¿Y cómo es él?

―¿Y el pésame?

―¿Cuál pésame?

Basta mirarme; no sé si paso por rabino, lunático, bicho raro o enfermo mental… Eso sí, más que sacerdote católico, soy El Mesías. Mis pelos siguen creciendo, por eso me los enredo en un chongo. La barba, que ya blanquea, es larga e ingobernable. Ni siquiera me doy cuenta de cuando se me pegan restos de comida entre la mata. 

En casa me pesa el tiempo; es un monstruo de varias cabezas que me observa desde el altar donde se ofician misas.

¿Misas?

Los caracteres, con sus combinaciones de tipos, gotas, glifos y remates, me persiguen. En la biblioteca, los libros se me derraman; me aplastan, como me aplasta el pasado de la cocina, de las recámaras inmutables, de las ollas y cacerolas de antaño; de los muebles que huelen a una capa de polvo invisible que acumula como 60 años.

Deambulo por el mundo de quienes tienen un pie en la tumba, la barriga en el fuego, el pecho bajo la tierra, la cara lívida y los ojos medio cadavéricos. El sombrero negro me separa del resto ―¿los vivos?―; me hace excéntrico, me convierte en una especie de detective pasado de moda.

¿Acaso aliento? Necesité crear un personaje para darme un yo: no soy el ministro religioso que consagra el cuerpo y la sangre del Señor; tampoco el amante de niñas «púberes», ni el homosexual que se esconde en el armario de su madre. 

Soy solo yo, que me hice visible a fuerza de trastocar mi identidad… y puedo fumar puro y beber y decir groserías y… soltarme el pelo. 

―¿Cuál pésame?

Opuestos

No hay burro que jale la carreta. No hay mañana con una puerta donde se lea «salida». Tampoco ánimo que dé para sonreír o hablar. Vaya, ni siquiera un sueño soñado que ose penetrar la densidad del negro.

Pero, de repente, poco a poco, con una lentitud insoportable, se abre una rendija, y resulta y sucede y pasa que la nube negra se ve menos espesa, que el día no es tan aciago, que la tenaza le da aire al cogote, que una cara amable no se finge y que, una vez más, se le gana la batalla a la vida muerta.

En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.