Corte de caja

Hablar sobre la fugacidad del tiempo acabará siendo un lugar común. Así mi 2023.

Jekemir, en la primera cuadra de Prado Norte, se volvió un lugar irreemplazable. El café también, gracias a Vladimir. Hoy, esa zona es un hervidero de gente al que se suma un ejército de guardaespaldas que conducen autos que simulan tanquetas. 

Yo la recorría en bicicleta cuando los establecimientos todavía se podían contar con los dedos de las manos: el restaurante China Girl —de verdaderos chinos llegados de Asia—, la dulcería, los helados —La Michoacana, claro está—, flautas, tortas y aguas frescas La Delicia, y una farmacia, de esas donde había una máquina esquinada que por un peso revelaba el ídem.   

Encuentros y reencuentros, ninguno casual. Personas que nos alegran y que empiezan a echar raíces en el trompo chillador que es la vida.   

También hubo bajas, unas porque la muerte cercena el instante; otras, porque entendemos que el deseo de compartir no se fuerza.

La salud mental sigue hablándose en silencio. Yo la grito, lo cual no significa que sus redes me liberen.

Así las cosas, asado la casa —cada vez más pelona— y un nuevo ciclo —creo yo— para seguir creciendo.

Mis mejores deseos para quienes dejaron una pasada de ojos en las entretelas de algún retazo.

¡Hasta 2024!

El pasillo de Country Drive

Ese largo pasillo por el que iba y venía unas 40 veces al día. El mismo que Bella, la perra shih tzu de 14 años, con cuya vejez llegaron sordera y muy escasa visión, por no decir nula. Está convertida en un saco de manías y signos vitales, entre los que se cuentan recio ronquido, sonidos difusos, bufidos y lengüetazos, que no hacen más que avivar el horripilante olor que despide su cuerpecito peludo, el de una bola andante que todavía encuentra su comida, mueve la cola, pide salida con la pata y se estimula con alguno de los peluches que le salen al paso. Admirable. Quizá su origen tibetano le dé esa vibra zen. 

Recorría alrededor de 37 metros para llegar al cuarto de “la cojita”. Pierna inmóvil con escayola del tobillo a la parte alta del muslo. Muletas y silla de ruedas a su alcance, igual que medicinas, celular y cargador, computadora y base plástica para evitar sobrecalentamiento del regazo. Cuidadora privada y dedicada durante pasadita una semana; ofrecía café o té, y, con o sin su venia, preparaba desayuno, comida y cena. Nada complejos, aunque iban aderezados con cariño, algo de creatividad y espíritu de servicio.

El chiste era asegurar que se alimentara conforme a un horario, además de procurar que no le faltara nada. De otra manera, podía permanecer sola y su alma, sin perra que le ladrara. Eso sí, la fiel Bella se encargaría de entretenerla (¡otra noche sin pegar ojo!), ya con luces apagadas y puertas cerradas, haciendo valer su presencia —sigilosa al caminar a tientas— con cada numerito que, sin querer, le tenía preparado a la mujer que para entonces sumaba un par de cirugías en la rodilla derecha: reparación de tendón rotuliano, para ser precisa.

Mi primera noche fue digna de algún círculo del infiero de Dante. El viaje y la llegada a Gilroy me tenían segregando adrenalina. Estaba cansada, pero con energía en cada poro de la piel. Celebraba un logro más: volar a California y apechugar. Mediría mis riesgos, pero nada de pedir ni imponer en territorio ajeno. Logré conciliar el sueño, aunque de repente escuché la alarma del teléfono de mi sobrino. ¡Con un demonio! Me esperaba un día de medio arrastrar la cobija.

Por supuesto, él dormía a pierna suelta en la recámara de al lado, después de su inmersión diaria —hasta la madrugada— en los vericuetos de los videojuegos. En cambio, yo, ejemplar de reposo ligero, abrí el ojo como resorte. Me dispuse a conciliar el sueño cuando se activó por segunda vez: ¡carajo! Pa’ acabarla de amolar, el cucú del reloj francés acababa de abrir la puerta. Me levanté y recorrí el pasillo antes de las 6 de la mañana. “La cojita” y yo compartimos terrores nocturnos provenientes de distintas zonas cavernosas.  

