Estilicidio

Marcos era un tipo soltero, regordete, cacarizo, cero atlético y nerd hasta la pared de enfrente. Se las daba de conocedor de la lengua y adoraba aprender palabras nuevas para echarles toritos a sus compañeros de chamba. Muchos le hacían bullying, dado que vivía con su mamá a los 39 años y no se le conocía perro que le ladrara. Eso sí, a pesar de lo cacarañado, era un hombre limpio y cuidadoso. Había quienes incluso decían que seguro tenía algún tipo de trastorno obsesivo; le daba trabajo lidiar con baños públicos (sobre todo los de gasolinera), platos y cubiertos sucios, colchas y alfombras de hoteles, tubos de transporte público de donde todo mundo se agarraba, olores de charcos callejeros (ya saben, de esos blanquecinos, cercanos a puestos de comida donde venden tortas, churros rellenos, gelatinas, tacos, fresas con crema, pan dulce, chiles rellenos…).

Un fin de semana:

―¿Qué pasó Marquitos, compraste el pollo?

―No , mami.

―¿¡Cómo!? ¡Te lo encargué desde ayer! ¿Que no fuiste a la pollería?

―Sí.

―¿Y entonces, Marcos? ¿A qué estamos jugando? ¡Tú no comes si tu mamá no te hace de comer! ¿Por qué no trajiste el pollo?

―Es que… Mmm… Do do do…

―¡Marcos! Deja de tartamudear, ¿es que qué?

―A don Julián le sudaba la cabeza.

―Me da igual, Marquitos. ¡Sal de inmediato por el animal!

―Esta vez no, mamá. No sabes lo que es ver caer, gota a gota, como borbotón de manantial, el sudor del pollero. Ni de chiste voy a comer pollo sudado, aunque me lo prepares con queso y pimiento morrón.

 

Mentirijillas

Que salvo en algunas excepciones, soy una microbloguera que cayó en revelar asuntos personales de lo que vivo, pienso, siento, sufro y disfruto.

Y disfruto comer en casa de mi papá, porque además de que la comida siempre es rica, evito cocinar para mí sola: no tiene ningún chiste.

Además de ver a la «Mosquita», que está próxima a cumplir siete meses, me divierto con las ocurrencias del Pai. Ayer, tres dignas de destacar; dos tienen que ver con la soltura:

La primera involucra su nuevo teléfono inalámbrico; pulsa las teclas y pide hablar con un señor de apellido Carmen. Se enfrenta a la burocracia, pero consigue que se lo comuniquen. ¡Zas!, suelta un educado: «Vinieron a arreglar mi calentador y me dieron garantía de un año. Ya tengo sus datos, así que me comunico con usted en un año». ¿Será?

La segunda me hizo reír mucho. Fue una respuesta, también vía telefónica, que profirió cual gran maestre de la mentira: «Tengo que confirmar si voy a ser padrino en un bautizo». ¡Ja!, ¡con lo que le gustan los bautizos!

Y la tercera, aunque lo niegue rotundamente, tuvo que ver con que ya quería empezar a hacer sus cosas —léase escribir, leer, hablar por teléfono, ver el fut—, así que cuando le dije que ya me iba se paró como resorte para acompañarme a la puerta. Ambos bajamos, me despedí de la «Mosquita» y de las chicas, y escuché un atentísimo: «Te espero afuera». Eso sí, que no se me olvide que al hacérselo notar me dijo, como el caballero que es, que yo podía quedarme el tiempo que quisiera.

¡Lo conozco taaaan bien!

Adeus setembro!