Feliz cumpleaños

Día de emociones: 19 de diciembre, aniversario de la muerte de mi madre; 20 de diciembre, su cumpleaños 79.

Hace unos días le platiqué a mi hermana algo que no sabía (ella, por supuesto). Nos reímos mucho, con dejos de nostalgia y buen humor.

Recuerdo el número de teléfono de mis abuelos desde que era niña. El mismo que tuvo mi madre hasta la tarde en que no regresó de ese último jalón de aire. Como no quise que se evaporara, lo conservé. Si hoy marco de ese número a mi celular, la persona que me llama es, simplemente, «Bola».

Mi mamá, créanme que muy a su pesar, se defendió de los golpes de la vida con un cuerpo extra, con kilos y kilos que exacerbaron su pesadez existencial. Como sea, se acostumbró a que la apodara «Bola».

Subí las escaleras para saludarla:

―¿Qué onda, «Bola», cómo estás?

―Ay, no me digas «Bola», dime «Dolo».

Prefería ser La Dolorosa, otro de sus muchos sobrenombres. Fue una mujer a quien yo vi reír, jugar, bailar, recitar, contar chistes, hacer gestos, tocar las castañuelas… Pero ahí mismo, con ese extra machacándola, cargaba con una capa negra de dolor que solía pegársele a la piel.

Ana

Es que Ana flipaba… De por sí no se le daban el optimismo ni las castañuelas como para tener que arreglárselas con el maldito PMDD (las siglas en inglés). ¿Qué rayos tenía que ver con ella un trastorno de la respuesta celular al estrógeno y la progesterona? ¡Mugres, mugrientas y horripilantes hormonas!

Cada mes esperaba —y enfrentaba— el ataque de unas tijeras que la partían por la mitad. No se aguantaba ni ella misma. Miraba fijamente a un punto en la nada de su cerebro mientras pasaban ideas y pensamientos que desechaba con saetas ponzoñosas: leer (pero si no se podía concentrar); salir (¿a dónde?, ¿para qué?); oír música (ay, la bocina estaba guardada); escombrar su casa (¡uf!, ¿por dónde empezar?); salir con alguien (no era buena compañía).

Era boicot tras boicot. Acababa encerrada en su Nautilus, respirando agua y mordiendo aire. Además, impaciente como era, no llegaba a ninguna isla, a ningún lugar soleado donde siquiera la esperara una piña colada.

Porque, a decir verdad, ¿qué rayos se supone que debe hacer una mujer que carece de la más mínima motivación, que se siente insegura, que tiene miedo, que no se despega del mal rollo, y para quien todos los seres que pueblan la tierra se las gastan mejor que ella? Ideas y más ideas; las de siempre, las de su infinito, las latosas y lastimeras desde su infancia: perlas negras de su infierno.

Ana, la maja de Ana, su cabeza tan llena de todo y su ser tan falto de energía, fuego, pasión, ardor.

Ay, sí que dolía.

 

Baile

Mónica Josefina, mi madre. Ayer, 19 de febrero, cumplió dos años once meses de haber muerto.

Una mujer de bipolaridades y de altibajos, alma de cuantiosas fiestas y oscuridad diurna bajo las sábanas, un sube y baja.

sube y baja

Esta fotografía revela que andaba arriba, gozando de la mirada y del falso alimento del público. Sonriente, danzarina, robacámara con abanico en mano.

Mamá bailando

El baile su pasión, ballet, y ese vistoso flamenco que acompañaba con las palmas, el zapateado y el rítmico castañetear de unas castañuelas que lucían con el movimiento de sus brazos.

Compartió el majestuoso escenario del Palacio de Bellas Artes con la maestra Sonia Amelio y algunos ensayos con Pilar Rioja, quien otro 19 de febrero, precisamente un mes antes de que ella se llevara su vasto paquete de memorias, expresó: “A mi modo… trato de combinar lo fuerte del español con lo sensual y dulce de aquí, del Caribe”.

http://www.proceso.com.mx/?p=298770

Por ahí andará, en una esfera distinta, charlando y quizá, sólo quizá, pidiendo el abrazo en movimiento de un grande.

Rudolf Nureyev
Rudolf Nureyev

Tant qu’on dansera mes ballets, je resterai vivant

http://www.nureyev.org/

Hasta la próxima.