Desde México advertí, con dedo flamígero, que no me haría cargo de alimentar a las mascotas: Bella, la vetusta; “Minion”, de personalidad paranoide, y Luna, gata amigable y poco arisca. Como la descendencia de la paciente tenía sus actividades, asumí el papel de dama de compañía solícita y dispuesta. “La cojita”, equivalente a mi hermana, me hizo sacar una lata de comida para perros del refrigerador. Huelga decir que asomaron las arcadas. La segunda lata, que tomé del “pantry” y que ostentaba una cuchara fría enterrada en la mezcla café excremento, me reconcilió con la textura y el olor de ese enigma.

Era de esperar que el tiempo transcurriría a gran velocidad; además de estar en la era de la inmediatez, de los incesantes estímulos, de las pantallas que lo abarcan todo y del “lo quiero, ¡ya!”, se vive con una prisa que, interna o externa, provoca la sensación de que el helado se derrite más rápido, la cachipolla se entremete en nuestras capas, y las noches y los días se suceden como el agua de río que enfoca su cauce en arrastrar cuanta piedra se pone en su camino.

Disfruté enormemente su casa y sus espacios, quedó nostalgia del pasillo y del brebaje mañanero. Conviví con Paula en circunstancias favorables para ambas. Sospecho que ni ella ni yo queríamos que llegara el momento en que de nuevo se bifurcaran nuestras elecciones vitales; sin embargo, caben aquí la conciencia y la certeza de que la rapidez nos dejaba con un buen sabor de boca…

Hasta la próxima. Espero no tardar.

Solo para lectores

No pocas veces escuché sus carcajadas de cuarto a cuarto. Lo oía desternillarse de risa. Su cara y labios enrojecían, asomaba su dentadura y empezaban a brotar lágrimas. Luego se sacaba los anteojos para limpiar las micas con un paliacate rojo, prenda que lo acompañó del principio al final.

—¿De qué te ríes? —inquiría ella con curiosidad.

—Estoy leyendo a Wenceslao Fernández Florez, ja, ja, ja.

—Ah.

Ilustre desconocido para lo que solía leer, supe que se trataba de un humorista español. Recientemente, atizada por la misma curiosidad de tantísimos años atrás, me adentré en El sistema Pelegrín, obra que, me entero, fue llevada a la pantalla grande en 1952 por el cineasta Ignacio F. Iquino, quien también firmaba como Steve McCoy y John Wood.

De lectura fácil y agradable, el autor coruñés y mi jarro de café me acompañan desde temprano. Tipo ocurrente, simpático, informado e imaginativo, quien fue a estirar la pata en Madrid.

Ya la espicharon ambos, escritor y lector, pero queda alguien que recrea las teorías de un profesor con pasmosas labia y persuasión. Aunque medio enclenque, pasea a sus interlocutores por situaciones inverosímiles ligadas con el futbol, el tenis, el golf, la lucha libre y hasta el amor.

Me encantan las palabras. Hace unos días llegó a mi léxico “parajismero”, con todo y mueca. Pelegrín me ha soplado “tongo”, “alevín” y “pimplar”. Y como un libro regala sorpresas, este salto en el tiempo de 68 años me devolvió, ahora en solitario, algunas de sus expresiones y forma de hablar.    

—Entonces, ¿de ahí salieron cuando buenamente se pueda, estar envarado, perdidoso, boquear e intríngulis?

Omito el guion largo porque tengo la certeza de que las respuestas seguirán llegando…

Estimados lectores, recomiendo no poner pies en polvorosa antes de leer —y masticar con toda calma— tres frases del bigotón Pelegrín:  

“El fútbol ha dejado de ser un deporte para convertirse en un sentimiento”. ¿Alguien se atreve a negarlo?

“Tened bíceps en el alma y podréis reíros de un hércules”. Para reflexionar y actuar.

