En el camino

No pretendo hacer una radiografía de la Calle, como sí lo hace Juan José Millás, con maestría y harta víscera, en El mundo.

Cuando salgo del edificio, por lo general doy vuelta a la izquierda. Si mi destino es «Dulce tentación» ―suelo ir por un café o una gelatina―, paso por la carnicería y tocinería «La perla» (ojo, no me refiero a la plaza Garibaldi, que el narco ya bautizó con ese nombre), por San Huarache de Los Pinos, por la farmacia donde me surten mi droga «de salvamento», por la hamburguesería «el Grill Oh!», por una estancia para perros, por la tienda de doña Mercedes, la tortillería, la fonda de las cazuelas en las que la pancita se ahoga en un caldo hirviendo, la tintorería, el mercado, el parque Pombo…

El chiste es que me planteé un reto: ¿cuántos transeúntes me sonreirían si yo intentaba provocarlo? En mi recorrido, que fue breve, insistí en hacer contacto visual, evalué la probabilidad ―dependiendo del gesto del sujeto o la sujeta―, y el resultado fue de tres, dos mujeres y un hombre.

Agradezco que algunos se den permiso de hacer una mueca alentadora. Es reconfortante que en un escenario protagonizado por desmembrados, linchados, incendiados, embolsados, baleados, decapitados, torturados, pateados…, todavía haya un dejo de ternura y confianza entre un par de humanos cuyos labios coincidieron un día, a una hora y en un lugar del inmenso hormiguero que habitan los homo ¿sapiens?

Costra porosa

Hace tres días recibí un comentario de un señor, conocencia mía, respecto al último retazo. Escribió: «Te faltó una referencia al arroz con puerco» (what?).

Después, para no balconearse, me mandó un correo aclaratorio en el que me decía que lo que #EnRealidadQuisoDecir (le digo, le dije, me dice, dijimos, dijisteis…) era «frijol con puerco»: de ahí me agarro para redactar éste.

Yo pedí el mencionado platillo yucateco (con frijol, sin arroz) y me supo rico; el único pero que puse fue que le faltaba maciza, como que de la cocina me habían mandado la pura parte aguadita. Doña I pidió lo mismo, pero su experiencia culinaria terminó en frustración y mal sabor de boca.

En el primer intento se quejó porque sólo quería media orden y el plato sopero estaba muy grande.

 —Oiga, yo le pedí la mitad, esto es del tamaño de una bacinica. Lléveselo y tráigalo en un otro recipiente.

bacinica

Mientras tanto yo saboreaba mis frijolitos con sabor a chancho, a los que adicioné cebolla, salsa de jitomate y un poco de perejil. Como mis papilas gustativas se sentían complacidas yo mugía: mmmmmm.

Sospeché que en el segundo intento doña I reclamaría por el ínfimo tamaño del plato:

 —¡Señor, señor! ¡Mesero! Oiga…, oiga… Señor, ¡señor!: esto está frío, que me lo calienten (sin alburcillo).

Llegó un tercero: idéntico plato mirruña, nada más que ahora, a pesar de mi cortedad de vista, observé una columna de vapor que delataba a un puerco ardiente.

 —Ahora está esto muy caliente, ¡p’a pelar pollos!  —refunfuñaba.

Para entonces a mí ya me habían servido más maciza.

 —¡F! —mi oído percibió la característica sonoridad vocal de doña I—, ¿tu frijol con puerco está bueno?

 —Sí, ¿por qué? Ya hasta pedí más.

Se requiere de buen diente
Se requiere de buen diente

 —El mío está asqueroso. Me lo hicieron a propósito.

Y en el cuarto…

 —Óigame, llévese esto, y no quiero nada más.

Fin de la historia de ese platillo yucateco que encanta (¿encantaba?) a doña I, maya de corazón, quien se llevó un soplamocos a pesar de ejercer una de sus máximas cualidades: la perseverancia.

Para acabarla de amolar se había decretado #Leyseca y doña I no pudo paliar sus cuitas con un caldo del Sureste.

 —La siguiente que sea arroz con pollo.

Hasta la próxima.

Shu de restaurante, no de zapato

Fui a comer al restaurante Shu, el típico lugar en el que se respiran prepotencia y mamonería. Además, en Santa Fe, zona de la ciudad de México que no me gusta. Se preguntarán que por qué me lancé, pero no fue mi elección.

¡Lindas lucecitas de colores!
¡Lindas lucecitas de colores! Dizque ambiente Zen…

Mi platillo, un Ishiyaki Wafuu Omuraisu No Ankake. Traduzco: “Arroz ligeramente frito en piedra caliente con crepa de huevo y salsa espesa con alga marina y kanikama”. Si lo piden, ¡aguas con las quemadas! Como debe ser, el caldo lo sirven ardiendo, para pelar pollos.

Ya lo he escrito, comer es uno de los grandes placeres de la vida, así que mi veredicto se reduce a “regreso o no a tal lugar”. El Shu quedó fuera de mi mapa gastronómico.

Salí para pedir mi coche. ¿Quiénes son los personajes que llegan y se van en camionetas gigantescas como tanques de guerra, con vidrios polarizados, conducidas por “monotes” que lanzan miradas asesinas? Ni idea, aunque uno se siente en otro mundo, en el de los “poderosos”, quienes disfrutan de ostentar lo pudientes que son.

¡Vaya!, hasta “se les sube” a los cuates que reciben a los comensales. Supongo que ellos buscan, con merecida justicia, una buena propina.

Adieu.