¿Cumplí con las indicaciones de mi médico? Hace rato, cuando fui a sacar un chocolate de la alacena, me lo preguntó Gloria.
A ver, palomita a cocteles diurno y nocturno. También hice ejercicio, 10 minutos más de lo que tenía planeado. (Desde chica, el deporte implicaba desconectarme; era la única actividad que funcionaba como pared entre mis pensamientos y yo. De otra manera los tenía como moscas revoloteando alrededor de mi cabeza, siempre en círculos, siempre una, grande y fea, seguida de varias, espantosas.)
La levantada de la cama, mal, porque me desperté a las 8 y me paré 55 minutos después. Socialicé, así que me agencio otra paloma. Respecto a la comida mediterránea y los granos, tache. Solo que alguien cocinara para mí, pero antes fumigada que con un invasor de mi espacio.
O sea que, querida Gloria, si con tu pregunta pensaste en ponerme un cuatro ―sueles hacerlo―, ¡te falló!
Mi padre se saltó las trancas e incumplió su promesa: no quedarse solo y su alma el fin de semana. Allá él, está en su derecho de abrazar su soledad y de probarse que a sus casi 81 años se las gasta como un chaval.
Siempre ha sido un hombre autosuficiente, aunque el valerse por sí mismo no se ha traducido en abandonar su condición de…
Heme aquí
—Ayer quise poner una película y no supe cómo.
—Ay, me hubieras dicho.
—No, llamé a P y a K para que me explicaran, pero no entendí nada. Y como ellas no tenían los controles de la tele…
—¿Tons qué hiciste?
—Oír música y ver cosas en mi compu.
—Ah.
Riiiing
—Hola, Pá. ¿Cómo dormiste?
—Muy bien, ¿tú?
Y el rollo de la dormida…
Imagínense, mi papá, generoso y comodino, sale a desayunar los sábados y domingos. Yo hubiera podido salir temprano para ir con él, pero preferí desperezarme en el silencio y la tranquilidad de mi espacio, lleno de luz y armonía.
—¿Qué desayunaste?
—Unas galletitas Melba con queso panela.
—¿Por qué no te preparaste algo? Cuando éramos niñas te pedíamos que nos hicieras huevos en cazuelita, ¡te salían ricos!
—Uuuy, las cazuelitas de metal con dos asas del año de la canica, de cuando yo era niño.
—¿Y luego?, ¿por qué sólo las galletitas?
—Mmm, es que no supe prender la estufa.
—Ja ja ja; dioses, papá, ¡qué vergüenza! Eres un Rey, no cabe duda.
—… bueno, ahí también hay latas de atún y de sardinas, ¿no? Siempre habrá algo que pueda comer.
—¿Y qué haces?
—Estoy leyendo el perio y tomando mi café.
—¡Menos mal que sí sabes hacer tu café!
—Sí, aprendí a usar “el pollo” que me regalaste.
Pollo
—Te veo al ratón, ¿quiénes van a la comida?
—Las viudas de cajón, Mora…
—Tus viudas, querrás decir…
—…
—¿Tú pusiste la mesa?
—E hice mi cama.
—¿Les diste de comer a las perras?
—Claro, sus croquetas están en el planchador.
—¡Órale! ¿Qué nos vas a dar de comer?
—Pizzas.
Comida rápida, chafona para un marajá
Fenomenal, una comida agradable, digna de una escena de Almodóvar, mezcla de la carta de Pablo a Timoteo, una pareja de oaxaqueños medio muertos de hambre y la homosexualidad sin punto de retorno, una sobremesa endulzada con trufas y conejos de chocolate.
Hoy me quedo con él, quizá yo me las ingenie para prender la estufa.
¿Qué tiene de especial Le Pain Quotidien? Pregunta tonta, supongo que el pan. Fui el 8 de febrero del año pasado a una sucursal en “Polanquito” —¿a quién rayos se le ocurrió el nombre?—, atestada, y de no haber sido porque la gente estaba vestida habría jurado que estábamos listos para calentar nuestros huesitos al sol.
Oí decir al capitán que ya había 35 en Nueva York. ¡Uf!, ¡guau! Lo bueno es que en ese instante estábamos en México. Bola de mamilas…
Me dio por pensar que el origen del lugar era francés, pero nació en Bélgica, idea original de Alain Coumont, chavito que pasaba horas y felices días observando a la abuela cuando horneaba pan.
Como hoy todo tiende a expandirse, ya se cuentan más de 200 panes cotidianos en países como Estados Unidos, Brasil, India, Francia, Turquía, España, Argentina y Alemania.
Un café más bien chafón, así que escribí un tuit chismoso para expresar mi ni fu ni fa. Recibí una respuesta, algo así como un regaño velado que señalaba que lo que debía haber pedido era chocolate caliente belga y por supuesto pan, pan y más pan.
La próxima vez entro a uno de estos Panes, cuando haya menos gente y de preferencia más temprano, compro uno —¿alguiensabe si me lo dan en bolsita de papel estraza?— y me retiro caminando alegremente mientras mordisqueo el pan de la cotidianidad.
Otra vez asoma la risa. Hace muchos años mi hermana y yo —cabe mencionar que estábamos en nuestros años mozos— caminábamos por las calles empedradas de Amatlán de Quetzalcóatl. Íbamos platicando y precisamente subíamos una pendiente cuando vimos aparecer a un hombre con un gran canasto de pan sobre la cabeza. Nos admiramos, aunque creo que el estímulo fue mutuo, porque acto seguido escuchamos una voz también moza que nos interpeló:
—Pancito, ¿nenas?
Olvídense del pan que todos los días se nos antoja y del esfuerzo que tenemos que hacer para evitarlo, revivamos a Salvador Novo con una probadita de «Antología del pan»:
El pan es inseparable de la leche. Si incompatible con el atole, es indispensable con el chocolate o con el café con leche. Niños y viejos lo bendicen porque se reblandece mojándolo en “sopas”. No es menor su interés literario. ¿En qué novela con calabozos no aparece, con un jarro con agua, un pan duro? ¿En qué novela con altruismo no se habla de los mendrugos o de las migajas y no se dice: “nos arrebatan el pan” ¿Y el amargo pan del destierro?