¡Qué miedo! Se me escapaban de dos en dos. Lo que hace la mano hace la tras, ¡qué jijas! ¿No les daban en su casa?, ¿las picaba la emoción de verse, sarta de cotorras? Porque para hacerle los honores ya era suficiente. Lo peor es que me tocaba al último por el simple hecho de ser la menos añeja.
¡Volaban!… Angustiada, ardidona, esperaba mi turno sin paciencia. Languidecía… Sudaba frío… Tres de un lado y enfrente otras tres… ¡Seis mujeres en éxtasis! Cuando viniera a mí no sería el mismo. Me daban igual la convivencia y la etiqueta. Sólo pensaba en su llegada, en el festín de mi lengua y paladar, en el paraíso terrenal con todo y serpiente, y es que el gran platón con cerdito, tomate, ajo, cebolla, cilantro y chile chipotle se paseaba ante mis ojos, a mi alrededor, pero sin llegar.
¡Llegó!: tres o cuatro pedazos nadando en un exquisito entomatado. Pálida, pregunté:
—¿¿¿¿Hay más????
—Sí.
¡Sentí paz! Me volvió el alma al cuerpo… mi panza un globo: feliz.
Hace tres días recibí un comentario de un señor, conocencia mía, respecto al último retazo. Escribió: «Te faltó una referencia al arroz con puerco» (what?).
Después, para no balconearse, me mandó un correo aclaratorio en el que me decía que lo que #EnRealidadQuisoDecir (le digo, le dije, me dice, dijimos, dijisteis…) era «frijol con puerco»: de ahí me agarro para redactar éste.
Yo pedí el mencionado platillo yucateco (con frijol, sin arroz) y me supo rico; el único pero que puse fue que le faltaba maciza, como que de la cocina me habían mandado la pura parte aguadita. Doña I pidió lo mismo, pero su experiencia culinaria terminó en frustración y mal sabor de boca.
En el primer intento se quejó porque sólo quería media orden y el plato sopero estaba muy grande.
—Oiga, yo le pedí la mitad, esto es del tamaño de una bacinica. Lléveselo y tráigalo en un otro recipiente.
Mientras tanto yo saboreaba mis frijolitos con sabor a chancho, a los que adicioné cebolla, salsa de jitomate y un poco de perejil. Como mis papilas gustativas se sentían complacidas yo mugía: mmmmmm.
Sospeché que en el segundo intento doña I reclamaría por el ínfimo tamaño del plato:
—¡Señor, señor! ¡Mesero! Oiga…, oiga… Señor, ¡señor!: esto está frío, que me lo calienten (sin alburcillo).
Llegó un tercero: idéntico plato mirruña, nada más que ahora, a pesar de mi cortedad de vista, observé una columna de vapor que delataba a un puerco ardiente.
—Ahora está esto muy caliente, ¡p’a pelar pollos! —refunfuñaba.
Para entonces a mí ya me habían servido más maciza.
—¡F! —mi oído percibió la característica sonoridad vocal de doña I—, ¿tu frijol con puerco está bueno?
—Sí, ¿por qué? Ya hasta pedí más.
Se requiere de buen diente
—El mío está asqueroso. Me lo hicieron a propósito.
Y en el cuarto…
—Óigame, llévese esto, y no quiero nada más.
Fin de la historia de ese platillo yucateco que encanta (¿encantaba?) a doña I, maya de corazón, quien se llevó un soplamocos a pesar de ejercer una de sus máximas cualidades: la perseverancia.
Para acabarla de amolar se había decretado #Leyseca y doña I no pudo paliar sus cuitas con un caldo del Sureste.