“Pelegrín soplaba con furia en el pito que llevaba colgado al cuello”. Frase más mexicana que española, ¿o no?

Hasta la próxima.

El goce de la duda

¿Qué había dentro de la hielera azul, un recipiente grande con tapa blanca que entraba y salía de la cajuela de la camioneta sin decir —o mejor, sin que alguno dijera “agua va”—? Ese pasaje lo mencionó uno de los protagonistas y, además, motivó la única pregunta que me lanzó Jiménez vía Whatsapp.

¿Quesos con carácter?: gorgonzola, beaufort, manchego curado, roquefort —de leche coagulada de oveja—, cotija. Si charcutería, vamos directo al prosciutto, al jamón 100% ibérico de bellota —de cerdo puro—, al salami de Bolonia y al speck, que se hace con las patas traseras del chancho.

A lo mejor champaña Veuve Clicquot, foie gras y un abundante surtido de moras silvestres antioxidantes; acaso comida china de China, japonesa de Japón, libanesa del Líbano, combinadas con la mejor selección de té verde y los granos de café más ad hoc para quien se precia de saber preparar y degustar ese elixir de los dioses.

¿Panes y pasteles? (quizá como los de la hermosa e impecable mesa navideña en Tampico): de calabaza, ruso, de miel, fresas con crema; ¿¡una rosca de Reyes «Maricú»!? También pudo haber estado repleta de tamales poblanos, oaxaqueños, yucatecos, chiapanecos, del Estado de México. Con esto de la tragonería y el gusto por paladear…           

¡Ah, jijo!, ¿disfraces? Desfilan plumas de faisán, ganso, avestruz, gallo, sintéticas, con o sin sombrero; también chalecos, pecheras, látigos y botas de cuero; por supuesto, briefs, tangas y suspensorios de piel de foca. Y ya con lo anterior no pueden faltar dos pares de coloridos tacones Stiletto —una pareja bailando tango—, Kitten o cuadrados. Aunque en una esquinita de la hielera azul, en una bolsa de terciopelo, podrían esconderse unos fantásticos Peep Toe, por aquello del caché y lo variopinto.

A menos que se tratara de animales exóticos y silenciosos —boa constrictor imperator, lagarto, tarántulas o tortuga gigante de las Galápagos—, las mascotas están descartadas.  

¿Múltiples y suculentos regalos que no estaban destinados a extraterrestres del cuarto contiguo?

Artefacto azul: espía, incógnita, tesoro, testigo, materia, y, en fin, actor principalísimo.

A big girl now

Dejó los caramelos Acuario, las guerras de chocolates See’s Candies ―aparecían bajo la almohada o dentro de las sábanas, en cajones o clósets―; también las Palelocas; los pirulís, que se alargaban a chupetadas, e incluso la barra de chocolate Ferback rellena de mazapán.

Después se escurrió por todos los rincones, quedándose pegada al cuarto más iluminado: la silla negra con ruedas, el archivero repleto de historia, el par de sillones que acogieron su último esfuerzo, la supuración próxima al final y el ulular de la sirena.

Al último echó en su mochila los números 8 y 9, y 4 y 5. Los mezcló, y en un instante creó una masa informe en su cerebro. Pudo distinguir café y azul, blanco y nublado, machete y raqueta, humo y soplido, letras y cartas; eso sí, las mismas manos.

Entonces logró darle forma, y construyó una imagen escindida, aunque el fuego nunca se extinguió.

Mujer una de las partes. Mochila al hombro, viaje en solitario, pero siempre azules y cafés.

¿Y la chiquilla? Sentada en su escondrijo, cabeza gacha, con un libro abierto entre las manos. Lagrimeaba sin parar; mojaba las hojas. Lo que no sabía era que acabaría sonriendo a costa de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.

Peripecia irapuatense

Mi papá y yo la emprendimos a Irapuato para visitar a unos parientes: don Pepe y doña Sofía, 94 y 88 años, respectivamente. La ciudad, horrenda ―no se salva ni el Centro, con su «plaza» desangelada, cero mesitas para disfrutar de un café y rostros malencarados; el hotel, raro. De la cadena Best Western International, encuentro en Wikipedia que fue fundado en 1946 por un tal M. K. Guertin, entrada que me lleva a un anuncio: «Esta página no se ha creado aún» (por si les interesa).

