Es muy simple (me acordé de El Principito): una mesa en medio de dos sillones y una lámpara (dada al traste) para distinguir mejor los colores. Ahí estamos, papá e hija, picadazos con el UNO. Claro que la suerte hace de las suyas, pero el cacumen también juega.
El perdedor del «campeonato» es quien suma primero 200 puntos malos. Creo que nos divertimos como enanos, sobre todo cuando se tira un «ramalazo» para que el atacado robe cuatro cartas. El tufo a triunfo cuando vemos que el contrincante está encartado es delicioso, y en una sola partida nos podemos llenar de cartas varias veces y barajar otras tantas para no cejar en nuestro ímpetu por fastidiar al prójimo.
Disfruto reírme con él (y por qué no, también de él) cada vez que nos sentamos a maquinar nuestras jugadas con verdes, amarillos, rojos y azules. Me encantan su concentración, sus ojillos sagaces, sus dedos pegajosos, su mala leche, sus poquísimos errores al calor de la pulsión de ganar, su relatoría durante el juego y sus interjecciones cuando la hija le acomoda un ramalazo al final de una mano.