Home alone

No le gusta estar sola. Cuando uno está solo y despliega poca actividad, hay tiempo para pensar, y la mente puede darse el lujo de enchinchar y de alborotar a la gallina.

Decía que a ella le choca la soledad; tanto, que de ser alérgica a perros y gatos se acostumbró a su pelaje y olores para cuando en la casa ―y de paso en la cama― se sintiera el nido vacío. ¿Qué mensaje le llega con ese hueco? ¿Que no la quieren?, ¿que en realidad todos venimos y nos vamos solos? ¿La asustan sus pensamientos? ¿Se le recrudece la huella de abandono? ¿Acecha la sombra perenne de la muerte?

El chiste es que cuando se queda sola, tres animales ―dos perros y una gata― toman el lugar de tres homo sapiens. Miento. Una de esas especies es un «mal llamado» homo sapiens, o sea, un homo brutus, con perdón del de las caricaturas.

En días como esos, al entrar en el nido vacío, se topa con la alegría exacerbada de su microzoológico. Una brinca, da volteretas, ladra y corre enloquecida con dominio del territorio; otra, una bola con pelos, camina con esfuerzo hacia ella, le dirige una mirada de «¿por qué me abandonas, mamá?», y bufa de embriagadora felicidad; la gata se escurre entre sus piernas, entiesa la cola y maúlla.

¡Hay luz al final del túnel! Los sapiens ―reitero,  son solo dos― aún no llegan, pero ella, ya con bata y elegantes flip flops después de otro día ajetreado, puede disfrutar de sus simpáticos y disímiles seres vivos: la perra mayorcita, a cambio de unas cucamonas, estará dispuesta a ser su tapete, almohada, cobija o calentador sin enchufe; la perra mediana, hiperactiva y zafada, la hará desvariar con sus ocurrencias, y la gata, para achicar el hueco, rasguñará la puerta con insistencia hasta que ella, somnolienta, decida abrirla.

Don gato y su pandilla

¿Recuerdan esa caricatura? Fue producto de la ideación de un tal Luis Pistocchi (1961) y sólo acumuló 30 episodios.

Recuerdos de infancia...
Parte de mi infancia

Viene a cuento porque así se autonombra un grupo de limpiavidrios a quienes saludo todos los días mientras me acerco al semáforo de Barranca del Muerto. El gesto consiste en chocar los puños y en un ameno intercambio de palabras.

Me simpatizan porque tienen el tino de preguntarle al conductor si quiere que le limpien el parabrisas. Ellos no sorprenden por la retaguardia ni lanzan el chorro de agua a metro y medio de distancia. Al principio discutía con Omar, quien no se tomaba la molestia de indagar —¿por qué habría de tomársela, si su objetivo es ganarse unos pesos para comer?—, hasta que intervino alguien de la pandilla…

—¡Ya no molestes a la güera!

¿Cómo sobreviven?, ¿cuánto ganan al día?, ¿hacia dónde se dirigen cuando termina su jornada?, ¿qué les llevan a los suyos?

Se acercaba la temporada de fiestas, abrí la ventana y me transmitieron un mensaje: querían que les regalara ropa para sus hijos.

—¿De cuántos años? —pregunté.

Pero no iba a funcionar, así que empecé a pensar en lo que sí podría darles. Le eché harto coco e incluso pedí consejo.

—¿Qué prefieren, que a cada quien le dé una lanita o que busque algo diferente, nomás para ustedes?

Me imaginé que Don Gato, Cucho, Demóstenes y secuaces escogerían, como dicen, un varo.

—¡Un regalo!

Me emocionaron sus ojos, brillantes y muy abiertos, que a pesar del ruido, el tránsito y las mentadas de madre lograban ver una sorpresa. Difícil transmitirles la ilusión que sentí, quería pintarles una sonrisa y alejarlos, aunque fuera un instante, de su barranca del muerto.

Antes del día 24 les llevé una rosca de limón y después del 31, para brindar por un nuevo año, dos botellas de Asti, un vino dulce y bajo en alcohol.

—Les deseo lo mejor. ¡Váyanse leve cuando se lo tomen y compartan con la pandilla! Y ojo para que no los agarre el Oficial Matute.

Risas, tan genuinas y frescas como las lengüeteadas de un cachorro.

Caray, ¿qué hizo uno para merecer lo que tiene? Nada. ¿Por eso me sentí tan plena al compartir?

Omar está muy flaco, lo miro perdido y en su nebulosa. Ese hombre delgado, musculoso y bien parecido aún no se vence. Ayer que pasé intentaba hacer su chamba. Abrí la ventana, chocamos el puño como si fuéramos superhéroes y nos vimos a los ojos. La lengua se le hizo bolas dentro de la boca, pero escuché su plática-confesión-súplica:

—Me hace falta varo

Arranqué, a punto de lágrimas y en medio de mi nebulosa, abundante en nieblas de profunda tristeza.

Hasta la próxima.