Cuando por fin dimos con el estacionamiento y subimos las escaleras, nos topamos con un espacio desierto, de cariz fantasmal. Ambos volteamos a un lado y a otro con cierta inquietud: ¿y la recepción?, ¿y la gente? Caminamos por el larguísimo pasillo-patio con la esperanza de encontrar vida. La hallamos. Ojos con caras que nos veían como si fuéramos dos personajes de Alicia en el país de las maravillas desterrados por Lewis Carroll. Ella pelaba los ojos: «Lázaro, ¿eres tú?». Él, Jesús ―mi papá comentó, como si yo no me hubiera percatado, que «era gay»―, hacía su mejor esfuerzo por conseguir una habitación poco ruidosa, y otro Él nos anunciaba, en tono jocosón, que el desayuno estaba incluido: era buffet.

Como esa tarde los tíos no nos fumaron ―pasaron algunas cosas que nos hicieron temer que estaban al borde del pulvis es et in pulverum reverteris―, decidimos comer en el restaurante Jardín. Igual que el cuarto, estaba como boca de lobo, aunque no tanto como la tienda de souvenirs, cerrada a piedra y lodo porque la dueña «andaba de viaje».

―¿Y ‘ora qué?

Como perros sin dueño ―pensamos que la familia nos movería el rabito desde el primer día―, bajamos a las catacumbas y nos encaminamos a La casa de las fresas. De regreso ya no había lugar en los subterráneos, por lo que dejamos el coche en un estacionamiento «al aire libre». Vimos un alma lectora y subimos la compra a la habitación.

Nada de quedarnos encerrados en una pieza ―así decían las abuelas― vieja, descuidada y en tinieblas. De regreso al patio, y mi papá saboreándose su puro. Nos comunicamos con mi hermana. Él le contó que estábamos en la morgue: las pocas almas que había aparecían y desaparecían sin decir agua va.

¿En qué consistía el «Plus» que calificaba a las palabras Best Western? ¿A los cables con foquitos que colgaban encima del patio? ¿A Alejandro, una especie de aparición que desde una esquina remota tocaba el órgano para las poquísimas ánimas que nos congregábamos? ¿A la alberca, el elevador, el aire acondicionado y la caja fuerte? ¿Al poco potente Wi-Fi? ¿A don Juan, quien nos atendió, solícito y cariñoso, durante las tardes muertas de Irapuato? ¿A las macetas con plantas que le daban un toque verde al inhóspito pasillo?

Mi papá comentaba:

―En su tiempo, este ha de haber sido un buen hotel.

Yo pensaba: «¡En su tiempo…!». Y miraba la alfombra ―nunca puse mis patitas encueradas sobre tan añejo tejido―, que tenía un pedazo recortado y superpuesto que me ponía los pelos de punta, igual que las sillas de tela llenas de manchas. Menos mal que las sábanas de las camas olían a limpio…

A nuestro regreso a la CDMX ―prepárense, porque este extraño número romano cien quinientos mil diez va a desaparecer― vimos varias veces un letrero que decía: «Maneje con precaución, su familia lo espera». Mi padre, con el humor que lo caracteriza, lanzó la sentencia: «La familia viene aquí». Carcajadas…

En el camino

No pretendo hacer una radiografía de la Calle, como sí lo hace Juan José Millás, con maestría y harta víscera, en El mundo.

