Mudar, transformar, mutar

¡A escena!

Café —baristas, máquinas, tazas, onerosos paquetes de “oro negro”, vasos desechables, tintineos aquí y allá—; chocolates y pasteles; vinos y bebidas espirituosas; helados y panes —dulces y salados—; fiambres, jamones y quesos.

Seis a la mesa. (Cruza como nubarrón ventoso Thirteen at Dinner, de Agatha Christie) Tres con doble nacionalidad y tres con una (empate). Escucho voces en mi oído izquierdo mientras pido los cafés —persiste el murmullo cuando tuerzo el cuello y observo a Lupita D’Alessio en una portada («ah, jijo, ¡tiene la pinta de mamá!»)—; luego, cuando me enfoco en pagar los panes, de almendra, pistache y espinaca con queso, el sonido de esa voz envuelve mi oreja derecha. Medio titubeo, pero lo logro.

De repente, en un tris, la situación cambia —sí, igualito que en la vida real—. Tres se levantan en busca de un regalo para “sor Aya”; una adelanta la compra porque el tiempo se achica; otro, aunque no quiere dejarme sola, se lanza al “tocador” (horrible palabra para referirse al baño).

Me quedo sola, tranquila, pensativa, un tanto inquieta por la mudanza de las 15 horas. Privan sentimientos y sensaciones ambivalentes; lo sabrán quienes han desmontado, de pe a pa, la casa de su infancia.

Se van más objetos, cada cual con sus memorias, del habitáculo familiar —perchero, dos consolas, un par de curules, una mesita, la llamada “columna” (¿siempre se guardó ahí el papel de baño?), dos camas y el carrito de los brindis—, todo de buena factura, no como lo «úsese y tírese» de la actualidad.

Un hombre se acerca al área de socialización cafetera. Alto, enjuto, lento y medio chepudo. Atisba con la frente y los ojos cubiertos por una cachucha —¿era roja? Iba vestido, por supuesto, pero no podría describir su atuendo, dado que suelo nomás fijarme en el bulto—. Está cerca de nuestra mesa y oigo que dice: “No hay sitio”.

Cinco sillas vacías. Yo sobro en la sexta, por aquello del tiempo, ¿recuerdan? Le digo que nos vamos, que el lugar es suyo. Ambos de pie. Echo un vistazo a la mesa. Nos sobraron panecitos, “dos en cada bolsita” —anuncio en escena—. Se los ofrezco; él, gustoso, los toma y agradece. Me parece buena idea convidarle el café que no me bebí: “Yo lo quiero”.

Creamos un lazo. “¿Cómo te llamas?” —pregunta. Respondo. Acto seguido, me entero de que el octogenario se llama Gerardo. ¡Qué calibre de clic entre dos almas!:

—Me hiciste el día, Fernanda.

—Usted me lo hizo a mí.

Habla de palabras significativas: fe, amistad, empatía… Le digo, lo insto, ¿quizá vaticino?, que nos volveremos a ver. Porque a ambos nos daría alegría repetir el cruce de miradas y regresar a la burbuja, porque el bullicio y la jicotera flotaron en el aire que dejamos fuera.

Chocamos puños, por iniciativa suya, tres o cuatro veces. Lo mío, más atrevido, fue proponer un abrazo. Ahí, en ese instante, se produjo el milagro de mi sábado, el único de paz emocional que trajo un 22 de junio nublado y cada vez más vacío de cascarón familiar. Gerardo y yo, cual Zorro y Principito, nos miraremos de nuevo.  

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Ya lo decía Heráclito

¿Imaginaban sus propios universos? ¿Creaban de la nada, valiéndose de palos de escoba, ramas, cuerdas, tierra, pasto, pétalos y piedras? ¿Conocían los mismos juegos que sus amigos —doña Blanca, listones, resorte, policías y ladrones— y podían entretenerse durante horas sin necesidad de un juguete? ¿Acaso una pelota o un bote para patear? ¿Experimentaron la adrenalina de las escondidillas y el placer de mojar a alguien cuando tronaban un globo de agua? ¿Siguieron el recorrido de las hormigas y se percataron de lo que son capaces?    

