Sin inmunidad

Dos muertes seguidas que me dejaron, como dirían los españoles, flipando. Las dos fueron suicidios y al parecer escogieron el de la soga. Común denominador: famosos. Eso demuestra que los reflectores, el éxito y el dinero se convierten en arena cuando con todo y ellos rondan la oscuridad, la tristeza, el vacío y la desesperación. ¿Kate Spade y Anthony Bourdain hallados sin vida? ¿Por qué? La razón se les hace añicos y la palabra mañana se vuelve parte de un vocabulario aterrador.

Eran dos directores de orquesta, ¿no? En apariencia, porque en el mundo real perdieron el control. La negrura se les venía encima con múltiples sombras correteando su cerebro. Y ellos porque eran una marca en sí mismos, pero, ¿qué hay de los millones de personas que se atreven a matarse en el más duro silencio y donde el punto final es el olvido? La depresión no sabe de razas, colores, países, fortunas, tiempos, logros, edades ni esfuerzos. El final revela el grado de angustia.

Aprendizaje

Antes, cuando había que responder a la pregunta ¿qué sientes?, de inmediato se colaba el cerebro para razonar el sentimiento. Hoy siento, y en altas vibraciones. Incluso hay veces en que la cabeza se hace guaje y camina con sigilo para no entrometerse en mis vísceras.

Torbellino

Te puedo compartir mi experiencia, no más. Llámale fases, gama de sentimientos y sensaciones, camino al hoyo o como quieras. Sucede que te despiertas (en mi caso, la conexión con el mundo real es instantánea), te mueves un poco en la cama y empiezas a pensar antes de abrir los ojos. Hay temor, pero leve y manejable. Si tu cerebro se arranca como coche de Fórmula 1 cuando abres los ojos y decides levantarte, mal empezamos, porque entonces el circuito se llena de curvas y borra las rectas, donde se podría ver con claridad. Pero no solo no pasa eso, sino que te cuesta controlar el coche azul metálico con el número 3. Ahí, qué pena, ya le abriste la puerta al miedo. Y lo peor es que el riesgo al que te enfrentas ni siquiera existe. En este punto, como no hay nada real que debas afrontar, tu mente se bloquea y te preguntas qué rayos te pasa. Como la respuesta no llega (o no la dejas llegar), se cuela, como enredadera voraz, lo que para mí es ansiedad. Ya se juntaron el miedo y la ansiedad, así que tu coche es un trompo al que haces bailar a 300 kilómetros por hora. Adiós circuito, ya no hay curvas ni rectas. Todo lo domina la velocidad con la que pasan esos pensamientos inquietantes que tú formas uno detrás de otro, como cuando se hace una fila para que a la gente le sirvan sobras de comida en un plato asqueroso. El cucharón que avientan en tu plato ya trae angustia, o sea que el trompo gira tan rápido que ni te enteras de que no puedes respirar normal ni de que tu corazón da latigazos en tu pecho. Ahora se llama terror: cuando no ves, no oyes, no razonas, no haces… Estás petrificado, encerrado dentro de ti, e irremediablemente te vas al hoyo del que te he hablado tantas veces. Ese hoyo es pánico, incertidumbre, flacidez mental, impotencia, llanto, espuma. Bienvenido al negro.

Con «A»

Es como si tu cuerpo te abandonara. ¿Te metes en una tina repleta de hielos? ¿Jalas aire hasta sentir que el pecho te responde? La ansiedad está en el pecho, sí, pero es más parte del cuerpo que de la cabeza. Estás hyper y no sabes qué rayos hacer contigo. La respiración es corta. El corazón late más rápido. Se exacerban los movimientos involuntarios. Vaya, no sabes ni dónde ponerte. La angustia también se siente en el pecho, es como si lo aplastara; te pide que tomes aire, pero involucra más la mente que el cuerpo. La angustia te petrifica, hasta puede parecer que estás calmado, aunque en realidad estás absorto en pensamientos que se clavan en tu cerebro. Y por supuesto que puedes experimentar angustia y ansiedad al mismo tiempo. ¿Será esa la combinación atómica que lleva a un suicidio? Por ejemplo, pienso que tuvo que haber devastación en la mente y en el cuerpo de Virginia Woolf cuando decidió llenar las bolsas de su abrigo de piedras para hundirse en el río Ouse.

Pero… más allá de intentar describir la diferencia entre una y otra, me pregunto qué debe sentir un ser humano para elegir quitarse la vida. ¿Y sabes? Aquí sí creo que la ansiedad queda un poquito en segundo plano, porque el grado de angustia tiene que ser  inenarrable.

En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.

Linchamiento cerebral

Vuelvo a William Styron. Para él, la palabra melancolía se apegaba mucho más a la naturaleza del trastorno. ¿Depresión? Eso era un sustantivo «[…] empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno». El término Brainstorm hablaba por sí mismo, dado que hacía alusión a un mal que se vive como «[…] una auténtica tempestad rugiente en el cerebro».

El cerebro no es más que una presa, y el espacio se torna abismal. No solo aloja pensamientos negativos, ideas suicidas y comportamientos obsesivos, sino tifones, maremotos, tormentas de arena, huracanes y cualquier artimaña que ponga en jaque a la masa de tejido nervioso encerrada en la cavidad craneal que los humanos percibimos como una bola con pelo.

Es más o menos así:

Está cayendo un aguacero. El paraguas es un adorno. Se está totalmente expuesto. Hazmerreír de truenos, relámpagos, automovilistas, niños, ciclistas, peatones, perros callejeros. Nada ni nadie repara en el ente que aún sobrevive a su naufragio.