Cuando salgo del edificio, por lo general doy vuelta a la izquierda. Si mi destino es «Dulce tentación» ―suelo ir por un café o una gelatina―, paso por la carnicería y tocinería «La perla» (ojo, no me refiero a la plaza Garibaldi, que el narco ya bautizó con ese nombre), por San Huarache de Los Pinos, por la farmacia donde me surten mi droga «de salvamento», por la hamburguesería «el Grill Oh!», por una estancia para perros, por la tienda de doña Mercedes, la tortillería, la fonda de las cazuelas en las que la pancita se ahoga en un caldo hirviendo, la tintorería, el mercado, el parque Pombo…

El chiste es que me planteé un reto: ¿cuántos transeúntes me sonreirían si yo intentaba provocarlo? En mi recorrido, que fue breve, insistí en hacer contacto visual, evalué la probabilidad ―dependiendo del gesto del sujeto o la sujeta―, y el resultado fue de tres, dos mujeres y un hombre.

Agradezco que algunos se den permiso de hacer una mueca alentadora. Es reconfortante que en un escenario protagonizado por desmembrados, linchados, incendiados, embolsados, baleados, decapitados, torturados, pateados…, todavía haya un dejo de ternura y confianza entre un par de humanos cuyos labios coincidieron un día, a una hora y en un lugar del inmenso hormiguero que habitan los homo ¿sapiens?

Solo un poco

Es verdad, hace mucho que no charlamos. Lo que no sé es si te gustaría charlar conmigo. Te echo de menos ―escapadas, risas, confesiones, juergas―, pero no quiero que te tropieces con este otro yo que me deja poco tiempo para ser objetivo. Mis despertares son una alarma que no puse, pero que escucho. Y cuando la escucho me hago el remolón hasta que una brizna de voluntad me saca de la cama. Entonces me obligo a desayunar ―imagínate, casi no de mi café― y a hacer lo que no puedo dejar de hacer. Si no lo hiciera sería mi ruina.

Conforme pasa el día me siento un poco mejor. ¿Cómo te lo explico? Hay más claridad y menos dudas. Mi cerebro se da el lujo de aceptar ideas benévolas. Y cuando llega la noche me siento bien porque sé que se acerca la hora de dormir ―por fortuna, duermo―, de escapar, de olvidar, de no pensar, de soñar, y tal vez hasta de morir un poco. ¿Eso me hace un necrófilo? ¿O acaso me juzgo con mucha severidad? Es posible, porque siempre lo he hecho.

Lo cierto es que tengo poca paciencia para zambullirme ―dicen que solo será un tiempo― en mi mar gris. ¡Es desesperante! ¿Sabes? Quisiera abrir una puerta y caminar por el Campo de trigo de Van Gogh. Pero hay cuervos, ¿verdad? ¿Ves?, acabo traicionándome porque para mí esos pájaros son de mal agüero.

Quiero que sepas que morir un poco es como sacar una bandera blanca y pedir una tregua. Pero morir morir, lo que se dice morir, no quiero. Espero la noche porque puedo ver flores en un balcón de Barcelona, porque el calor no me da frío, porque me descubro como soy, y porque quizá, en una de esas, me encuentre contigo para seguir charlando.

Gosipino

Los padres de Sam viven del campo. El hijo, desde que tiene uso de razón, recuerda a Peter y a Claire embebidos en una enorme alberca verde y blanca que cuidaban con ahínco, ayudados por cuatro migrantes: dos mexicanos, un guatemalteco y un salvadoreño.

 Desde niño se acostumbró a las conversaciones sobre la tierra, las estaciones del año, las fases lunares, la irrigación, e incluso a sentir miedo si el frío arreciaba durante el invierno. Se acuerda bien de Claire, junto a la estufa, preparando café cerca de las cinco de la mañana para agarrar calor antes de iniciar otra jornada de trabajo.

 Sus primos Mark y Jacob vivían en Chicago, una ciudad hecha y derecha, y una vez al año los mandaban a visitar a sus tíos. La verdad es que se quedaban fríos cuando platicaban con Sam acerca de Muleshoe, una ciudad al noroeste de Texas, en lo que se conoce como South Plains. Pobre pariente, debía aburrirse como ostra en medio de la nada y sin hermanos.

 Pero a Sam le importaba un pepino, él disfrutaba de la compañía de Chupirul, como le decían a la hija de Gonzalo Arrieta, uno de los mexicanos que trabajaba con su papá: inventaban juegos, regaban plantitas, imaginaban encuentros con vaqueros para volverse héroes, y de paso se iban haciendo bilingües.