Lo anterior, si eres más nuevo —ya no se diga niño o recién salido del cascarón—, se quedó en el antaño. Basta escudriñar lo que hogaño sucede dentro de un avión. Unos pierden el sentido nada más sentarse y abrocharse el cinturón. De esos hay quienes roncan o bufan, otros que babean y unos cuantos con apnea del sueño. Eso sí, nomás huelen la comida y abren el ojo para acomodar la mesita plegable.

Aplastarse, dormir, hacer ruido y tragar es cosa de todos los tiempos; sin embargo, decantarse por la observación implica constatar que la comunicación se ha transformado en un “diálogo” humano-máquina; carne y hueso-pantalla. Una vez en el aire y después de repartir audífonos, se oye la voz de una sobrecargo —¡albricias!— que anuncia la buena nueva: los pasajeros ya pueden hacer uso de sus devices.

Acto seguido, como si se tratase de un ataque de minúsculos insectos, la gente se empieza a mover: manotea, sube y baja los brazos, se yergue para hurgar en mochilas y compartimentos. Lo hacen con dedos más o menos tecnológicos y también se contorsionan para no golpear al vecino. Total, que el de por sí reducido espacio se llena de caras iluminadas por una explosión de artefactos digitales que cierran ojos y oídos a las impertinentes distracciones humanas.

Los auriculares se apresuran a salir de sus bolsitas para conectarse a una pantalla individual que aísla al viajero del resto de sus congéneres. El señor de al lado, panza protuberante, resuella cual oso; luego, algo en su inconsciente hace que salive ante la expectativa de seguir echándole fruta a una piñata que, a decir verdad, no necesita ni tres nueces, y, por último, engulle todo lo apilado en la charolita plástica. Buche lleno, tápase las orejas con unos audífonos que, de menos, son Bose.

Dato curioso el de la incesante y contagiosa inoculación de marcas por todos los canales habidos y por haber —en este caso pasa chisme el virulento TikTok—: parece que los AirPods dejaron de estar in; han dado paso a la tendencia retro de los auriculares con cable. Con todo “peladito y en la boca”, nadie requiere de la capacidad de imaginar para enterarse de que entre los usuarios se cuentan Bella Hadid, Lily-Rose Depp y Zoe Kravitz (los apellidos me suenan, pero a estos acabo de “guglearlos”). 

Total, que los diálogos humano-humano han pasado de moda. Hacíamos amigos en los gimnasios; conectábamos en un medio de transporte; la señora hacía migas con la camarera del hotel; comensales que platicaban de mesa a mesa; encendida conversa entre marchanta y cliente; se conocía a los vecinos y se solía saludar en un elevador.

Sucede que además de la incomunicación que propinan los gadgets, hoy ignoramos si a nuestro lado tenemos a un ente de mecha corta: asesina, sicario, narco o sencillamente un naco o naca, que no es un indio, sino una persona carente de la más ínfima educación, asunto que de ninguna manera se relaciona con colores, razas, preferencias, tamaños, creencias ni continentes. (¡Aguas!, sensiblería a la orden del día.)

Sería estúpido oponerse a los avances tecnológicos, aunque, como en todas las épocas, «debería» hacerse buen uso de ellos, cosa que no va a suceder. En este instante, con más de medio siglo a cuestas —me lo recuerdan articulaciones, cambios hormonales, dolores que aparecen y se van sin dejar rastro, mareos esporádicos, osamenta con caja de música integrada—, no me imagino en la cama con una IA que masajee mis músculos con aceite de lavanda francesa, ni a un robot que se aproxime al orgasmo cuando paladea un queso cambozola acompañado con los mejores y más dulces higos y cerezas, y muchísimo menos a un ser de apariencia humana que pretenda conversar conmigo de alma a alma y hasta el fondo de las profundidades del complejo cerebro de los categorizados homo sapiens sapiens.     

¡Salud!

Veo a un pollo despelucado que está saliendo del cascarón. Echen ojo. Anda turulato, da tumbos, y tiene la mirada semiperdida. Ups, diríase que es el teporocho de la esquina, el que siempre está afuera de la cantina «Hasta verte Jesús mío». Pero, si se fijan bien… ya está aleteando.