Uno

Es muy simple (me acordé de El Principito): una mesa en medio de dos sillones y una lámpara (dada al traste) para distinguir mejor los colores. Ahí estamos, papá e hija, picadazos con el UNO. Claro que la suerte hace de las suyas, pero el cacumen también juega.

El perdedor del «campeonato» es quien suma primero 200 puntos malos. Creo que nos divertimos como enanos, sobre todo cuando se tira un «ramalazo» para que el atacado robe cuatro cartas. El tufo a triunfo cuando vemos que el contrincante está encartado es delicioso, y en una sola partida nos podemos llenar de cartas varias veces y barajar otras tantas para no cejar en nuestro ímpetu por fastidiar al prójimo.

Disfruto reírme con él (y por qué no, también de él) cada vez que nos sentamos a maquinar nuestras jugadas con verdes, amarillos, rojos y azules. Me encantan su concentración, sus ojillos sagaces, sus dedos pegajosos, su mala leche, sus poquísimos errores al calor de la pulsión de ganar, su relatoría durante el juego y sus interjecciones cuando la hija le acomoda un ramalazo al final de una mano.

Mi compromiso

Cuando empecé a escribir este blog, mi idea era hacerlo con frecuencia. Le he bajado a las colaboraciones, quizá por los compromisos diarios, pero las más de las veces se debe a la falta de compromiso conmigo misma y con mis retazos.

He de ordenarme, de encontrar la forma de sentirme más libre para decir, para plasmar, cualquier cosa, a la hora que sea, aquí o allá, de día o de noche. Se llama disciplina con el proyecto que decidí iniciar con la embestida del 2015.

Si abro el ojo cerca de las seis de la mañana, ¡a darle!, a sacarle jugo a las primeras horas, al despertar de la luz y de los eternos ruidos citadinos entre los que se cuelan los cantos de algunos pájaros.

Total, no necesito más que mi computadora, mi sillón de piel color mostaza con negro, mi café, que gracias a R aprendí a tomar sin leche ni azúcar, y algo de cacumen.

Quizá una música de fondo, nada estridente, como el otro día la de Philip Glass. En este instante suena Nada particular, de Miguel Bosé: “Dame una isla, en el fondo de mar, llámala libertad”…

Lo más chocante es que soy paradójica.

—¿Por qué?

—Porque después de escribir me siento bien, desahogada, ligera, satisfecha.

Ojalá lo logre.

Antes de un “hasta pronto”, quiero compartirles palabras de García Márquez, las leí de segunda mano: «[…] el mismo Gabo nos dijo una vez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».

Buen y fructífero domingo.