ojos de Jorge Luis Borges.

laberinto

¿De dónde la fuerza creadora del escritor ciego? ¿Quién ese dios humano que entregó al mundo más de siete días de luz, oscuridad, tierra, agua, fuego y aire?

Lo veía y lo imaginaba todo; quiero pensar que lo asía y le soplaba existencia.

Si de tigres, me anonada la mirada transparente de uno blanco;

si de espejos, recuerdo a la mujer que los horadaba a su paso;

si de laberintos, mi cabeza;

si de rosas, la de El Principito más que ninguna;

si de ajedrez, Bobby Fischer;

si de jardines, una alfombra verde para caminar descalza;

si de tiempo, ¡ése!, el que tenemos para erigir lo propio.

Pero aquí no traigo al Borges de «El golem», ni al de «El Aleph», ni al de «El espejo de los enigmas», ni al de «La biblioteca de Babel». Traigo, tan sólo, al que me acompaña este atardecer de abril:

«What can I hold you with? […]

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart;

I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat».

Ciencia pura

Su súper poder desfallecía, como el de Popeye sin espinacas.

popeye

Lo probé una y otra vez: en un cubierto, en el teclado de la computadora, en una servilleta: nada. Tenía que reemplazar mi pequeña fuente de diversión: una cajita redonda cuyo contenido espolvoreaba con unas pinzas, de las que se usan para sacar cejas.

Había que hacer el último intento, comprobar científicamente que ya no surtía efecto y que necesitaba una nueva arma secreta. Preparé el terreno —cuarto de baño: escusado—, imaginé a mi víctima —sólo una posibilidad— y luego desaparecí como si nada hubiera sucedido, lingui lilingui.

Como de costumbre, bajé a pelotear —hoy dizque se «pelotean» las ideas— en mi menos de media cancha de básquet donde todas las tardes me entretenía mientras practicaba diversos tiros e ideaba un encontronazo deportivo entre mis jugadores favoritos y los de menor querencia, todos representados por mí.

¿Tarea?, ¡cuál! Primero estaba mi fuga, mi juego, mi competencia interna; la única posibilidad que tenía para escapar del torbellino que desparramaba sillas, burós, espejos, camas, mesas y cuanto objeto transitaba por mi cabeza.

Un grito desesperado. Es el título de un libro, ¿no? Pues algo así me sacó de los tiros de tres puntos, los ganchos, las entradas (dos pasos y arriba porque si no es violación) y autopases de fantasía muy Magic Johnson.

—¡¡¡¡¡F…A!!!!!

Ups. Entré por la cocina, abrí la puerta, acechada por un mal presagio, y antes de empezar a subir las escaleras para postrarme ante el gran Cristo que atormentaba mi niñez:

—¿¿¿¿Qué me echaste????
—¿Por qué?
—¡¡No te hagas!!
—¿Qué te pasa?
—¡¡Me pican horrible las nalgas!!, ¡¡ya hasta me metí a bañar y nada que se me quita!!

Ah, caray. Tuve la ocurrencia de poner el pica pica mortecino, «que no daría ni cosquillas», en la taza del escusado. ¿Había recuperado su potencia al entrar en contacto con la suavísima piel fraternal?

¿Una pera?
¿Una pera?

—¿¿¿¿¿Qué me echaste????? ¡Qué poca! ¡Mis nalgas, güey!
—Híjole, perdón, quise probar mi pica pica, pero no creí que sirviera.
—¿¿¿Qué??? ¿Cómo se te ocurre ponerlo en el escusado?
—Tienes razón, lo siento. No lo hice a propósito.
—¿¡No!? ¿Entonces para qué lo pones?
—Oye: no te rasques, sólo así se te va a quitar la comezón.
—¡¡Otra más, F…A, ya me tienes harta!!

Padeció y aguantó vara con muchas de mis maldades. Si hubieran visto su cara, percibido su desesperación… La Perrita era un bulto chapeado que iba y venía, mentándomela de ida y vuelta (lo justo), sin saber si acataba mi recomendación de —nou rasquing— o si hundía sus cuidadas uñas en un par de redondeces ultrajadas por pedacitos “inservibles” de fibra de vidrio.

see you