Solo un poco

Es verdad, hace mucho que no charlamos. Lo que no sé es si te gustaría charlar conmigo. Te echo de menos ―escapadas, risas, confesiones, juergas―, pero no quiero que te tropieces con este otro yo que me deja poco tiempo para ser objetivo. Mis despertares son una alarma que no puse, pero que escucho. Y cuando la escucho me hago el remolón hasta que una brizna de voluntad me saca de la cama. Entonces me obligo a desayunar ―imagínate, casi no de mi café― y a hacer lo que no puedo dejar de hacer. Si no lo hiciera sería mi ruina.

Conforme pasa el día me siento un poco mejor. ¿Cómo te lo explico? Hay más claridad y menos dudas. Mi cerebro se da el lujo de aceptar ideas benévolas. Y cuando llega la noche me siento bien porque sé que se acerca la hora de dormir ―por fortuna, duermo―, de escapar, de olvidar, de no pensar, de soñar, y tal vez hasta de morir un poco. ¿Eso me hace un necrófilo? ¿O acaso me juzgo con mucha severidad? Es posible, porque siempre lo he hecho.

Lo cierto es que tengo poca paciencia para zambullirme ―dicen que solo será un tiempo― en mi mar gris. ¡Es desesperante! ¿Sabes? Quisiera abrir una puerta y caminar por el Campo de trigo de Van Gogh. Pero hay cuervos, ¿verdad? ¿Ves?, acabo traicionándome porque para mí esos pájaros son de mal agüero.

Quiero que sepas que morir un poco es como sacar una bandera blanca y pedir una tregua. Pero morir morir, lo que se dice morir, no quiero. Espero la noche porque puedo ver flores en un balcón de Barcelona, porque el calor no me da frío, porque me descubro como soy, y porque quizá, en una de esas, me encuentre contigo para seguir charlando.

Ana

Es que Ana flipaba… De por sí no se le daban el optimismo ni las castañuelas como para tener que arreglárselas con el maldito PMDD (las siglas en inglés). ¿Qué rayos tenía que ver con ella un trastorno de la respuesta celular al estrógeno y la progesterona? ¡Mugres, mugrientas y horripilantes hormonas!

Cada mes esperaba —y enfrentaba— el ataque de unas tijeras que la partían por la mitad. No se aguantaba ni ella misma. Miraba fijamente a un punto en la nada de su cerebro mientras pasaban ideas y pensamientos que desechaba con saetas ponzoñosas: leer (pero si no se podía concentrar); salir (¿a dónde?, ¿para qué?); oír música (ay, la bocina estaba guardada); escombrar su casa (¡uf!, ¿por dónde empezar?); salir con alguien (no era buena compañía).

Era boicot tras boicot. Acababa encerrada en su Nautilus, respirando agua y mordiendo aire. Además, impaciente como era, no llegaba a ninguna isla, a ningún lugar soleado donde siquiera la esperara una piña colada.

Porque, a decir verdad, ¿qué rayos se supone que debe hacer una mujer que carece de la más mínima motivación, que se siente insegura, que tiene miedo, que no se despega del mal rollo, y para quien todos los seres que pueblan la tierra se las gastan mejor que ella? Ideas y más ideas; las de siempre, las de su infinito, las latosas y lastimeras desde su infancia: perlas negras de su infierno.

Ana, la maja de Ana, su cabeza tan llena de todo y su ser tan falto de energía, fuego, pasión, ardor.

Ay, sí que dolía.

 

Isabella

Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!

Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!

Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.

Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.

La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.

Menudo brete

A Irene la distinguían sus pecas miniatura repartidas en toda la cara, una cabellera roja llena de rulos, y unos bellos ojos café oscuro, siempre fijos, rutilantes y ojerosos.

Si a sus 10 años hubiera sabido contestar a la pregunta “¿Para qué vives?”, habría respondido sin chistar que para dos momentos muy específicos, marcas en el calendario relacionadas con el cielo: su cumpleaños y la Navidad. Todos los 19 de marzo y los 23 de diciembre recibía un papalote. Sus padres, Aura y Fidel, se turnaban cada 365 días para regalarle las cometas más vistosas y coloridas que encontraban en el mercado del mundo.

Irene ya había volado con canguros, libélulas, galletas de jengibre, mantarrayas, alebrijes, pulpos, y hasta con su cíclope, Gaspar, criatura que gracias a la fantasía de la niña era capaz de ver desde la línea blanca pintada por un avión hasta la galaxia más solitaria del universo. Ahí estaba ella, corriendo tras un hilo, resistiendo los embates del viento casi sin parpadear.

Fuera de esos acontecimientos, Irene casi siempre habitaba un espacio donde su cerebro se sentía atrapado y enmarañado; en palabras de Aura y Fidel, un cerebro náufrago, carente de arraigo y alejado de un horizonte que señalara algún posible derrotero. ¿Qué había más allá de esos ojos, de unos párpados que se abrían y cerraban como en cámara lenta en un continuo ir y venir de pestañas?

Hasta que un día de primavera, ya con 12 años, Irene vio cómo su gigante, su único amigo, su compañero de sueños celestes, se quedaba ciego después de que una rama le perforara el gran ojo que tenía en el centro de la frente. Gaspar había muerto, y con él el pedazo de realidad que despertaba a la chica.

Irene se quedó fija en las nubes. No había cometa ni papalote que la atrajera al mundo que habitaban Fidel, Aura, y quienes se acercaban a preguntar por ella. Se acostaba, abría sus ojos grandes, y veía osos, peces, cabezas fundidas en un beso, el soplido de un ángel, cerebros sin recubrimiento de piel, trompas de elefante, unicornios y, eso sí, el ojo de Gaspar completamente blanco, tan blanco como el blanco de sus ojos cuando sus iris se escondían para que Irene, sin ojos, viviera en su fantasía de nubes convertidas en cometas.

Hasta la próxima.