 Ahora, profesor universitario en Estados Unidos, México y Perú, Sam recordaba su infancia con nostalgia. Muleshoe había sido un hervidero de sueños, de aprendizajes, de tierra fértil, e incluso de un amor infantil. Aquéllo le daría el equipaje suficiente para asomar las narices a la vida.

 Peter tenía 65 años y Claire 63. Eran un par de agricultores fuertes, sanos, agradecidos con esa tierra texana que aprendieron a conquistar y a nutrir para preparar una vejez, por lo menos hasta ese momento, sin muchos sobresaltos.

 Sam, después de tanta pregunta a la luz de las estrellas, de tanta madrugada en duermevela, de tanto contacto con los migrantes que vivían al día y de tanta charla profunda con Chupirul, daba clases de filosofía y organizaba seminarios con colegas que vivían en Suiza, Italia, Dinamarca y Turquía.

 Esa cautivadora alberca verdiblanca, además de algodón, le había permitido imaginar más allá del horizonte: ¿quién era ese chico pueblerino que prefería pasar horas hablando español en vez de andar en bicicleta?, ¿quiénes eran los señores que desde pequeños se habían consagrado al poder de la tierra?, ¿por qué la noche tapaba al día?, ¿cuántas estrellas valía la pena mirar?, ¿por qué el agua salpicada de resolana era el mejor regalo? El chiste es que Samuel Carlson era todo un maestro, dedicado a la enseñanza y a la investigación.

 Se despidió de Chupirul, su morenita flaca, cuando tenía 17 años. Tuvieron que pasar otros 17 para que se dejara cautivar por otra mujer. Afrah Bathich era de origen musulmán. Se conocieron en la Universidad Técnica de Estambul y empezaron a hacer migas con facilidad, a pesar de que a Sam le llevó tiempo olvidar los ojos negros, las costillas y el pelo rizado de su niña mexicana.

 Afrah le dio el tiro de gracia el día en que después del seminario sobre valores humanos le plantó un beso en la mejilla y lo miró con sus ojos jalados, transparentes, y dulces como los dátiles.

 Poco tiempo después, en su natal Muleshoe, Samuel y Afrah estuvieron por primera vez solos en un cuarto. Primero se sentaron sobre la cama, después se miraron, luego sonrieron, y finalmente se besaron. Después de toda la ternura dejada en ese beso, Sam preguntó:

 —Are you wearing Gossypium hirsutum lingerie?

—Excuse me?!

—Just kidding, I just want to tell you that I love you.

 

Distractores

La recuperación de una tendinitis de Quervain en la casa de mi infancia, además de recuerdos, sustento, ayuda y compañía, me asegura hartos distractores. Echen ojo:

Entre 8 y 8:30:

—Fer, vamos a desayunar.

Entre 9 y 10:30, Fer lee el periódico en compañía de Chave, Paula, El Bisa y Rafi. Momento de comentar el punto, tomar café y besar a la escuincla.

A las 12 horas:

—¡Hora de la colacióoooooooooon! (Chale)

A las 14:30:

—A comeeeeeeeeeeeer. (Mmmmm, ¡qué antojo!)

Y cuando aún no terminaba la Euro…

—Vente a ver el fut. (Chido)

A las 18:

—La colacióoooooooooon! (Pos a ver qué me trago)

A las 20:30:

—A cenaaaaaaaaar. (Uta, mi comida predilecta. ¿Qué habrá? Qué bueno que me lo preparan y es a la carta, porque si no… venga un atún)

Entre las 22 y las 22:30:

—Vamos a ver Primer plano.

O

—¿López Dóriga? (Somnífero de güey. Insufrible. La misma mielda. Pinche Televisa. Invariablemente se me cierran los ojitos)

Total, que así me las he gastado durante más de un mes. Mi megacíclico estado de ánimo es otro tema.

Ah, si me sobra tiempo leo o intento pasar el nivel 105 de Soda Crush (méndigos ositos).

soda crush

Ciao.